En el mes de mayo, con lectura del decreto en el mes de noviembre, se creó la RECTORÍA SAN JUAN MARIA VIANNEY, en San Cristóbal, siendo el territorio de la misma el Barrio El Río, la Tinta y Pericos. Es un momento de alegría para todos y cada uno de nosotros, quienes con entusiasmo y fe, seguiremos trabajando en la predicación del Evangelio de la verdad, el mensaje de Jesús y la protección de María Santísima, nuestra madre. A continuación, parte del decreto de creación de nuestra rectoría...! Gracias de corazón Señor Obispo...!!!
Decreto de creación de la Rectoría San Juan María Vianney
“...Dado el crecimiento poblacional de algunos
sectores de parroquias eclesiásticas del Táchira y para una mejor atención de la comunidad que allí reside, habiendo escuchado el parecer del Consejo Presbiteral, hemos creído conveniente crear algunas Rectorías, que aunque vinculadas a su parroquia de origen, pueden ser atendidas de manera estable al menos por un sacerdote, y que gocen de una adecuada autonomía pastoral. En virtud de esto, de acuerdo a lo que establece el Derecho Canónico (C516,2 y C560) por medio de las presentes tengo a bien decretar como en efecto decreto, la creación de la RECTORÍA “SAN JUAN MARÍA VIANNEY” en el Barrio El Río,de San Cristóbal (…). Imploramos para todos los fieles de la nueva Rectoría, especial bendición del Altísimo y la protección de Nuestra Señora de la Consolación.”
Hace algunas horas se supo el fallecimiento de Hector Rojas, comunicador tachirense de TRT, la Televisora Regional del Táchira. Me viene a la mente que hace algunos años, en Radio San Cristóbal, donde Héctor trabajaba, se realizó un programa llamado "100 horas por la juventud", con la participación de tantos jóvenes y transmitiendo el mensaje de Dios a la juventud. Allí, en RSC se pasaron unas cuantas horas y recuerdo con afecto esos momentos, así como tantos que la comunicación social nos regala. Al igual que en otros programas, su carisma y su talento se difundió siendo pilar en la comunicación tachirense. Paz al alma de este comunicador y siempre adelante en el nombre del Señor...
“Descúbrenos, Señor, tus caminos”… “Velen, pues, y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del hombre”.
Iº lectura: Jer 33,14-16; Salmo: 24; IIº lectura: I Tes 3, 12-4,2; Evangelio: Lc 21,25-28.34-36
En este domingo, se nos indica el camino que debemos seguir en este tiempo de Adviento que comienza. Es un tiempo de esperanza, de actividad, de atención y de buenas obras. Las lecturas nos llevan a centrar la atención en algunos temas fundamentales: encontrarse con Dios en el nacimiento de su Hijo, nacerá del tronco de David un “vástago santo” (1º lectura); actuemos bien, guiados por Dios, agradándole a Él y dándonos cuenta que debemos caminar en fraternidad haciendo vida el amor que viene de Dios y que se debe manifestar en el prójimo (2º lectura). Estemos preparados para cuando el Señor venga, es garantía de salvación (Evangelio).
Salir al encuentro del Señor
El tiempo de adviento es un momento favorable en el cual la Iglesia nos muestra su riqueza y su amor para con nosotros. Nos invita a dar pasos importantes respecto a la presencia de Dios en nuestra vida, e igualmente se nos indica la segunda venida de Jesucristo al final de los tiempos. No veamos esto como una amenaza, como algo que mientras más lejos esté o menos se hable de ello es mejor, pues aunque suene como una situación con lo que terminará nuestra existencia o algo por el estilo, no es así. El profeta Jeremías nos muestra la promesa que hace Dios: “En aquellos días y en aquella hora, yo haré nacer del tronco de David, un vástago santo, que ejercerá la justicia y el derecho en la tierra”. La presencia de Dios es confianza, es seguridad; encontrarnos con Él es vivir con sinceridad la unidad, es dar una luz de esperanza a quien la necesita con la certeza que Dios está ahí, junto a nosotros, guiándonos con su luz. Este día y este tiempo, se presenta como una señal pues se nos invita con garantía y seguridad a caminar hacia el encuentro del Señor; se nos motiva a decir con el salmista: “Descúbrenos, Señor, tus caminos, guíanos con la verdad de tu doctrina…” Dios nos guía, es lo que se opone a la inseguridad y a las obras que nos alejan de Él, es lo que se opone a la maldad que entra en el corazón de quien vive sin Él, a las injusticias cometidas por falta de amor, de honestidad, de equilibrio…San Pablo nos exhorta claramente a dejarnos inundar del amor de Dios, y así darnos cuenta del momento en el que vivimos; nos invita a revestirnos de ese amor -presente en nosotros y en el prójimo- para alejar todo aquello que nos aparta de la verdadera vía; nos motiva a seguir progresando en el camino de Dios, para que las actividades de las tinieblas y, por ende, todo aquello que implique odio, violencia física y moral, insultos, ofensas, blasfemias, injusticias, divisiones, se disipen ante la espera gozosa de la venida de Jesús que llega a iluminar nuestra vida con la paz, el amor, la verdad, la justicia, la misericordia...
La madre de la espera…
María Santísima nos anima y nos ayuda a vivir en esperanza; ella es ejemplo de fortaleza y sencillez para afrontar la vida como se debe. Confiemos en que ella siempre nos acompaña y nos muestra la vía que nos lleva a Jesús. Que nadie sienta que en su vida falta el amor de Dios, ya que todos estamos llamados a ser testigos del evangelio viviendo la unión y el amor que todos los pueblos debemos llevar como única bandera y así obtener la salvación. Esto nos lleva a decir con convicción: unámonos en nombre de Dios para llevar a todos los lugares y a todas las personas el anuncio del mensaje de Jesucristo, unámonos a la Nueva Evangelización…Así sea.
Celebramos con gozo y alegría la Solemnidad de Cristo Rey del Universo. Es un día de fiesta, convencidos de la presencia de Jesús en nuestra vida, de su plena y total soberanía. Es el día para reconocer, con humildad y sencillez, la grandeza y la omnipotencia de Dios que se hace hombre para acercarnos más a Él y hacernos así partícipes de su vida misma. La liturgia de este domingo nos enseña, que Jesús es el Rey de reyes, el señor de señores, quien reconoce con humildad su realeza y da testimonio de la verdad a quien lo escucha con amor. (Evangelio).
“Mi reino no es de este mundo…”
Al igual que en el pretorio, también nosotros estamos junto a Jesús viviendo la experiencia de la salvación, algunos juzgados, otros a su lado, otros simples observadores; tal vez como otros, esperando el juicio, la condena… en fin, cada personaje puede albergar nuestra vida, cada lugar se muestra como un escenario propio para el hombre y la mujer de hoy, para todos y cada uno de nosotros. El pretorio es actualidad, el cual se presenta hoy como una opción fundamental de vida donde se presenta la actuación de unos y la sinceridad de otros y, junto a ello, con un Buen Dios que, desde el cielo, observa atentamente la evolución de la Salvación en la multitud de corazones presentes ante el juicio de su Hijo, interrogado antes de ser crucificado. En ese escenario se presentan las vidas y los rostros de tantos que ven en Jesús la esperanza del Reino que no es de aquí de este mundo de corazones tristes, desconsolados, solos…de aquellas familias en dificultad, de las almas que necesitan de oración y ayuda espiritual…el mundo de aquí es de los pobres y excluidos, de las victimas de la injusticia, de los cristianos y los que no lo son…el mundo del corazón de tantos que te aman y de tantos que dicen amarte pero burlándose, viven lejos del mensaje del Evangelio…Jesús, Rey de reyes, Señor de señores,primogénito de toda criatura: Te proclamamos Rey de este mundo, del mundo de nuestros corazones, del mundo que tú mismo nos regalas. Este día es un motivo más para dar gracias a Dios por el don de la vida, de esa vida que depende de Dios y que debemos conservar y saber administrar. Sintámonos unidos a Dios, sintamos que cada minuto de nuestra vida está siendo custodiado por Él, quien con amor de Padre, de Hijo y de Consolador, nos estimula y nos dice: “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”…
María Santísima, madre humilde que nos da ejemplo
Ella es la madre del Rey, la madre del Salvador del hombre, la madre de Dios. Su humildad y sencillez nos permite contemplar un corazón puro y un alma materna que está por encima de cualquier otra cosa. Ella nos enseña a vivir en Dios y a partir de su amor, ser prójimo con el prójimo y verdaderos testigos del evangelio. La nueva evangelización hecha realidad en la Misión Diocesana es clara, es precisa: unámonos a Dios y unidos a Él, unámonos entre nosotros para proclamar la verdad, la justicia y la paz. Así sea.
“Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.”
Iº lectura: I Re 17, 10-16; Salmo: 145; IIº lectura: Heb 9, 24-28; Evangelio: Mc 12, 38-44
En la actualidad, es muy frecuente encontrarnos con situaciones en la que se nos pide algún tipo de colaboración. La actitud de muchos es “rebuscar” entre los bolsillos, los bolsos o simplemente tomar la actitud de quien quiere pero no tiene. En estos casos, tiene mucho que ver la sinceridad y la honestidad, teniendo como uno de los ejes fundamentales, la práctica de la virtud. La liturgia de la palabra de este día, nos enseña que debemos dar sin rebuscar, sino compartiendo con el corazón.
¿De qué parte estamos?
El Evangelio de hoy, siguiendo el itinerario de las lecturas, nos dejan enseñanzas fundamentales y precisas en relación a la generosidad cristiana que debe ser sincera y sin doblez. Jesús nos muestra dos perspectivas con las cuales podemos identificarnos y de las cuales podemos y debemos aprender. “Cuidado con los letrados…”, -nos dice el maestro- ya que muchos pretenden demostrar y aparentar lo que no son. Esos recibirán su recompensa, la cual será rigurosa. En este plano podemos encontrar aquellos que, alejándose de Dios, aprovechan su situación o posición para excluir a los demás, usando discriminación y colocando por encima de Dios y de la vida misma, los caprichos personales. “Les aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie…”. La actitud de esta mujer, fue agradable a los ojos de Dios, ya que dio lo que tenía, lo que le era propio, lo que le pertenecía. Esa actitud debiera ser la de todos y cada uno de nosotros, los cristianos, quienes en la actualidad debemos dar testimonio del mensaje que el maestro de la verdad nos regala y nos invita a vivir. Ser generosos es el camino; ser generosos significa dar y compartir con sinceridad, siendo testigos fieles del amor que viene de Dios y que se manifiesta en el prójimo. Ser generoso, es característica del cristiano y esa es la vía que debemos seguir para vivir como Iglesia, como comunidad de creyentes en quien vive Cristo, sin mostrar apariencias que llevan a la confusión y a la duda.
María Santísima, ejemplo de generosidad
Confiando en María Santísima, podemos seguir un itinerario de fe en el cual seremos capaces de dar testimonio del Evangelio con generosidad. Así como ella, quien dijo “si” al amor de Dios, sigamos trabajando con alegría y dedicación en la predicación de la palabra de Dios, en la Misión Diocesana, en medio del pueblo, de nuestras comunidades. Así sea.
“La alegría es oración, la señal de nuestra generosidad, de nuestro desprendimiento y de nuestra unión interior con Dios.” Beata Teresa de Calcuta.
“Dichosos ustedes cuando les insulten y les persigan y les calumnien de cualquier modo por mi causa. Estén alegres y contentos, porque su recompensa será grande en el cielo.”
Hace algún tiempo, leía lo siguiente: “…los santos, para dicha nuestra y de ellos mismos, fueron hombres -y mujeres- de carne y hueso como nosotros” (Felice Accrocca, tomado y traducido de su libro “Tommaso da Cori, Amico di Dio e degli uomini”). Leyendo esto y reflexionando sobre lo que la liturgia de la Palabra nos presenta en este día, podemos tener la certeza que Dios nos llama a caminar, ya desde ahora, en las vías de la santidad. La multitud de los santos, presente en las lecturas y manifestada en la Iglesia, nos da a entender que debemos ver más allá de lo que comúnmente tenemos frente a nosotros. Debemos sentir la certeza que el camino escogido no es el equivocado y que el amor que Dios nos ha tenido y por el que somos sus hijos, nos permitirá alcanzar el premio que está preparado para los bienaventurados.
Jesús nos enseña el camino: ¡Él mismo!
Bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los sufridos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz…todos serán llamados hijos de Dios (Evangelio). Esta certeza es el camino de esperanza que Dios nos da para que seamos testigos de su palabra y la hagamos vida en la cotidianidad. Santos somos los miembros de la Iglesia, santos son todos los que han seguido y siguen el ejemplo de Jesús, santos son los que oficialmente son reconocidos por la Iglesia y aquellos, que aún no siendo reconocidos públicamente, han sido testigos del amor de Dios en medio del mundo. Sentir que la santidad es un peso es no darnos cuenta que esa es la razón de vivir del cristiano. El maestro llama bienaventurados a aquellos que forman parte del corazón de Dios; a los que viven sin pensar en ambigüedades; a los que sin serlo, se sienten excluidos por los que, no siéndolo, se sienten dueños de las conciencias. El Evangelio nos promete una recompensa y ella se da, solo en la medida que seamos conscientes y responsables del cumplimiento de nuestros deberes como cristianos. ¿Quiénes son los santos? No dejemos nunca de preguntárnoslo, no pasemos de largo ante la propuesta de llegar a serlo y cada día esforcémonos por vivir los preceptos del Evangelio con obras de caridad, poniendo por obra lo que creemos gracias a la fe.
María Santísima, Reina de Todos los Santos…
En las letanías damos a Nuestra Madre de cielo un calificativo muy significativo. La Madre de Dios es la Reina de Todos los Santos, es quien nos da ejemplo de humildad para poder dar fe que es posible llegar a ser bienaventurados ya que “todo el que tenga puesta en Dios esta esperanza, se purifica a sí mismo para ser tan puro como Él”… Así sea.
“No podemos decir al mismo tiempo quiero y no quiero: quiero ser santo y no quiero serlo. Deberíamos preguntarnos porque no somos santos gozando de la presencia y bendición de Cristo en el tabernáculo y de la posibilidad de recibir su cuerpo y su sangre en la comunión”. (Beata Teresa de Calcuta)
“Dios es quien llama.” “Todo Sumo Sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados.”
Iº lectura: Jer 31, 7-9; Salmo: 125; IIº lectura: Heb 5, 1-6; Evangelio: Mc 10, 46-52
Las lecturas de este domingo nos regalan varios temas de reflexión. Como cristianos y testigos del Evangelio, estamos en un camino de esperanza que se complementa en la vida cotidiana con las obras de caridad y el deseo de ver y vivir cada vez mejor, el itinerario de fe que debemos recorrer. La vista, sentido que regala el Señor a Bartimeo, nos lleva a meditar nuestra situación personal: ¿estamos ciegos? o por el contrario, ¿nos dejamos curar por Dios? Veamos.
“Ánimo, levántate, que te llama”
La invitación de Jesús a seguirlo, a escucharlo, a verlo, es una llamada de amor y de paz. Es un momento privilegiado, ya que el Señor ofrece su salvación no solo al alma sino también al cuerpo. Al ciego le devuelve la vista, le concede la oportunidad de poder encontrar luz en el camino y en la vida, le regala la posibilidad de salir de la oscuridad para ser testigo de la claridad que existe si vivimos inmersos en su corazón. “Ánimo, levántate, que te llama”. Es la frase que se convierte en vida, en esperanza, es fe. Es la invitación a ver en Jesús el camino que nos lleva a la verdad, que nos devuelve la vista, que nos estimula a vivir como hermanos, ayudándonos en lo que sea necesario. Levantarse es dejar atrás las malas costumbres, es unirse cada vez más al testimonio de vida que Dios nos ofrece; es dar a los demás la posibilidad de ver con más certeza el itinerario que nos lleva a Dios, que nos conduce por sendas de unidad con el fin de recoger los mejores frutos. Levantarse es fomentar la honestidad, la verdad, la fortaleza; levantarse es tener la fuerza para dar el paso decisivo en la conversión de vida. Nuestra petición debe ser como la del ciego: pedir misericordia y compasión, a través de ello lograremos purificarnos y ayudar a tantas personas que están necesitadas de luz, de guía, de acompañamiento. Así mismo, es necesario afianzar cada vez más nuestra fe en Dios y pedir por los sacerdotes quienes, como representantes de Dios, llevamos en su nombre el mensaje del Evangelio de la verdad a todos sin exclusión. Trabajemos y oremos por la Misión Diocesana, por los pobres y excluidos, por la sinceridad que debe cultivarse en nuestras vidas y que se debe reflejar en el actuar cotidiano. Pidamos con fe a Dios nos de la vista, para experimentar su vida en profundidad, siendo testigos de su amor, sacando las dudas que puedan existir en nuestros corazones y así poder caminar hacia la luz que nos lleva a la salvación.
María, maestra de fe…
De la mano con María, nuestra madre del Rosario, podemos caminar seguros y con humildad para recibir con amor los dones que Dios nos da, y que se convierten en gozo y gracias abundantes. El Espíritu Santo nos ilumine y haga de todos y cada uno de nosotros fieles discípulos que sienten en su corazón la misericordia y la paz como un regalo amoroso de Dios. Nuestra oración se eleve al Todopoderoso por nuestros sacerdotes, por el ministerio que, en nombre de Jesucristo, vivimos día a día en medio del pueblo santo de Dios. Así sea.
“La sabiduría que viene de arriba, ante todo es pura, y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera.”
I° lectura: Sab 2, 12.17-20; Salmo: 53; II° lectura: Stg 3,16-4,3; Evangelio: Mc 9, 30-37
La situación actual que vive la humanidad en la cual se sumergen los sentimientos y experiencias del hombre, nos sirve para entender la liturgia de este domingo. El itinerario que nos lleva a Dios es su palabra, su vida, su acción entre nosotros, su presencia constante en nuestros corazones, su infinita misericordia. Las lecturas de esta jornada nos presentan el modo cómo debemos actuar, vivir y ser discípulos del Señor.
El más importante es Dios…
La vía que nos conduce a Dios se manifiesta en lo cotidiano, en la praxis de la vida, en lo que realmente se refiere a lo propio del cristiano. El evangelio de hoy nos da unas pautas importantes y fundamentales que nos llevan a entender la misión a la que se nos llama. Se nos muestra ante todo la importancia de escuchar la voz de Dios que nos invita a trabajar por Él y quien espera a su vez, una respuesta positiva por parte de sus hijos. En un segundo momento se nos presenta la actitud de los discípulos quienes discutían sobre quién sería el primero. Todo esto nos encamina a un tercer punto: entender que nuestra misión de cristianos va dirigida a ser testigos del Evangelio, a seguir la voz del maestro y a convertirse en servidor. Es necesario descubrir el sentido verdadero de la fraternidad, reflejada totalmente en la vida cotidiana y en el amor al prójimo. Jesús es tajante ante la actitud de quienes no quieren seguir el mensaje del Evangelio de la verdad “El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”.Nuestra misión es más que una apariencia, más que un si o un no, más que un primer puesto, más que una vida compleja a causa de los obstáculos que nosotros mismos colocamos. La misión es penetrar el corazón del hombre de hoy, llenar las lagunas que existen, enseñar y proclamar la palabra de Dios, atrayendo a todos hacia Él. Es por ello que debemos acoger a Jesús, el hombre nuevo, el que es justo y misericordioso…siguiendo su ejemplo, teniendo sus mismos sentimientos, quitaremos de raíz el odio, el egoísmo, la mentira, la calumnia, el pecado, y podremos luchar por una Iglesia y una sociedad justa en la que exista unidad y solidaridad en el nombre de Dios.
María Santísima, camino hacia Jesús
Nuestra Madre del cielo es protagonista fundamental en la edificación de la Iglesia. Ella es quien nos lleva de la mano a Jesús para que, junto a toda la Iglesia, podamos ser testigos de la acción misericordiosa de Dios. Que sea ella la luz que guía nuestro caminar y nos conduzca siempre por las vías de la paz, la justicia y la solidaridad. Así sea.
“¡Ábrete!” “Queridos hermanos, escuchen: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que prometió a los le aman?”
Iº lectura: Is 35, 4-7ª; Salmo: 145; IIº lectura: St 2, 1-5; Evangelio: Mc 7, 31-37
La palabra de Dios en este XXIII domingo del tiempo ordinario, nos manifiesta nuevamente la invitación de Jesús a través de lo que su mensaje propone: ser fuertes, no temer, no excluir a nadie y abrir el corazón a la acción misericordiosa y liberadora que Jesús realiza en todos y cada uno de nosotros.
“Todo lo ha hecho bien”
Encontramos detalles de amor y misericordia por parte de Jesús hacia los demás. Son gestos y actitudes que denotan claramente lo que desea el maestro para quienes le siguen, para aquellos que encuentran en Él paz y tranquilidad. La curación del sordo que nos relata el Evangelio es una demostración, no solo de lo que hace Jesús, sino de lo que en cada corazón quiere hacer crecer. De todo lo que encontramos en el Evangelio de hoy, podemos reflexionar sobre tres aspectos, veamos. En primer lugar, hay un acercamiento por parte de un sordo que ante la oración de Jesús queda curado. Esto nos enseña que debemos acercarnos al maestro, sólo Él puede curarnos de la sordera que presentamos ante la cantidad de palabras inertes y superficiales que oímos a diario. En segundo lugar, Jesús cura al sordo “mirando al cielo” y tocándolo diciéndole “ábrete”; dos acciones que pueden y deben ser tomadas en cuenta cada vez que estamos en presencia de Dios. Mirando al cielo junto a Jesús, podemos decir “ábrete”, haciendo alusión a la disponibilidad que cada uno de nosotros debemos tener ante la invitación que nos hace Dios a seguirlo y vivir el Evangelio. En tercer lugar, la gente al ver a Jesús decía de Él que todo lo hacía bien, y ello deja entrever la satisfacción y la plenitud que proporciona la presencia y la acción salvadora de Dios en nuestra vida. Dejarnos amar por Él es hacer de nuestras vidas un testimonio vivo de lo que Dios hace continuamente en nosotros. Seamos agradecidos con Jesús, quien abre nuestros corazones a su palabra y en quien vemos que todo lo hace bien, sin excluir a nadie, ofreciendo a todos la grandeza de su amor.
María nos ayuda a abrir el corazón a Dios
Nuestra Madre del Cielo nos guía, nos acompaña y nos lleva de la mano. Ella es fiel y nos enseña a serlo también nosotros. Sigamos su ejemplo y dejémonos inundar del amor infinito y misericordioso de Dios que, como nos dice el Salmo de hoy, “…liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos”. Así sea.
En este mes, en el cual celebramos a María bajo la advocación de Nuestra Señora de Coromoto, pedimos de todo corazón que nuestras vidas estén disponibles a abrirse cada vez más a la acción liberadora de Dios, siendo fieles discípulos y testigos de la verdad, tolerantes y comprensivos, a fin de ser testimonio en el mundo de la palabra de vida que nos regala el Señor.
“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.” Dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres.
Iº lectura: Dt 4, 1-2.6-8; Salmo: 14; IIº lectura: St 1, 17-18.21b.22-27; Evangelio: Mc 7,1-8,14-15.21-23
Es imprescindible reconocer y sentir la presencia de Dios en medio de su pueblo y sobre todo cuando sabemos el deber que, como cristianos, debemos llevar a cabo sin doblez y con sinceridad. La pureza del alma, que el Señor pide a sus fieles, está lejos de las simples formalidades y apariencias. Es por ello que debemos, sin miedo, acercarnos a Dios, no solo con los labios sino con el corazón, con el fin de dar testimonio de vida cristiana y de ser testigos fieles del mensaje del Evangelio. Después de la celebración de la Eucaristía, el domingo pasado en la mañana, un niño se me acercó ante algunos fieles con los que estaba reunido, me extendió su mano y me dijo: "padre, gracias por la Misa", no tendría más de ocho años. Ese gesto me ha hecho reflexionar sobre manera, ya que muy pocas veces damos el valor necesario a los pequeños detalles que se puedantener hacia las cosas de Dios. Meditemos sobre ello.
"Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre"
La pureza interior es condición de todo amor, y ella se obtiene a través de una lucha perseverante en la alegría de los hijos de Dios. Esta lucha es constante para poder estar junto a Dios, alejando todo pensamiento o sentimiento que no ayude a cultivar la gracia que purifique nuestra vida. El cristiano de hoy debe tener presente: en primer lugar que la pureza es algo verdadero, real, cierto y se debe pedir con sinceridad al Señor y practicarla con convicción de corazón. En segundo lugar que la presencia de Jesús en nosotros es presencia reveladora de esperanza y fe, que nos lleva a dar testimonio con la palabra y ejemplo de la pureza que viene de Él y en tercer lugar, ser conscientes de la importancia de alimentar con valores y buenos sentimientos nuestro corazón, de lo bueno que tengamos podremos ser testigos del amor de Dios y transmitirlo al prójimo. Sigamos la luz de Dios, vivamos en nuestra familia y comunidad el deseo de caminar siguiendo la luz que Él nos da, siendo testigos del Evangelio, dejándonos seducir por Dios para que cada palabra, cada gesto, cada cosa que hagamos nos ayude a solidarizarnos con aquellos que necesitan amor, paz y tranquilidad.
María, madre y maestra de oración
Nuestra Madre del Cielo nos enseña a ser perseverantes en la oración y en la fidelidad. Ella misma, siendo sagrario de Dios, nos da ejemplo de dignidad, respeto y vida espiritual ante la presencia de Él en nuestra vida. Sigamos su testimonio y hagamos de nuestra vida, templos vivos decididos a proclamar la Palabra de Dios como testigos fieles de la Misión que tenemos como cristianos. Así sea.
El pan vivo entre su pueblo “Destierren de ustedes la aspereza, la ira, la indignación, los insultos, la maledicencia y toda clase de maldad. Sean buenos y comprensivos y perdónense los unos a los otros, como Dios los perdonó, por medio de Cristo”. Iº lectura: 1Re 19, 4-8; Salmo: 33; IIº lectura: EF 4,30-5,2; Evangelio: Jn 6, 41 – 51
“Vengan a la Eucaristía, vengan…”. Con estas palabras el Santo Cura de Ars nos recuerda que, aún siendo frágiles y débiles, necesitamos acercarnos a Jesús Eucaristía de manera frecuente y sincera. “Yo soy el pan de vida…”, nos dice el Señor en el Evangelio y se nos recuerda con fuerza la necesidad de recibirlo en la Comunión y de esta manera, participar en la vida divina y así salir victoriosos del pecado y las tentaciones, corroborando aún más nuestra condición de cristianos.
“Yo soy el pan vivo bajado del cielo…” Las palabras de Jesús están llenas de amor y confianza. Su palabra es alimento que da la vida, y su vida es alimento para el hombre. Jesús hace de su Palabra alimento en cuanto habla de Dios, de su relación con el Padre y de cómo debemos estar unidos íntimamente con Él para poder sentirnos y vivir como verdaderos hijos de la luz, amantes de la Eucaristía. La vida cotidiana es reflejo de la esperanza que tenemos en Dios. Los detalles que podamos practicar hacia los demás, son la muestra de lo que podemos y debemos hacer y de lo que Dios nos tiene preparado. Recibir al Señor en su Palabra y en la Sagrada Eucaristía, nos hace fuertes y fieles creyentes. Él tiene lo que nos falta y lo que necesitamos; cerca de Él encontraremos la paz, la fortaleza para hacer bien nuestro trabajo y el gozo en el servicio al prójimo. El pan vivo bajado del cielo, nos guía por el camino de la vida y seguirá siendo para nuestra alma, no sólo un punto de referencia, sino la plenitud de la vida en Dios. El Santo Cura de Ars, modelo de santidad para este año sacerdotal, nos recuerda: “Dios mío, concédeme la gracia de amarte tanto cuanto yo sea capaz”. La oración, el sacrificio y el servicio serán fundamentales para caminar juntos, unidos al Señor, aceptando su invitación y agradeciéndole por su presencia real y verdadera en la Sagrada Eucaristía.
María nos enseña a amar a su Hijo María Santísima, nuestra madre de la Consolación, nos da ejemplo para amar, llevar y compartir el pan vivo bajado del cielo. Ella es mujer y madre que ama, que da la fuerza necesaria a todos aquellos que se encuentran en dificultades, en problemas, en medio de zozobra y de falta de amor. Ella nos muestra el camino que en nombre de Jesús debemos recorrer, sin exclusión y con plena confianza en Él. Así sea.
Que el Santo Cristo de la Grita y Nuestra Madre de la Consolación, nos guíen en todo momento. Que su intercesión haga de nosotros fieles discípulos del Maestro de la verdad para poder proclamar a todos la Buena Nueva del amor de Dios, que está presente en todos y cada uno de nuestros corazones. Así sea.
El alimento que da la vida “Hermanos: les digo y les pido en nombre del Señor que no vivan como viven los paganos, con sus vanos pensamientos. No es eso lo que ustedes han aprendido de Cristo”
Iº lectura: Ex 16, 2-4.12-15, Salmo:77, IIº lectura: Ef 4, 17.20-24,Evangelio: Jn 6, 24- 35
Cuando comulgamos, el mismo Jesús con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, se dona totalmente en unión plena e intima que nos configura a Él en modo real, a través de la transformación y asimilación de nuestra vida en la suya. Esto se destella a partir de la primera lectura, en la que se evidencia como Dios manifestó su providencia hacia los israelitas, en el desierto, dándoles el maná, símbolo y prefiguración de la Eucaristía. En la segunda lectura, San Pablo nos exhorta a revestirnos del hombre nuevo, dejando las cosas pasadas y renovándonos en lo que Dios nos ha enseñado en su hijo Jesucristo.
Buscar el alimento que dura para la vida eterna… En la historia de la salvación, en la cual cada uno de nosotros somos partícipes, encontramos un itinerario de la presencia de Dios en el corazón de sus hijos. Esa presencia eucarística es real, verdadera, cierta, que se hace vida en cada hombre y mujer, en la medida que la reconocemos como "fuente y cima de toda la vida cristiana" (LG 11). El Santo Padre, Benedicto XVI, con motivo del Año Sacerdotal, nos dice en la Carta dirigida a los presbíteros del mundo: “De su ejemplo -de San Juan María Vianney- aprendían los fieles a orar, acudiendo con gusto al sagrario para hacer una visita a Jesús Eucaristía. "No hay necesidad de hablar mucho para orar bien", les enseñaba el Cura de Ars. "Sabemos que Jesús está allí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración". Y les persuadía: "Vengan a comulgar, hijos míos, vengan donde Jesús. Vengan a vivir de Él para poder vivir con Él...". "Es verdad que no son dignos, pero lo necesitan".La presencia real de Jesús en el Santísimo Sacramento nos lleva a reflexionar sobre los siguientes puntos: en primer lugar, es sacrificio que nos redime, nos salva, nos purifica. En segundo lugar, es misterio por el cual cada cristiano, creyente y amante de la Eucaristía, siente admiración plena. En tercer lugar, es sacramento, en el cual nos deleitamos y participamos sin cesar. San Agustín en el Comentario al Evangelio de San Juan, habla de la Eucaristía como "¡Sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad!".La nueva Evangelización debe llevar como bandera nuestro amor a Jesús Eucaristía y a la Santísima Virgen María. Ello conlleva a creer y vivir la fraternidad, la unión y el amor, si esto falta, la evangelización decae y no produce fruto. Seamos amantes de la Eucaristía y fieles al mensaje del Evangelio: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.
María, mujer de la Eucaristía La presencia de María Santísima, nuestra madre, es permanente y sincera. Ella, conservando y guardando todo en su corazón, se convierte en discípula fiel que nos enseña el camino que debemos seguir para ser adoradores de la Eucaristía. Sigamos a Cristo, estemos junto a él y confiemos plenamente en su presencia en medio de nosotros, en medio de su pueblo.
Fidelidad en lo poco “Sean siempre humildes y amables, sean comprensivos, sobrellévense mutuamente con amor; esfuércense en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.”
Iº lectura: II Rey 4, 42-44; Salmo:144; IIº lectura:4, 1-6; Evangelio: Jn 6,1-15
Muchas personas de las aldeas vecinas fueron donde estaba Jesús. Mientras Él hablaba, ninguno pensó al cansancio ni que pudiesen faltar víveres para saciar su hambre y su sed. Fueron atrapados por las palabras de Jesús, por su presencia; sus corazones se llenaron de Él, olvidándose prácticamente del hambre y de la lejanía de sus casas. Con todo esto, Jesús se compadeció de la gente y comprende que deben ser saciados del alimento espiritual y material. El mismo sentimiento de compasión lo tuvo Eliseo (Iº lectura) y San Pablo (IIº lectura), lo confirma, recordándonos que debemos tener sentimientos de humildad y amabilidad, ya que somos hijos de Dios y formamos parte de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica.
“Recojan los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.” La vida del hombre, la de todos y cada uno de nosotros se forma de pequeños detalles y ellos orientan, en la medida en que cumplamos la voluntad de Dios, nuestro corazón hacia Él. Los pasos que damos en nuestra vida nos ayudan a caminar por la vía de la fe, de la esperanza y de la caridad. Dios nos pide respondamos positivamente a su llamada. Todo ello se manifiesta en lo que vivimos cada día, en la familia, en el trabajo, en las comunidades a las que pertenecemos. Los pequeños detalles no mueven la vanidad y hacen que en la vida se aprecien los valores que mueven los corazones y las almas. Muchas personas no aplauden los gestos de quien en la vida cotidiana realiza actos de caridad y generosidad, pues ven en ellos superficialidad y simplicidad. De esto nos da ejemplo Jesús al momento de pedirnos que no desperdiciemos nada de aquello que se nos da, ya que lo que proviene de Él, no le sobra sino le pertenece y desea que nosotros, sus discípulos sigamos sus pasos y participemos de ello. Ayudemos a quienes lo necesitan y no dejemos de dar con generosidad y sin recelo, para así poder aprender a ser verdaderos testigos del Evangelio de la verdad.
María, Madre de la sencillez y la humildad Nuestra Madre del Cielo, María Santísima, nos ayudará a valorizar los detalles que puedan parecer insignificantes. Cada día podemos dar los pasos necesarios para llegar a Dios y en Él tendremos la certeza que recogeremos, no aquello que nos sobra, sino aquello que espiritualmente nos pertenece y que podremos compartir con aquellos que necesitan. Así sea.