José Lucio León Duque

José Lucio León Duque
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sábado, 30 de julio de 2016

XVIII° Domingo del Tiempo Ordinario, 31 de julio de 2016

VALIOSOS PARA DIOS
“Tampoco se engañen los unos a los otros. Porque ustedes se despojaron del hombre viejo y de sus obras y se revistieron del hombre nuevo, aquel que avanza hacia el conocimiento perfecto, renovándose constantemente según la imagen de su Creador.”

Iº lectura: Qo, 1, 1; 2, 21-23; Salmo: 89; IIº lectura: Col 3, 1-5.9-11; Evangelio: Lc 12, 13-21


El buen samaritano, Marta y María, el Padre Nuestro. La Palabra hoy nos invita a meditar un aspecto presente en los domingos anteriores: el sentido de pertenencia a aquello que se nos da y lo que se tiene. Esto se relaciona con la acción del samaritano, el gesto de María y lo que pedimos en la oración que nos enseñó el Maestro. La Palabra de hoy se encarna en lo que sucede en la vida cotidiana, en lo que se elige y las relaciones entre las cosas y las personas.

Este domingo nos enseña que somos valiosos para Dios. Las lecturas de este día, son un testimonio valioso para todos, ya que de un modo u otro, somos manipulados por la rutina y en algunas ocasiones podemos sentir la falta de fuerza para hacer las cosas bien y salir adelante.

Fijémonos en lo cotidiano, lo que sucede a nuestro alrededor, para darnos cuenta de la ausencia del sentido del pecado y la falta de perseverancia en nuestros trabajos. Todo esto nos lleva a meditar algunos puntos fundamentales para la vida del cristiano, veamos.

BUSCAR LOS BIENES DE ARRIBA

Vivimos inmersos en una serie de actividades a las cuales pensamos darle el justo sentido, pero se nos escapa de las manos el verdadero rumbo que las mismas deben seguir. El activismo -que consiste en llevar a cabo acciones con una determinada intención- lo hemos convertido en un modo de evadir la atención que debemos dar a Dios y el servicio que se debe prestar al prójimo.

La vida del hombre de hoy necesita de Dios, de su mirada, de los “bienes de arriba”. ¿Por qué nos aferrarnos a lo material?, ¿por qué se idolatran bienes terrenos, ideologías o superficialidades sin ningún objetivo?, es decir, ¿por qué nos alejamos de Dios? San Pablo, no sólo a los colosenses sino también a nosotros, nos recuerda que debemos dar muerte a lo que no sirve. ¿Cómo debiera ser nuestra actitud al hacer un examen de conciencia serio?

La invitación es clara: revestirse del nuevo yo, es decir, revestirse de Cristo, de su Palabra, de su amor, de su paz; despojándonos del materialismo en el que nos anclamos, alejándonos de la superficialidad que daña el corazón del hombre y ser fieles a la riqueza que nos da Dios, riqueza que vale mucho más que cualquier otra y que es más fuerte que cualquier tesoro.

CON JESÚS Y MARÍA

Estamos por iniciar el mes en el que celebramos en nuestra diócesis la fiesta de la Virgen María de la Consolación y del Santo Cristo de La Grita: estamos invitados a pedirles con convicción la paz, el amor y la reconciliación para todos sin excepción, siendo conscientes del valor que debemos dar más a nuestros hermanos que a las cosas materiales. Así sea.

José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com



viernes, 22 de julio de 2016

XVII° Domingo del Tiempo Ordinario, 24 de julio de 2016

¡PADRE!
“También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá.
Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre.”
(Lc 11, 9-10)

I° lectura: Gen 18,20-32; Salmo: 137; II° lectura: Col 2,12-14; Evangelio: Lc 11, 1-13

El deseo de seguir a Jesús y la natural actitud de encontrarlo así como hablarle con sencillez y fe, nace de esa relación con Él: la oración. Cuanto más vivamos el misterio de amor que ha cancelado la muerte, más nos daremos cuenta en nuestra debilidad, en nuestra carne, el verdadero significado de la resurrección de Cristo. ¿Quién nos enseñará a orar? Solo aquel que vive en relación total con el Padre y que nos puede indicar el camino de la verdad. 

ESCUCHAR A DIOS

Del relato del Evangelio de San Lucas, podemos observar que la primera etapa de la oración no es inicialmente la invocación a Dios, como se pudiese deducir de las palabras del discípulo: “enséñanos a orar” (Lc 11,1), sino la escucha. “Uno de sus discípulos” (Lc 11,1) se dirige al Maestro porque se da cuenta de la relación que tiene con Dios y le pide compartir esa alegría con los otros discípulos y con la humanidad. Jesús, dirigiéndose al Padre, manifiesta su infinita misericordia, que perdona las ofensas y salva a quien confía en Él. La escucha por tanto, se genera de las maravillas que hace Dios en nuestra vida y ello no se refiere solamente a los prodigios que pueden ocurrirnos, sino sobre todo a los pequeños detalles que a través de su vida nos hace experimentar con su presencia en nuestras acciones, en el trabajo, en la esperanza de un mundo más justo. La escucha nos conduce a la conversión desde lo profundo de nuestro corazón.

Una segunda etapa es la meditación que significa responder al amor en gustar, con sinceridad, la Palabra de Jesús. “Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano” (Lc 11, 2-3). La invocación al Padre indica la confianza que los cristianos debemos tener en Dios, Él donándose totalmente, en la Última Cena, en su cercanía con los demás, nos muestra el camino que nos hace discípulos y testigos del Evangelio. Es necesario no interrumpir el diálogo con el Padre e invocarlo a cada instante manteniendo viva su presencia en nuestra vida. La oración es vida que transfigura nuestra existencia y nos orienta a que esa vida se dé en plenitud. Quien escucha y medita, quien invoca, quien ora, hace de ello una verdadera relación con Dios que nos une a Él y por tanto con el prójimo.

La breve parábola narrada por Jesús (Lc 11, 5-8) se refiere ante todo a la capacidad de Dios de encontrarse con el hombre y su necesidad, sabiendo qué necesitamos. En segundo lugar, nos comunica que si no abrimos la puerta (Lc 11, 7) de nuestro corazón y nos levantamos para dar lo que el prójimo necesita, es prácticamente inútil invocar a Dios convirtiéndonos en hipócritas, olvidando la importancia de conversión verdadera.

MARÍA ESCUCHÓ EN SU CORAZÓN

Volvamos a la pregunta inicial: ¿Quién nos enseñará a orar? ¿Cómo haremos para vivir la oración? María Santísima nos enseña a conservar en lo profundo del corazón lo que Dios comunica. Dios está en nuestra casa, pero también toca la puerta de nuestra vida, buscando entrar en ella para permanecer y no salir de allí: “Yo les digo: pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá” (Lc 11, 9). Con esto se nos llama a corresponder a la llamada -como hizo María- con sincera adhesión a Dios, que nos pide entrar en nuestra existencia y nos conduce a la salvación y ser prójimo con el prójimo. Así sea.

José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com



sábado, 16 de julio de 2016

XVI° Domingo del Tiempo Ordinario, 17 de julio de 2016

ELEGIR LA MEJOR PARTE
“Me alegro de sufrir por ustedes: así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia

Iº lectura: Gen 18, 1-10; Salmo: 14; IIº lectura: Col 1, 24-28; Evangelio: Lc 10, 38-42

La liturgia dominical llena la vida del hombre en su totalidad, ya que Dios habita de manera permanente y total en nosotros, haciéndonos parte de su vida divina. El Señor nunca pasa de largo, está cerca de nosotros. La petición que se hace en la primera lectura es lógica y conmovedora, uniéndose a lo que el Salmo 14 nos recuerda: el que obra bien, quien obra en la justicia, “dice la verdad de corazón y no calumnia con su lengua”, quien no daña a nadie, al prójimo; quien actúa así, vivirá bien.

ANUNCIAR A CRISTO…

San Pablo nos transmite algo muy significativo y real: se alegra por los padecimientos que soporta por los demás y cómo completa en su carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo. Esto lo hace en favor de la Iglesia, de aquellos que necesitan ser escuchados, liberados de enfermedades, de problemas, de situaciones difíciles. Es en Cristo que somos libres, es en Él en que nosotros sentimos y vivimos la renovación de nuestro ser. San Lucas nos enseña cómo la Palabra de Dios es fundamental en el crecimiento de la vida espiritual. ¿Cuántas veces agradecemos a Dios por lo que nos da?, y ¿cuántas veces nos quejamos de las actividades que hacemos?

En Dios encontramos la mejor parte, en Él tenemos nuestra esperanza y nuestro presente, en Él estamos tranquilos y tenemos la seguridad que caminaremos bien. ¿Hemos elegido la mejor parte?, ¿estamos seguros que la parte elegida es la que está de la parte de Dios? Esta es una reflexión de hoy y para hoy, que resuena a cada momento y nos muestra el camino a seguir: paz, tranquilidad, sinceridad, verdad, equilibrio, comprensión, amor. No dejemos a Dios como un espectador ante la situación que se vive actualmente. Como cristianos tenemos el deber de escuchar a Dios, hablar con Él y hablar de Él; nuestra predicación es el amor de Dios y la expansión de su palabra.

Llevemos a todos el mensaje del Evangelio, viendo el clamor de aquellos que nos piden más testimonio de vida cristiana y de formación humana: dejemos las discusiones, las inseguridades infundadas, la autosuficiencia sin sentido, las creencias sin bases de fe. Seamos fieles a Dios, seamos seguidores y servidores de su palabra. Cumplamos con nuestro deber y dediquemos nuestra vida a la acción amorosa de Dios quien pide renovarnos siempre más…

MARÍA SANTÍSIMA NOS ACOMPAÑA

Nuestra madre de cielo nunca nos deja solos. Pidamos con convicción la paz, el amor y la concordia para nuestra patria. Que cada hombre y mujer de Venezuela sintamos la presencia real de Dios en nuestros corazones, siendo discípulos y misioneros en compañía de María, Madre de todos sin excepción. Así sea.

José Lucio León Duque

joselucio70@gmail.com

viernes, 8 de julio de 2016

XV° Domingo del Tiempo Ordinario, 10 de julio de 2016

“ANDA, HAZ TÚ LO MISMO…”
“Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.”

Iº lectura: Dt 30, 10-14; Salmo: 68; IIº lectura: Col 1, 15-20; Evangelio: Lc 10, 25-37

Ser cristianos no es que sea difícil, lo difícil es darnos cuenta el deber que tenemos de practicar la justicia y la misericordia como elementos fundamentales para vivir como sinceros y verdaderos discípulos de Jesús. Actualmente son muchos los caminos equivocados que se presentan y la actitud inerte de muchos ante las necesidades del prójimo, debe hacernos reflexionar cada vez más.

EL CAMINO DE LA CARIDAD

Jesús no da rodeos ante la pregunta del legista. Jesús da una enseñanza precisa y las pautas a seguir. La dignidad humana vale más que los títulos, que las culturas o las razas. El hombre, imagen y semejanza de Dios, es el espejo donde cada uno debe mirarse para darse cuenta el camino que se debe seguir. ¿Qué debemos hacer? La respuesta la encontramos en lo que hizo el samaritano: mirar más allá de cualquier uso social u otras situaciones o condiciones. Tres gestos concretos del buen samaritano nos interpelan en este día: ver, detenerse y tocar, son los que nos dan la fuerza para practicar la misericordia.

VER: “al verlo tuvo compasión”. El samaritano vio las heridas de aquel hombre que son reflejo de las que posee el mundo, la sociedad de hoy, que se vuelven invisibles a los ojos del mundo, del corazón del hombre que no quiere ver la realidad. Para Jesús mirar y amar se unen en una misma acción ya que Él es la mirada misma de Dios que usa misericordia para con nosotros.

DETENERSE: “se le acercó”, interrumpió su andar, sus proyectos, lo que tenía pensado hacer y deja que el prójimo fuese quien le dictara lo que realmente debía hacer. Detenerse ante la vida de quien gime y sufre, de quien necesita de ayuda ante una situación difícil es una de las acciones que en la actualidad estamos llamados a vivir con convicción.  

TOCAR: “le vendó las heridas”, el buen samaritano se acerca, lo toca, lo cura, lo carga y lo cuida. Tocar es una palabra que puede ser dura en ciertas circunstancias ya que es una prueba que se nos presenta ante ciertas situaciones. Nos da asco tocar al enfermo, al indigente, al pobre. Pero en el Evangelio Jesús nos da ejemplo de compasión, donde se detiene ante el que necesita y practica misericordia con él. Amar no es un hecho emotivo sin más, es un hecho en el que todo se convierte en un acto tangible, real, verdadero.

Por encima de todo está el deber de ayudar, colaborar, usar misericordia para quien la necesita, ser verdaderos discípulos de Jesús. Hoy día hay muchos heridos en las calles de la vida; hay muchas personas (podemos ser nosotros mismos), golpeadas y dejadas en peligro de la muerte inminente causada por los golpes mortales de una sociedad carente de respeto hacia la dignidad del ser humano.

No seamos partícipes de las injusticias que puedan formar parte de la sociedad, seamos portavoces de tranquilidad, de equidad, de armonía, de paz. La justicia y la misericordia se viven en la medida que estemos convencidos que Jesús es maestro de amor, no dejemos perder ni pasar esta oportunidad en el camino de la vida en la que estamos inmersos.

MARÍA, MADRE DE TODOS

María Santísima nos enseña a caminar de la mano con Jesús y a transmitir el evangelio a todos. Seamos discípulos y misioneros, no teniendo miedo a los que, burlándose del mismo Dios, dañan la dignidad de los hombres, olvidando que todos somos imagen y semejanza de Dios. Así sea.

José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com


sábado, 2 de julio de 2016

XIV° Domingo del Tiempo Ordinario, 3 de julio de 2016

DE LA MANO CON JESÚS: UN CAMINO SEGURO
"La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos.”

Iº lectura: Is 66, 10-14c; Salmo: 65; IIº lectura: Gal 6, 14-18; Evangelio: Lc 10, 1-12.17-20

Jesús ha iniciado su camino hacia Jerusalén, lo que constituye el corazón del Evangelio de Lucas. Esto incluye a los discípulos en la misión que el maestro les encomienda y que constituye la reflexión de la liturgia de la Palabra. La misión no es para algunos en particular, pues Jesús, aparte los doce, envió otros setenta y dos. Por tanto, la misión tiene un carácter universal que comporta una estrecha relación de Dios con el género humano y viceversa. 

¿CUÁL ES NUESTRA MISIÓN COMO DISCÍPULOS?

Ante todo el discípulo es enviado para comunicar y transmitir la paz. No es una tranquilidad ni una simple pacificación, sino sobre todo un don pascual, una gracia que viene de Dios y el compromiso sincero del hombre que debe demostrar con su vida que es realmente hijo de la paz.  El Señor nos pide ser portadores de paz, ser tolerantes -aunque nos cueste- y pacíficos. Nadie puede ser mensajero de Dios con prepotencia y arrogancia, eso aleja del camino que realmente se debe recorrer.

En segundo lugar, el discípulo está llamado a compartir con autenticidad, ayudando con sinceridad y generosidad, experimentando cómo hay más satisfacción en dar que en recibir. Con esto colocamos y reforzamos siempre más las bases de la comunión, la unidad y la fraternidad en medio de un pueblo sediento de justicia y de paz, haciendo nuestros el sufrimiento, el cansancio, las dudas, el gozo y la esperanza del prójimo.

En tercer lugar, el discípulo está llamado a llevar en su mensaje la libertad y la apertura a la esperanza. Es el descubrimiento de sí mismos y de la propia dignidad, de la propia vocación, viendo en ello que es posible estar cerca del Reino de Dios. Esta certeza y esta fe, nos permiten ver y obrar en el campo que Dios nos regale, con equipaje ligero, la conciencia de ser peregrinos y la libertad de los hijos de Dios.

Este itinerario nos propone dejar nuestra propia casa, nuestras cosas, nuestros intereses y seguir con convicción a Jesús, presente en los pobres, en los excluidos, en los que sufren, en los que han perdido la esperanza, y con ello podremos sentirnos verdaderamente que somos discípulos según la voluntad de Dios.

EN UNIÓN CON MARÍA.

En este itinerario de fe, María Santísima nuestra madre, nos acompaña e indica el camino a seguir. Ella, madre del amor y maestra de oración, nos enseña a orar, escuchar a Jesús y guardar en nuestro corazón sus palabras y enseñanzas para que seamos testigos del amor de Dios. Así sea.
José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com



sábado, 25 de junio de 2016

XIII° Domingo del Tiempo Ordinario, 26 de junio de 2016

AMAR PARA LIBERAR
“Hermanos: Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado. Por tanto, manténgase firmes, y no se sometan de nuevo al yugo de la esclavitud. Hermanos, su vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche la carne; al contrario, sean esclavos unos de otros por amor.”

Iº lectura: I Re 19, 16b. 19-21; Salmo: 15; IIº lectura: Gal 5, 1. 13-18; Evangelio: Lc 9, 51-62

La Sagrada Escritura cultiva el amor incondicional con el cual debemos seguir las huellas que Dios deja en nuestras vidas. Es un camino en el cual la llamada que Dios realiza, se presenta en varios aspectos que son el tema de reflexión en este domingo. La vocación que hoy se nos muestra, puede observarse desde algunos puntos de vista que, desde la creación del mundo, se revela en la acción de Dios: su Palabra hace resplandecer el amor y la esperanza en medio de la oscuridad que muchas veces se nos presentan.

LA VOCACIÓN: CAMINO DE LIBERTAD

Una primera escena la encontramos en la vocación de Eliseo, heredero y discípulo de Elías, quien es revestido de una insignia profética y que, en adelante, tendrá abierto un nuevo horizonte, lleno de luz y a la vez atormentado. Una segunda escena la vemos en San Lucas, quien presenta las palabras de Jesús como una propuesta radical y a la cual, cada uno de nosotros debe responder. Una tercera escena se muestra en la condición del Hijo de Dios: El no se apega a las cosas materiales y enseña a quien desea seguirlo, la pobreza que se debe vivir. Una cuarta escena se propone en el modo cómo se viven los afectos, que aún pareciendo paradójico, enseñan a tener y practicar la prioridad al momento de manifestar nuestro amor a Dios.

Todo esto se centra en la misma llamada de Jesús, quien en el Evangelio, muestra una vocación precisa: la cruz en Jerusalén. Hacia ella se dirige, con amor total e incondicional, con una exigencia que nos pide también a nosotros. Nuestra vocación por tanto, debe ser impregnada y vivida en el amor, en la misericordia, en la esperanza y en la libertad, solo así obtendremos la salvación que nos hará libres en medio de un mundo lleno de vicisitudes. Ella se presenta como una llamada, no como “dejar algo” o “alguien” para perder, sino “perder” para encontrar la vía que nos lleva al amor que Dios nos regala manifestado en la cercanía con el prójimo.

MARÍA SANTÍSIMA: LIBRE Y HUMILDE

Nuestra Madre del cielo nos enseña con su vida, cómo debemos ser: libres y humildes. Ella, madre de Jesús y madre nuestra, nos muestra un camino de salvación, el cual se hará vida cada vez que como ella digamos con fe y esperanza: “hágase en mi según tu palabra”; es la libertad y el compromiso que se traducen en la vida cotidiana, ayudando a todos sin excepción. Así sea.

 José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com


sábado, 18 de junio de 2016

XII° Domingo del Tiempo Ordinario, 19 de junio de 2016

“Y USTEDES, 
¿QUIÉN DICEN QUE SOY YO?” 
“El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo.”

I° lectura: Zc 12, 10-11; 13-1; Salmo: 62; II° lectura: Gal 3, 26-29; Evangelio: Lc 9, 18-24

Se nos presenta en la liturgia de este domingo un doble retrato: el de Jesús y el del discípulo. Cuando se tiene un amigo, ¿cuál es la primera cosa que se piensa? ¿Preguntarle lo primero que nos viene a la mente? O, por el contrario, antes de hacer cualquier pregunta, se piensa ¡cómo sería agradable volver a verlo así como disfrutar su compañía¡  ¿Por qué no hacer lo mismo con Jesús, cuando se está ante Él y con Él? ¿Por qué no anunciar y dar testimonio del bien que nos hace su presencia, antes de otra cosa?

LA CRUZ, MEDIO DE SALVACIÓN…

Jesús entra en las filas de los hombres y mujeres excepcionales, que han llevado al mundo una palabra divina capaz de mover los corazones y las conciencias, como es el caso de San Juan Bautista, Elías y los profetas. 

En la perspectiva de la pregunta de Jesús, el hijo de Dios, nosotros responde Pedro, quien lo indica como “El Mesías de Dios”, es decir, el consagrado en el Espíritu divino que ofrece a la humanidad la palabra y la presencia perfecta y definitiva de Dios en nuestra historia. Él es el Salvador, la potencia liberadora de Dios que penetra como levadura en la fría masa de la humanidad. 

Se nos invita a tomar la cruz, teniendo en cuenta el detalle que nos hace reflexionar: tomarla y llevarla cada día, sabiendo quién es Jesús. Adherirnos a la cruz significa esforzarnos en cultivar los pequeños detalles que nos mueven a cumplir la voluntad de Dios a través de obras sencillas, de la piedad que debemos expresar en nuestra relación con Dios, de la fidelidad continua y permanente hacia Él. 

El sufrimiento de Cristo y el trabajo cotidiano del cristiano no es un tipo de masoquismo, es una invitación precisa: conocerlo, resucitar y salvarse. La cruz, nuestra cruz, debe ser llevada siempre con amor, con fidelidad, con constancia, cada día y “no a ratos”, solo así podremos responder con convicción a la pregunta de Jesús: Tú eres mi Salvador, tú eres el hijo de Dios, tú eres paz cada día, amor, gozo, serenidad, tú eres quien me guía y quien me invita a predicar el Evangelio de la verdad con las obras de cada día.  

LA VIRGEN MARÍA, NOS ENSEÑA A SEGUIR A JESÚS…

María, Nuestra Madre, nos da ejemplo de vida en Dios. Ella, mujer y madre, nos da la fuerza para predicar y proclamar el gozo que Dios nos da. Seamos testigos del amor de Dios que, en Espíritu y Verdad, nos lleva con valentía a ser mensajeros del evangelio de Jesús. Así sea.

José Lucio León Duque

joselucio70@gmail.com

domingo, 12 de junio de 2016

XI° Domingo del Tiempo Ordinario, 12 de junio de 2016

“DIOS NO SE CANSA DE PERDONAR”
“Estoy crucificado con Cristo: vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí.”

I° lectura: Sam  12, 7-10. 13; Salmo: 31, 1-2. 5. 7. 11; II° lectura: Gal 2, 16. 19-21; Evangelio: Lc  7, 36-8, 3

Al centro del Evangelio, vemos una mujer culpable de graves pecados y señalada por los demás como una pública pecadora perdonada y arrepentida, la mujer del perfume -una de las tantas mujeres anónimas que aparecen en el Evangelio- que obtiene el perdón y la misericordia de Jesús, a diferencia de quien se cree estar bien ante Dios.  

Un fariseo invitó a su casa a Jesús y con sorpresa asistió a una escena para él poco agradable. Los fariseos, en el antiguo Israel, eran quienes representaban el movimiento político-religioso que, entre otras cosas, profesaban una rigurosa observancia hasta en las más mínimas prácticas unidas a la fe; por ello gozaban de un cierto respeto y admiración, y ellos mismos se consideraban superiores a la gente común. Cabe recordar también ciertos usos sociales de entonces: cuando un rico recibía un huésped en su casa, en su mesa, llamaba a un siervo para que le lavara los pies, besándolos y colocándole algunas gotas de aceite perfumado. El banquete era público y cualquier persona podía observarlo.

Este fariseo -de nombre Simón- invitó a Jesús, no por admiración hacia él sino más bien para ver de cerca aquel hombre considerado por muchos un profeta enviado por Dios. Durante el banquete entró en la sala una pecadora, la cual se arrojó llorando a los pies del huésped: Jesús. Él la dejó, le permitió cumplir el gesto caracterizado por la sinceridad y la humildad. El maestro sabía lo que pensaba el dueño de la casa y cuál era su juicio haciendo hincapié en la medida del amor por parte de quien evidencia la sencillez, el arrepentimiento y la pureza de corazón y a la vez mirando con misericordia a la que todos veían como una pecadora.  

No sabemos las reacciones de estos dos personajes, pero podemos imaginar el consuelo y el gozo de la mujer y la incomodidad del fariseo ante las palabras de Jesús: “Han quedado perdonados tus pecados…tu fe te ha salvado, vete en paz” (Lc 7. 50). Nadie es perfecto, todos tenemos ante Dios que asumir nuestra condición de pecadores, no importa cuán grande sea nuestra falta ya que Él nos perdona y usa misericordia para con sus hijos si lo admitimos con sinceridad y humildad.

Entre las primeras palabras del Pontificado del Papa Francisco, encontramos el llamado a todos nosotros: “…el rostro de Dios es el de un padre misericordioso, que siempre tiene paciencia! ¿Habéis pensado en la paciencia de Dios, la paciencia que tiene con cada uno de nosotros? ¡Eh, esa es su misericordia! Siempre tiene paciencia: tiene paciencia con nosotros, nos comprende, nos espera, no se cansa de perdonarnos si sabemos volver a Él con el corazón contrito. Grande es la misericordia del Señor.” (Papa Francisco, Angelus del 17 de marzo de 2013).

La mujer del perfume es la mujer del amor, en ella constatamos que pasamos del mal olor del pecado al perfume sublime de la salvación y la misericordia, con gratitud infinita y con el propósito de mejorar en la vida. Ella nos enseña que, aún no sabiendo expresar en palabras lo que siente en su corazón, este la motiva a realizar un gesto sincero y valiente: lava los pies a Jesús, los seca, los perfuma, los besa. Hoy estamos llamados a buscar a Cristo y, arrojados a sus pies, pedir con nuestra mirada nos llene de su infinita misericordia para ser discípulos y misioneros en la vida cotidiana.


María Santísima, nuestra Madre, nos invita a escuchar la voz de Dios, guardar en nuestro corazón su palabra y ponerla por obra en el servicio al prójimo. Así sea.

José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com




sábado, 4 de junio de 2016

X° Domingo del Tiempo Ordinario, 5 de junio de 2016

“NO LLORES”
“Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.”

I° lectura: 1Re 1, 17, 17-24Salmo: 29; II° lectura: Gal 1, 11-19Evangelio: Lc 7, 11-17

UNA MUJER, UN ATAÚD, UN CORTEJO. Estos son los elementos básicos en el relato de Naim que coloca como escena la normalidad de la tragedia en la que se vislumbra el dolor más grande del mundo: la muerte. Es la oscuridad que absorbe la vida de una madre, de quien está privada de aquello que es más importante en su vida. Ese frío imprevisto denota y prevé que, de ahora en adelante, las cosas no serán como antes.

Esa mujer era viuda, tenía solo un hijo, él era todo para ella. Dos vidas precipitadas en un ataúd. Cuántas historias existen así en la actualidad. Cuántas familias donde la muerte es de casa. El Evangelio muestra a Jesús que llora junto a la mujer. Jesús entra en el corazón de esta mujer, de esta madre. Entra en la ciudad como forastero y se convierte en prójimo.

¿QUIÉN ES EL PRÓJIMO? Le preguntarían en una ocasión. Quien se acerca al dolor de los demás, quien se carga sobre sus hombros la tristeza de quien sufre, quien busca la manera de consolar, aliviar, curar en la medida de lo posible.  El Evangelio nos dice que Jesús sintió compasión por ella. La primera respuesta del Señor es probar dolor por aquel de la mujer. Ve el llanto y se conmueve, no prosigue sino que se detiene y dice con ternura: “no llores”. Aún así, no se conforma de sentir compasión, Él la consuela liberándola. Se acerca a una persona que se pregunta: ¿por qué me está sucediendo esto? ¿Qué he hecho? Ninguna señal nos dice que aquella mujer fuese una creyente más que otros y aún así, Jesús está allí.

Lo que hace mover el corazón de Jesús es el dolor, su sufrimiento, su vida. Aquella mujer no pide nada, pero Dios escucha su súplica, la súplica universal y sin palabras de quien no sabe cómo pedir, de aquel que tal vez no tenga fe y Él se acerca, cercano como ella al cuerpo inerte de su hijo, cercano como el mejor de los padres: misericordioso, tierno, sencillamente padre. Se acerca al ataúd, lo toca, habla: “¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!”, es el verbo usado para la resurrección. Se lo devuelve a su mamá, a su abrazo amoroso, le devuelve la vida, la esperanza, a los afectos que lo hacen sentirse vivo, a ese amor que solo encontramos en la vida.

TODOS GLORIFICABAN A DIOS DICIENDO: “Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.” Jesús profetiza, anuncia a Dios en medio de su pueblo con su palabra, con su actitud. Anuncia a Dios en Naim y a cada “Naim” del mundo que se acerca, que llora, que sufre…y Él escucha su súplica. Anuncia la esperanza a quienes el dolor pareciera destrozarle el corazón y nos invita a transformar ese sufrimiento en esperanza, en vida, en fe, siendo cercanos con los que puedan pensar que todo ha terminado con el dolor.

MARÍA SANTÍSIMA, madre del maestro de la esperanza y del amor, haz que seamos cercanos a aquellos que, lejanos de Dios o cercanos a Él, se convierten en prójimo que ayudan a sembrar esperanza en medio de las dificultades. Así sea.

 José Lucio León Duque


IIIº Domingo de Cuaresma, 7 de marzo de 2021

LA CASA DE DIOS ES NUESTRA CASA “Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.”...