José Lucio León Duque

José Lucio León Duque
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viernes, 1 de febrero de 2013

IV° Domingo del Tiempo Ordinario, 3 de febrero de 2013



Profetas de Dios…
testigos del amor.
“Ambicionen los carismas mejores…si no tengo amor de nada me sirve.”

I° lectura: Jer 1, 4-5.17-19; Salmo: 79; II° lectura: 1Cor 12, 31-13, 13; Evangelio: Lc 4, 21-30

La liturgia de hoy nos invita a volver a la sinagoga de Nazaret, dejarnos maravillar de las palabras de Jesús e interrogarnos sobre la reacción de los allí presentes. 

Estamos al inicio del ministerio público de Jesús de Nazaret y San Lucas nos muestra cual será el camino que recorrerá. 

Rechazo, incomprensión, deseo de quitarlo del camino, es lo que acompañará también a Jesús hasta la muerte en cruz y hasta los últimos días de la historia de la humanidad.

El amor: anuncio profético
En ocasiones hablamos de Dios como si hubiese venido a hablar de sí nada más y como si nosotros no lo aceptáramos y no quisiéramos escucharlo. Las razones del rechazo se hacen evidentes: falta de entrega y compromiso, carencia de oración y de aceptación convincente del mensaje de Jesús. ¿Dónde está nuestra adhesión a Dios? ¿Dónde se encuentran radicadas las enseñanzas que desde siempre se nos han impartido? 

La Iglesia necesita profetas que, anunciando y denunciando, puedan estar en la posición clara de hacer ver la incomodidad que se siente ante la indiferencia que manifestamos ante las cosas de Dios. No estamos en la condición de alejar a Jesús de nuestra vida porque nos resulte incomodo lo que nos dice. Ser profeta es expresar el amor que viene de Dios, sabiendo que, como dice la Beata Teresa de Calcuta: “ama hasta que te duela”. 

Es por ello que San Pablo nos recuerda que lo más grande es el amor, y si ello se viviera en plenitud, la palabra que Dios nos transmite se haría vida y no rechazaríamos a Jesús.

El amor exige franqueza, honestidad, sinceridad, quedando por encima de todo la muestra de que ese amor es el camino que nos ayudará a ser verdaderos testigos -a veces incómodos- del mensaje de Jesús.

María, nos guía hacia la salvación
La propuesta de Jesús para hoy es clara: anunciar la palabra de Dios, practicar lo que Él nos enseña y vivir en el amor que proviene solo de Él. En este itinerario de fe, María Santísima nos acompaña e indica el camino a seguir. 

Ella, madre del amor y maestra de oración, nos enseña a orar, escuchar a Jesús y guardar en nuestro corazón sus palabras y enseñanzas para que seamos testigos del amor de Dios. Así sea.

“Permíteme señor que yo te predique sin hablar, pero si con mi presencia, con las fuerzas de mis acciones, para que se vislumbre evidente el amor que te profeso. Dios habla en el silencio del corazón.”
Beata Teresa de Calcuta

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

viernes, 25 de enero de 2013

III° Domingo del Tiempo Ordinario, 27 de enero de 2013



“Hoy” se cumple la Escritura
“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista…”

I° lectura: Neh 8, 2-4a.5-6.8-10; Salmo: 18; II° lectura: 1Cor 12, 12-30; Evangelio: Lc 1, 1-4; 14-21

Con el texto del Evangelio de este domingo se inicia la actividad pública de Jesús. San Lucas coloca el inicio de Jesús en Nazaret, entre sus paisanos, donde había crecido. El Mesías proclama oficialmente el inicio del Reino.  

Si observamos con atención lo que Isaías anuncia y lo que Jesús proclama, nos damos cuenta que, aún no sabiendo la fecha en la cual podemos enmarcar este momento, podemos constatar que aquel “hoy” es también nuestro “hoy”. Ello sobrepasa todo el tiempo, es el tiempo de la Iglesia, es el tiempo, nuestro tiempo, donde se cumple la palabra de Dios.

“Buena Noticia a los pobres”…
El anuncio es concreto y preciso, es inmediato, casi que nos motiva a cultivar siempre más lo que es necesario para nuestra conversión cotidiana. El discurso de Jesús, en este caso, no es imparcial: se coloca de parte de los últimos, nunca de los que oprimen. Es la fuente de libertad, de vida, de verdad. Jesús ha venido para atraer a Dios a quienes estén lejos, a los hombres y mujeres sin esperanza para abrir las puertas de la libertad y de la paz. 

La mirada de Jesús se dirige hacia la persona, no hacia el pecado; su palabra es creación, conversión y unidad, haciendo vida la liberación de la que todos formamos parte. La buena noticia es que Dios coloca al hombre al centro, contra todo tipo de opresión interna y esto hace que el hecho de ser “un solo cuerpo” nos lleve a comprender la necesidad de vivir en unidad y en sinceridad. 

En la sinagoga de Nazaret la humanidad que se sublima, retoma su camino hacia el centro de la vida en Cristo, cuyo nombre es gozo, libertad y plenitud. Jesús se presenta como quien, a través de Dios, se solidariza con el pobre, y ya que en muchos momentos se rechaza esta solidaridad, la elección de Jesús es decidida y firme. Ojalá recordemos hoy y siempre la enseñanza del maestro y coloquemos por obra lo que Él nos transmite a través de su palabra.

María, ejemplo de servicio y unidad…
En el magníficat, nuestra Madre del cielo nos recuerda: “Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón. Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos.” 

Ella nos da ejemplo de unidad, disponibilidad y paz. Sigamos sus pasos y dejémonos guiar de su amor para llegar a Jesús dispuestos a ser sus discípulos, uniéndonos a la misión de llevar el evangelio a todos y cada uno de nuestros hermanos sin exclusión. Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

viernes, 18 de enero de 2013

IIº Domingo del Tiempo Ordinario, 20 de enero de 2013



¿Vacíos o llenos de Dios?
“En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu…El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece.”

La fuerza del Evangelio de hoy, está en el hecho que Juan lo relata como el primer signo cumplido por Jesús. Se hablamos de “milagro”, nos encontraremos ante algo un tanto simple ante la cantidad de enfermos, cojos, ciegos, sordos, leprosos que había en tiempos de Jesús. Si leemos  este episodio como “signo”, entonces estamos siendo invitados a observar los aspectos, detalles y mensajes que nos llegan a todos y cada uno de nosotros.



Las ánforas vacías, no hay vino…
Las bodas, en tiempo de Jesús, como hoy, son signos de la alianza de Dios y el pueblo de Israel, entre Cristo y la Iglesia: “como se alegra el esposo por la esposa, así tu Dios se alegrará por ti” (Is 62, 5); es el gran misterio (Ef 5, 32) del que nos habla San Pablo. No podemos pensar en esto si no es en el ámbito de lo que es hermoso y gozoso de una fiesta. Es la mirada de Dios que siempre nos observa con ojos de misericordia y amor, que nos une cada vez más a Él.

El vino se termina y se termina la fiesta. Cuántas veces Dios nos guía a pesar de nuestra infidelidad, ante nuestra falta de caridad. La fiesta necesita del gozo, de la experiencia de amor que se manifiesta con la existencia del vino en la mesa de la vida; es el gozo de mantener vivo cada detalle que construye nuestro caminar en Cristo.

Las ánforas están vacías. Así somos nosotros. A veces, en los momentos en los que necesitamos dar testimonio de Cristo, estamos duros como una piedra y vacíos como esas ánforas, las cuales necesitan del agua viva que se llenan de la presencia de Cristo y su experiencia de vida en nosotros.

Jesús vino al mundo para llenar de nuevo esas ánforas y a darle plenitud a la fiesta de cada uno con el don del vino nuevo. No es cualquier vino, sino vino del bueno. No nos encontramos ante un simple milagro sino ante un signo que envuelve nuestra fe y relación Dios, que nos pide encontrar los fundamentos auténticos de esa relación alegre con Él y con los demás.

No nos asombremos si Dios nos pide que hagamos lo que Él desea para nosotros. Dios nos ama como hijos y siempre desea el bien para nosotros, aunque a veces pasemos por el camino de las pruebas. Aceptar lo que Dios nos pide es luchar contra aquello que nos obstaculiza caminar junto a Él.

La petición de la Virgen…
La presencia de María Santísima, nuestra madre, es permanente y sincera. Ella, conservando y guardando todo en su corazón, se convierte en discípula fiel que nos enseña el camino que debemos seguir para unirnos cada vez más como testigos fieles del Evangelio de la verdad y de la Eucaristía, indicándonos que el verdadero camino a seguir está en Jesús. Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

jueves, 10 de enero de 2013

El Bautismo del Señor, 13 de enero de 2013



Aquí está Jesús…
“Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea…”

Este día, Bautismo del Señor, se nos ofrece como motivación para participar más de los sacramentos, de la vida activa de la Iglesia. La liturgia de este domingo nos lleva de la mano a aquel que es maestro de paz, de tranquilidad; de aquel que “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”. Jesús, el hijo predilecto, es anunciado por Juan el Bautista y reconocido ante todos por Dios.

Momento de gracia y de bendiciones
Hoy concluye el tiempo de Navidad, pero no concluye el itinerario de esperanza que estamos viviendo. El Bautismo de Jesús nos da algunos puntos de reflexión importantes.  

Ante todo, se nos da la certeza que todos estamos llamados a participar de la vida en Cristo. Él recibe el bautismo de Juan, para enseñarnos que también nosotros podemos y debemos acercarnos a la purificación que Dios nos da. 

En segundo lugar, tenemos la esperanza de ser lavados y salvados en el amor de Dios. Dar este paso implica abandonarse en sus manos, colocarse en su corazón y manifestar con convicción que el amor de Dios es para todos sin exclusión. 

En tercer lugar, quien se coloca en las manos y en el corazón de Dios, es reconocido por Él, así mismo como el Padre da a conocer a su Hijo ante todos para que todos nos demos cuenta el rol que todos y cada uno de nosotros estamos llamados a cumplir. 

Finalmente, somos enviados por Dios a llevar el mensaje de la Buena Nueva a todos, transmitir con el testimonio de vida que Dios quiere salvarnos y que camina junto a cada hijo e hija suyos, para dar plenitud al amor total que solo viene de Él. 

En este momento en el cual debemos comunicar en el mejor de los modos el Evangelio de la verdad, Dios nos pide reconocer a su Hijo y ser fieles discípulos, sin mentiras, sin apariencias, sin falsedades, sino con la bandera de la verdad, del amor y de la paz que se refleja en la vida cotidiana, cumpliendo nuestros compromisos como cristianos con esperanza y justicia en medio del mundo.

María nos enseña el camino de la paz y del amor
Es el momento de colocar nuestra vida en manos de María, nuestra Madre Santísima. Es el momento de abrazarnos a nuestra Madre del Cielo y pedirle por la paz. Coloquemos en sus manos la vida de todos los que tratamos de vivir como verdaderos cristianos y de aquellos que piensan seguir abusando de lo que tienen para incrementar la violencia, la guerra, la injusticia. Así sea.

P. José Lucio León Duque

IIIº Domingo de Cuaresma, 7 de marzo de 2021

LA CASA DE DIOS ES NUESTRA CASA “Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.”...