José Lucio León Duque

José Lucio León Duque
En Sintonía con Jesús Radio

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viernes, 28 de enero de 2011

IVº Domingo del Tiempo Ordinario

Los bienaventurados, ¿quiénes son?

“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios”

Iº lectura: Sof 2, 3; 3, 12-13; Salmo: 145; IIº lectura: 1Cor 1, 26-31; Evangelio: Mt 5, 1- 12a

El justo busca al Señor, la justicia y la humildad y junto a ello, cumple con su voluntad (Iº lectura). Esto, a su vez, nos muestra la fidelidad a la palabra por parte del Señor ya que la justicia, la liberación y la plenitud están en él (Salmo). Buscar a Dios significa ser conscientes que Dios mira más allá de la apariencia, ya que su mirada penetra los corazones y elige los débiles, los ignorantes y ello hace que la gloria dada a Él, salga de lo profundo del corazón (IIº lectura).

Buscar a Dios…

Muchos buscan la voz de Jesús, quieren escucharlo y desean seguirlo. La exhortación del maestro es clara y precisa y va dirigida a todos sin excepción. Bienaventurados son los que miran al cielo encontrando en el abrazo misericordioso de Dios, su ternura duradera y sincera. Bienaventurados son los perseguidos, los humillados, los calumniados, tantos hombres y mujeres que han optado ser discípulos de Jesús y que, ante una sociedad materialista, vienen desplazados y excluidos. Bienaventurados son los niños y jóvenes que buscan en los adultos la esperanza, quedando muchas veces aislados y con las manos vacías. Bienaventurados son los que extienden la mano y la ofrecen sin reservas a quien necesita consuelo y ayuda. Bienaventurados son todos los hombres y mujeres que llevan dolor en su corazón al no ser escuchados y, por ende, abandonados. Bienaventurados son todos y cada uno de nuestros corazones cuando, con total disponibilidad y entrega, abren sus puertas a la acción salvífica de Dios. Bienaventurados seremos cuando comprendamos que, por encima de las dificultades, problemas y situaciones difíciles, se encuentra la alegría y el gozo de la recompensa de Dios a todos aquellos que le aman. Recordemos que somos portadores del mensaje de amor, justicia y paz de parte de la Iglesia en favor del prójimo, teniendo en cuenta, tal como nos indica el catecismo social que “cuando una sociedad se hace sin la referencia de Dios, se corrompe en ella el conjunto de valores propios de la cultura: no se comprende bien quién es el hombre, su destino, su dignidad, sus derechos…” por ello “la Iglesia se ha visto obligada a recordar todos estas enseñanzas mediante su Doctrina Social”.

María, bienaventurada por excelencia…

Nuestra madre del cielo, es bienaventurada por su amor a Dios, su disponibilidad y adhesión a él. En ella se refleja el testimonio de quien desea seguir a Dios y cumplir su voluntad. La misión evangelizadora a la que todos nos debemos adherir, es un momento para crecer como Iglesia, como verdaderos hijos de Dios que los buscan, encontrando así la razón para escuchar su palabra y cumplir su voluntad. Así sea.

P. José Lucio León Duque

joselucio70@gmail.com

jueves, 20 de enero de 2011

III Domingo del Tiempo Ordinario

Vivir en paz es posible

“Los exhorto, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que todos vivan en concordia y no haya divisiones entre ustedes, a que estén perfectamente unidos en un mismo sentir y en un mismo pensar”.

Iº lectura: Is 8, 23b-9, 3; Salmo: 26; IIº lectura: 1Cor 1, 10-13. 17; Evangelio: Mt 4, 12-23

Cada cristiano está llamado a configurarse con las palabras y las acciones de Jesús. Hoy se nos llama a ver en Él la luz que guía los pueblos. Esa luz comporta en cada alma la salvación, ya que el Señor es quien nos la concede a través de ella y su resplandor. Esto nos lleva a percatarnos de algo fundamental: si estamos unidos, la claridad y el resplandor de Dios serán baluarte en la propia vida y por ello, se nos exhorta a vivir en unidad, a sentir y pensar en nombre de Jesús.

Ser discípulos hoy…

El evangelio de este domingo se presenta como un llamado claro y preciso a optar por Cristo, tal como lo indica el ser mismo del discipulado. Quien sigue a Jesús vive en unidad, quien sigue al Maestro aleja de su vida la discordia. La vida de Jesús es un testimonio veraz pues no se deja amedrentar por el hecho del arresto de Juan el Bautista, sino que eso le da fuerza para verificar que su misión es clara: extender el reino de Dios. Jesús nos pide conversión, seguimiento, enseñanza y proclamación del evangelio. Estos aspectos, propios de la predicación y vida del maestro, nos muestran el sentido de ser discípulos: lo seremos en la medida en que aceptemos la misión a la que se nos llama. El testimonio implica tener paz en el corazón y es por ello que, sin temor ni cobardía, los cristianos debemos ir con la frente en alto, anunciando y denunciando todo aquello que forma parte de la vida misma. El Catecismo Social nos recuerda que “el fruto de la justicia es la paz, que es el mayor bien para toda sociedad. En tiempos de paz es posible el progreso de la sociedad y el desarrollo de la persona en todos los campos”. Ser discípulos hoy implica amar a Dios y respetar al hombre, implica entrega y donación, convicción y participación de la vida en Él. Seamos discípulos, testigos de la paz y de la unidad. En nombre de aquel que nos da la salvación y nos llama a ser sus seguidores en espíritu y verdad, abramos nuestros corazones, siendo verdaderos testigos del reino.

María, madre y testigo de la luz

Nuestra madre del cielo nos da ejemplo de unidad, disponibilidad y paz. Sigamos sus pasos y dejémonos guiar de su amor para llegar a Jesús dispuestos a ser sus discípulos, uniéndonos a la misión de llevar el evangelio de la verdad a todos y cada uno de nuestros hermanos. Así sea.

P. José Lucio León Duque

joselucio70@gmail.com

viernes, 14 de enero de 2011

En recuerdo de Juan Pablo II, ante la noticia de su beatificación


Juan Pablo II, “il Grande”

(Reflexión hecha en el programa radial "Un momento con mi pueblo" en Ecos del Torbes el 9 de abril de 2005, y hoy traida aqui recordando a este gran santo, hombre de Dios y ejemplo a seguir)

Buenas tardes, amables radioescuchas de este su programa “un momento con mi pueblo”. Durante estos días la atención de todo el mundo se ha dirigido al fallecimiento del Santo Padre Juan Pablo II, el papa grande (usando las palabras del Papa Benedicto XVI), el papa amigo, el papa sufriente, el papa que nos enseñó con su vida más que con sus palabras, que es posible ser cristianos, que es posible vivir en paz, que es posible seguir de corazón a Jesucristo. Hemos sido testigos del testimonio sincero y verdadero de un hombre, venido de lejos, que con su mirada y su sonrisa cautivó a niños, jóvenes, adultos y ancianos, de un hombre que supo entrar en el corazón de cada uno de nosotros para nunca más salir de allí.

Juan Pablo II, es el modelo del cristiano que, aún siendo consciente de la responsabilidad que implicaba ser el Vicario de Cristo en la tierra, no dejó de caminar peregrino por las vías de la humildad, de la sencillez, de la paz y de la misericordia. Hablar de Juan Pablo II es hablar de testimonio evangélico, es ver el rostro de Jesús reflejado en el Siervo de los Siervos de Dios, es ver la misma persona de Jesús caminando por el mundo, ayudando al necesitado, consolando al triste, colocando cada cosa en su lugar, intercediendo por los que están en guerra, acariciando a los niños, compartiendo la alegría con los jóvenes, enseñando catecismo a todos y cada uno de nosotros...cómo no podemos ver presente y cumplida la promesa de Jesús, actualidad perenne y constante manifestación de Dios de estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Justamente allí vemos representada toda la Iglesia, peregrina por el mundo, presente en cada ángulo de la tierra, renovada y acompañada por el Espíritu Santo, “Donde hay caridad y amor, allí está el Señor”, Juan Pablo II fue y es testigo fiel de la misión que cada cristiano, cada hombre y mujer debemos recordar y experimentar a cada momento. Recordemos con alegría y gozo los momentos que pudimos compartir con el Santo Padre, recordemos como algo actual sus enseñanzas, sus palabras, sus catequesis, sus escritos y sobre todo su gesto fraterno, paternal y sincero que practicó no sólo durante su pontificado sino a lo largo de toda su vida.

En él encontramos innumerables ejemplos a seguir: alegre, entusiasta, espiritual, deportista, artista, escritor, humanitario, servicial, humilde, un papa cercano aunque estuviese lejos, amigo verdadero aunque nunca no nos viéramos, un testimonio de Jesús vivo aunque el mundo aparezca a veces muerto. Juan Pablo II nos enseña la esperanza y nos sigue pidiendo que abramos las puertas del corazón a Cristo, sin ambigüedades sino con la fortaleza que nos da el mismo Cristo.

En este tiempo de Pascua, estamos invitados a seguir más de cerca de Jesús, a pedirle seriamente que se quede con nosotros, a Jesús que, presente en la Eucaristía, vive con nosotros y en nosotros, quien nos da la fuerza necesaria para encontrar el camino a seguir y así dar testimonio de vida cristiana... Hoy, mientras vivimos un momento importante en la Iglesia, nos vienen a la mente las palabras de Juan Pablo II: “abran las puertas del corazón a Cristo”, y eso nos motiva a creer en él aún más, pues el mismo Cristo siempre ha abierto las puertas de su corazón a cada uno de nosotros, miembros y promotores de la Iglesia, donde todos encontramos el lugar para manifestar nuestra adhesión al evangelio y nuestro deseo de propagarlo por el mundo.

El mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a si mismo, Jesús lo sintetiza, lo formula con palabras lapidarias y le da un significado nuevo, como signo de que sus discípulos le pertenecen. 'En esto conocerán todos que son discípulos míos: si se tienen amor los unos a los otros' (Jn 13, 35). Cristo mismo es el modelo vivo y constituye la medida de ese amor, del que habla en su mandamiento: 'Como yo les he amado', dice. Más aún, se presenta la fuente de ese amor, como 'la vid', que fructifica con ese amor en sus discípulos, que son sus 'sarmientos': 'Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mi y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mi no pueden hacer nada' (Jn 15, 5). De allí la observación: 'Permanezcan en mi amor' (Jn 15, 9). La comunidad de los discípulos, enraizada en ese amor con que Cristo mismo los ha amado, es la Iglesia, Cuerpo de Cristo, única vid, de la que somos sarmientos. Es la Iglesia comunión, la Iglesia comunidad de amor, la Iglesia-misterio de amor.

Eso vale para todos los tiempos, incluido el presente, en el que sentimos particularmente viva la necesidad de recurrir a la mujer que es tipo y Madre de la unidad de la Iglesia, Ofrezcamos todos súplicas sinceras a la Madre de Dios y Madre de los hombres, para que ella, que ayudó con sus oraciones a la Iglesia naciente, también ahora, ensalzada en el cielo por encima de todos los ángeles y bienaventurados, interceda en la comunión de todos los santos ante su Hijo hasta que todas las familias de los pueblos, tanto los que se honran con el título de Cristianos como los que todavía desconocen a su Salvador, lleguen a reunirse felizmente, en paz y concordia, en un solo pueblo de Dios, para gloria de la santísima e indivisible Trinidad...

Nuestra oración sea el más sincero detalle de amor hacia Dios y los demás, a través de ella lograremos que la unidad de la Iglesia y de todos los hombres sea cada vez más un modo de manifestar la presencia de Jesús en el mundo, presencia amorosa, real y permanente, de la cual fue testigo fiel Juan Pablo II, apóstol de nuestro tiempo, Padre incondicional, hermano sincero, sacerdote fiel, Juan Pablo II: Siervo de los Siervos de Dios, quien desde el cielo continúa acompañándonos y nos insiste en ser testigos del amor de Dios, pues “solamente lo que es construido sobre Dios, sobre el amor, es durable...” Buenas tardes amables radioescuchas, el señor resucitado sea nuestra fuerza y la Virgen María, madre de la Consolación nos cubra con su manto maternal y nos acompañe siempre. Dios los bendiga.

P. José Lucio León Duque

joselucio70@gmail.com

jueves, 13 de enero de 2011

IIº Domingo del Tiempo Ordinario


“Este es el Cordero de Dios…”

“Ahora habla el Señor, el que me formó desde el seno materno, para que fuera su servidor…”

Iº lectura: Is 49, 3. 5-6; Salmo: 39; IIº lectura: 1Cor 1,1-3; Evangelio: Jn 1 29- 34

Siguiendo detenidamente las enseñanzas que nos brinda la liturgia de la Palabra de cada domingo, encontramos lo que ella nos regala para poder cultivar aún más el sentido pleno del testimonio que debemos experimentar, sentir y vivir. El Señor se enorgullece de quien cumple su voluntad, de sus hijos y quien es siervo reconoce la acción de Dios en él (Iº lectura) tal como los evangelios lo revelan de Jesús, el Cordero de Dios (evangelio). San Pablo nos enseña en esta oportunidad la fraternidad que es luz, paz y buenos deseos para quienes son bendecidos por Dios y escogidos para su misión (IIº lectura).

Con la luz caminamos hacia Dios

La vida actual nos presenta una serie de “ofertas” sobré cómo vivir, qué cosas experimentar y hasta cómo influir en los demás. Si dejamos que la luz que Dios nos da se apague en nuestros corazones, seremos propagadores del miedo, del terror, de la inseguridad. Dejar apagar la luz de Dios significa que poco a poco nos hemos alejado de Él y, por consiguiente, no estamos unidos a Él. San Juan Bautista nos muestra el modelo que debemos seguir y a quien debemos escuchar: Jesús, el cordero de Dios, la luz del mundo, el Hijo de Dios. Actualmente es necesario retomar el camino que nos lleve a la unidad, a la paz, a la igualdad. La doctrina social de la Iglesia nos enseña que “la libertad humana consiste en la elección del Bien: actuar de tal modo que alcancemos a Dios, en quien está nuestra felicidad” (Catecismo social). En este sentido, estamos llamados a mirar en Jesús el amor que nos da para que libremente lo llevemos a todos y cada uno de nuestros hermanos y hermanas, con el fin de mostrarles como San Juan Bautista al cordero de Dios, al que quita el pecado del mundo, al que desde la eternidad ilumina el camino del hombre. Elegir el Bien con libertad es responder al llamado que Dios hace al hombre de hoy, teniendo en cuenta que su voz es la que desde el cielo nos invita a ver en Jesús al hijo predilecto y en la tierra, como Juan Bautista nos lo muestra, a reconocerlo e indicar a los demás que Él es la salvación.

María nos guía hacia la luz

“A Jesús por María”, esta es la certeza de caminar con la fe puesta en Dios. María, madre nuestra, nos lleva a Jesús, luz del mundo, y nos enseña que la paz, la justicia y la igualdad, entre otras cosas, se consiguen si estamos unidos a ellos. Así sea.

P. José Lucio León Duque

joselucio70@gmail.com

jueves, 6 de enero de 2011

El Bautismo del Señor


Dios se complace en sus hijos

“Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y práctica la justicia, sea de la nación que sea.”

Iº lectura: Is 42, 1-4.6-7; Salmo: 28; IIº lectura: Hch 10, 34-38; Evangelio: 3, 13- 17

La Navidad ha sido el centro de las celebraciones en este último período. Hoy se arriba a esta fiesta -el Bautismo del Señor- con la esperanza de conjugar no solo ideas sino aspectos concretos que traen consigo la salvación en el nacimiento de Jesús. Así como en la liturgia de los días anteriores se nos ha presentado la luz que guía nuestra vida hacia Jesús, igualmente hoy los signos del agua y del espíritu son de vital importancia en la misión del Hijo de Dios. El canto del siervo de Yahvé nos muestra que Dios se complace en quien llama pues confía plenamente en él (primera lectura). Esto es garantía del anuncio de la Buena Nueva que así como se hizo en Belén, se hace sin distinción a todos y cada uno de nosotros, aceptándonos en el amor que viene solo de Dios (segunda lectura).

Llamados a compartir la misión

En el episodio del Bautismo de Jesús encontramos la llamada a ser discípulos misioneros y testigos del Evangelio ya que Dios mismo nos muestra la complacencia hacia Jesús. El agua que purifica, el espíritu que guía y la voz de Dios presente a cada momento en la vida del hombre, son signos de la misión que debemos cumplir: anunciar la Palabra de Dios, sin temor y convencidos que Él se complace en la extensión de su reino y en la propagación del mensaje de salvación. El Bautismo de Jesús nos muestra la siempre novedosa acción de Dios en el corazón del hombre, es la acción de quien ama y de quien encuentra en su hijo el gozo y la alegría de poder mostrar al mundo su complacencia. Este día es un momento para reflexionar sobre puntos esenciales de la propia vida: nuestra relación con Jesús, la cercanía con Dios, la alegría que nos produce sabernos sus hijos. Es un día para hacer presente nuestro bautismo y de este modo el amor de Dios en nosotros. Compartamos esta misión y seamos portavoces del amor de Padre que se complace viendo a su hijo invitándonos a escucharlo y seguirlo. No perdamos esta oportunidad.

María, fiel discípula de Dios

Ella es fiel discípula de quien nos ama y es testigo de esa complacencia en la que se nos muestra el camino para llegar a Dios. Sigamos su ejemplo y seamos misioneros propagadores del mensaje de vida que, en espíritu y verdad, todos estamos convocados a extender a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, a fin de llegar a la justicia y a la paz que todos y cada uno de nosotros necesitamos y anhelamos. Así sea.

P. José Lucio León Duque

joselucio70@gmail.com

IIIº Domingo de Cuaresma, 7 de marzo de 2021

LA CASA DE DIOS ES NUESTRA CASA “Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.”...