José Lucio León Duque

José Lucio León Duque
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viernes, 16 de septiembre de 2016

XXV° Domingo del Tiempo Ordinario, 18 de septiembre de 2016

¿QUIÉNES SON LOS HIJOS DE LA LUZ?
“Quiero, pues, que los hombres, libres de odios y divisiones, hagan oración dondequiera que se encuentren, levantando al cielo sus manos puras…”

Iº lectura: Am 8, 4-7 / Salmo: 112 / IIº lectura: 1Tim 2,1-8 / Evangelio: Lc 16, 1-13

Este domingo, nos encontramos con la luz, signo y símbolo del Señor. Así como la luz y el día se oponen a la noche y a las tinieblas; de la misma manera los hijos de la luz (los cristianos) se oponen a los hijos de las tinieblas hijos de este mundo. La verdadera riqueza está en la fe, la cual sólo la poseen los hijos de la luz, quienes la fortalecen en la oración. Pero…atención: ¡Hay sombras que se presentan en la vida de todos y cada uno de nosotros!

LOS HIJOS DE LA OSCURIDAD ESTÁN AL ACECHO

Quien no está de parte de Dios, busca la forma de alejar cada vez más a los hijos de la luz. La presencia de quien se niega a ser luz, termina aceptándose como algo “común” y/o “normal” en la vida cotidiana. Ello puede dar a entender que “es bueno no ser bueno”; en este sentido, da lo mismo dañar a alguien, puesto que es algo “normal” en el mundo de hoy.

Los hijos de este mundo son sagaces y astutos -en sentido malicioso-, no desean la paz ni el equilibrio, no obran la caridad; prefieren sentirse dueños del mundo y de las conciencias olvidando que quien gobierna es Dios. Los hijos de las tinieblas se presentan con apariencia de sencillos y humildes, disfrazan sus vidas mezquinas con falsos amores y en muchos casos colocan el dios dinero por delante para atrapar víctimas. Dan pena, lástima y tristeza al corazón de Jesús, quien pide al Padre misericordia y piedad para con ellos.

La verdadera luz del hombre es la oración. Quien es cristiano ora por todas las personas y necesidades. El cristiano sabe que esta riqueza tan grande (la oración), le acerca a su salvador y que además es una forma extraordinaria de conseguir el perdón de sus pecados. Quien ora alza al cielo sus manos puras y ofrenda a Dios sus mejores sentimientos, su mejor tesoro.

La Iglesia es una comunidad de creyentes en la cual todos tienen su espacio, y aunque es de todos, ella tiene una particular preferencia por los pobres y excluidos. Hagamos hoy una oración por sus hijos para que nuestro compromiso sea convertirnos en luz para los demás, luz para el mundo pero también y de manera especial, en luz de nuestros propios hogares.

EN UNIÓN CON MARÍA

En este itinerario de fe, María Santísima nuestra madre, nos acompaña e indica el camino a seguir. Ella, madre del amor y maestra de oración, nos enseña a orar, escuchar a Jesús y guardar en nuestro corazón sus palabras y enseñanzas para que seamos testigos del amor de Dios. Así sea.

José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com



sábado, 10 de septiembre de 2016

XXIV° Domingo del Tiempo Ordinario, 11 de septiembre de 2016

EL MISERICORDIOSO ABRAZO DE DIOS

“Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme”

Iº lectura: Ex 32, 7-11. 13-14; Salmo: 50; IIº lectura: I Tim 1, 12-17; Evangelio: Lc 15, 1-32

El Evangelio de este día lo meditamos como un texto fundamental en este Año Santo de la Misericordia. Es la parábola del padre bueno que da la libertad al hijo hasta en el error, lo deja ir, seguramente escuchando ofensas, reclamos, y viendo cómo puede arruinarse la vida. El padre espera cada día su regreso, lo ama en su corazón misericordioso. Cuando lo ve a lo lejos, corre a su encuentro, lo abraza, quiere una gran fiesta.

La misericordia de Dios está presente, nunca se ausenta, no tiene límites de tiempo, siempre ha estado allí con sus hijos. Ella no se agota, existe para todos sin excepción ni exclusión porque Dios no se fija en el comportamiento indigno ni en la cantidad de caídas, ni toma en cuenta si le hemos abandonado o despreciado; Él ve y valora el dolor del alma arrepentida que pide, anhela el perdón y recibe el abrazo amoroso.

LA MISERICORDIA SIEMPRE ESTÁ PRESENTE…

El amor y la misericordia de Dios resuenan con claridad y certeza en la liturgia de este domingo. En la primera lectura, Moisés intercede ante Dios en favor del pueblo que había vuelto a pecar, apelando a Su amor y logrando el perdón. Esta idea evoluciona en San Pablo, donde encontramos el rostro de la misericordia en Jesús, a quien Pablo agradece, de forma elocuente y conmovedora, su presencia transformadora. El recorrido por la liturgia de hoy, revela que el amor y la misericordia van juntas de la mano, que más allá de la suciedad de nuestro pecado se encuentra el infinito amor de Dios, amor que recibimos con humildad para darlo de la misma manera a nuestros hermanos.

Nuestra Señora de Coromoto
(Diócesis de San Cristóbal) 
¿Cuántas veces tomamos la posición de quien exige pruebas del amor de Dios o cuestiona cómodas situaciones en sus semejantes, renegando de la propia? ¿Cuántas veces nos resulta incómodo salir a buscar una oveja perdida o “barrer” nuestra vida para hallar lo que nos falta? Algunas veces nos parecemos al hijo mayor de la parábola del hijo pródigo, quien prefería la ausencia de su hermano y no veía con buenos ojos el amor y la acogida del papá. Él, como tantos hombres de hoy, no pudo ver el amor y la misericordia verdadera.

No es posible, en la familia, la alegría ni la fiesta, si falta “un hermano”, si se pierde “una oveja”, si se pierde “una moneda”. El plan de Dios consiste en restaurar la familia humana y ello exige una capacidad inmensa de olvido y de perdón, ¡Gran tarea por hacer! Quien ama, perdona siempre, excusa siempre, olvida siempre. Por todo eso, nosotros como el hermano mayor, necesitamos la lección magistral del padre, imagen de Dios, quien acoge a los “hermanos menores”, donándose a sí mismo con todo su Amor…

MARÍA NOS ENSEÑA A CAMINAR CON JESÚS

De la mano con María Santísima, nuestra Madre de Coromoto, llegamos a Jesús, quien nos guía hacia el amor misericordioso del Padre. Aunque perdonar sea una tarea difícil, no nos desalentemos; sigamos luchando en la búsqueda de una renovación personal y comunitaria, pidiendo junto a María nuestra madre poder vivir en paz y armonía, como discípulos y misioneros en la construcción de un mundo mejor. Así sea.


 José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

viernes, 2 de septiembre de 2016

XXIII° Domingo del Tiempo Ordinario, 4 de septiembre de 2016

CARGAR CON LA CRUZ, NO LLEVARLA A RATOS
“Quien no lleve su cruz detrás de mi no puede ser discípulo mío”

Iº lectura: Sb 9, 13-19; Salmo: 89; IIº lectura: Flm vv 9-10.12-17; Evangelio: Lc 14, 25-33

El discurso que hace Jesús sobre el tema de la Cruz es motivo de escándalo para los que escuchan en aquel momento histórico, pero que ciertamente sigue vigente y toca a los hombres de hoy de una manera directa y personal. ¿Qué desea Jesús de sus discípulos? que nos acerquemos más a Él!; lo cual hace necesario preferirlo a Él, renunciando incluso a sí mismo, para así tomar la cruz y seguirlo…no a ratos, sino siempre.

LA CRUZ AYER Y HOY

Al observar una imagen de Jesús en la cruz imaginamos los momentos difíciles y de dolor padecidos por Él y se nos
Madre Teresa de Calcuta
achica el corazón ante las expresiones del rostro sufriente del hijo de Dios.
Logramos por unos momentos, meditar sobre el sufrimiento que debió haber sentido por los azotes; por los clavos, por los insultos. Nos colocamos por unos instantes en el lugar de Jesús y podremos sentir además del dolor físico, uno igual o incluso más fuerte, que es el dolor de su corazón al sentirse abandonado por sus amigos e incluso traicionado por uno de ellos; por la humillación de la que fue objeto cuando lo escupieron y lo trataron mal; por la tristeza que debió haber sentido al ver que sus hermanos no creían en él. En ocasiones, nos volcamos en devociones ante una imagen de Cristo, pero no vemos la cantidad de crucificados que viven en la actualidad.

Muchas personas son víctimas de la falta de amor que se traduce en faltas de respeto a los más simples y elementales derechos humanos. Tales transgresiones sólo pueden ser impartidas por quienes carecen de vida en Dios, ya que sólo así un ser humano podría convertirse en protagonista de secuestros, chantaje, violencia física, verbal y psicológica; calumnias, chismes, etc., en la que en último término se va deteriorando el rostro y la dignidad.

En el cristiano, entran en conflicto dos realidades - la fe, la lealtad en Dios, por un lado; y la hipocresía, la maldad en su corazón, por otro - que son motivo de reflexión para muchos, que como testigos del amor de Dios, dirigen su mirada al mundo y manifiestan su solidaridad ante la gran cantidad de crucificados del mundo de hoy y asumen la responsabilidad de ser personas con deseos de reflejar el verdadero rostro de Dios.

MARÍA NOS ACOMPAÑA

En el Calvario estuvo presente María, nuestra madre. Ella también lo acompañó en los momentos de dolor, nunca lo abandonó, y por ello se nos enseña seguir el via crucis cotidiano de la realidad que cada uno vive. Con María, seamos testigos de la renovación del mundo, seamos apoyo de los crucificados de hoy, ayudemos a construir de nuevo la dignidad perdida y el dolor permanente de muchos hermanos nuestros. Así sea.

José Lucio León Duque

joselucio70@gmail.com

viernes, 26 de agosto de 2016

XXII° Domingo del Tiempo Ordinario, 28 de agosto de 2016

LA HUMILDAD, SIGNO DE UNIÓN CON DIOS
“Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios.”

Iº lectura: Eclo 3, 17-18.20.28-29; Salmo: 67; IIº lectura: Hb 12, 18-19.22-24; Evangelio: Lc 14, 1.7-14

La humildad se expresa con actitudes coherentes y palabras con sentido; es una de las acciones más sublimes, ya que forma parte del amor. Ni los títulos, ni el manejo desordenado del dinero, ni una determinada posición social, podrán ser garantes de humildad; esto nos lleva a reflexionar sobre lo que en la liturgia de este domingo se nos presenta: meditar y saber escuchar.

TRAS LOS PASOS DE LA HUMILDAD

Cuando nos acercamos a Dios a través de la oración y de la celebración litúrgica, formamos parte del Cuerpo Místico de Cristo, dando una respuesta positiva al deseo de adherirnos cada vez más a la vida divina. Se buscan los primeros lugares, se muestra avidez por figurar en algo y/o ante alguien; se quiere ser el centro de atención mostrando la falsa humildad que se lleva arraigada en el alma.

Nos acercamos a Dios porque Él primero nos ha llamado y si permanecemos en Él es porque hallamos el lugar que nos corresponde: el único que debemos buscar y que podemos encontrar: su corazón. Si damos signos de sencillez, seremos agradables a los ojos de Dios; si mostramos señales evidentes de egoísmo, seremos simples servidores de los planes inertes que presenta el demonio a quienes buscan a Dios. Es fácil, entretenido y barato, juzgar y hablar de los demás, cual si fuésemos jueces sin derecho.

Vivir la humildad es saber meditar y escuchar; es conjugar sentimientos de bondad y admiración por lo que hacen los demás; es dejar brillar las opacas imágenes de hombres y mujeres que cubren sus rostros por vergüenza o por sentir exclusión; es dar oportunidad que todos y cada uno de nosotros podamos ser luz en el camino de quienes viven en la oscuridad.

El maestro nos muestra la vía que debemos recorrer: humillarnos para ser engrandecidos y ello es garantía de la cercanía con Dios para ser ejemplo de su mensaje de amor, libertad y paz. Démosle el verdadero significado a la humildad, siendo partícipes en la construcción de un mundo en el cual dejen de ser comunes las falsas prácticas de humildad; donde se dé al hombre la dignidad que merece y se vean soluciones a los diferentes problemas sociales, culturales y religiosos.

No aspiremos a los primeros puestos, sino con humildad y valentía, convencidos de la presencia de Dios en nuestra vida, seamos transparentes, allí donde estamos, en la vida cotidiana, para su gloria y el bien de los demás.

MARÍA EJEMPLO DE HUMILDAD

Ella nos da ejemplo de humildad verdadera y caminando junto a ella podemos obtener óptimos resultados. Seamos buenos hijos, confiemos plenamente en su amor maternal, busquemos ser testigos de la paz, lealtad y justicia, sabiendo conservar en nuestros corazones la grandeza de Dios, su amor inefable y el deseo de ser mejores cada día, solo así podemos ayudar a construir la Iglesia de la que todos somos parte sin exclusión ni distinción.

José Lucio León Duque

joselucio70@gmail.com


sábado, 20 de agosto de 2016

XXI° Domingo del Tiempo Ordinario, 21 de agosto de 2016

ENTRAR POR LA PUERTA ESTRECHA
“Esfuércense en entrar por la puerta estrecha. Les digo muchos intentarán entrar y no podrán.”

I° lectura: Is 66, 18-21; Salmo: 116; II° lectura: Heb 12, 5-7.11-13; Evangelio: Lc 13, 22-30

Estos días de “vacaciones” son favorables para reflexionar sobre el tiempo que dedicamos a Dios. Lo más importante del ser cristianos es la dicha de vivir y estar en comunión, sentirnos una sola alma, un solo cuerpo como Iglesia de Jesús que somos. Esto es lo que nos enseña la Iglesia de los orígenes, los primeros seguidores y discípulos de Jesús.

Sólo es posible guiar a los demás si desde lo profundo de nuestros corazones se proclama la grandeza de Dios, su amor, su misericordia, su justicia. Los caminos de Dios son algunas veces duros, otras, más llevaderos; son caminos en los cuales la exigencia consiste en ser perfectos en la humildad, en la medida en que estemos unidos a Él. 

BUSQUEMOS LA PUERTA ESTRECHA, ESFORCÉMONOS, ENTREMOS Y QUEDÉMONOS

Jesús, en su deseo por hacernos partícipes de su mensaje, nos invita a algo concreto: esforzarse por entrar por la puerta estrecha. Esto no se hace con “romanticismos” ni ilusiones vanas, se consigue experimentando en la propia vida el deseo de seguirlo con el corazón y con la vida misma.

Esforzarse quiere decir combatir, luchar, permanecer firmes en aquello que nos hemos propuesto. Una puerta estrecha indica un lugar de dificultad. ¿Qué hacemos ante los problemas, las dificultades, ante los caminos que se nos presentan sin aparente vía de salida? Se necesita perseverancia, no rendirse, luchar, usar nuestras fuerzas. Perseverar es insistir sobre algo, saber esperar, saber aceptar alguna derrota momentánea pero sin desviar la mirada del propósito inicial.

Esforzarse por entrar por la puerta estrecha es dedicar la vida a escuchar con atención a Jesús, escoger la mejor parte, colaborar en la unión de los hombres, vivir y anunciar con convicción el Evangelio. Todo ello es, a su vez, consecuencia del bautismo ya que entramos a formar parte del Cuerpo Místico de la Iglesia. De aquí en adelante debemos luchar y trabajar por algo fundamental: quedarnos, mantenernos y buscar la salvación.

Es necesario centrar nuestra vida en Jesús, su palabra y su testimonio. En la medida en que sepamos vivir nuestro cristianismo y arraigarlo en nuestro corazón, es que entenderemos el mensaje de este domingo: entrar por la puerta estrecha que está en Dios, en el mensaje de Jesús y en la vida que todos y cada uno de nosotros construya con la convicción de que la vía hacia la felicidad es dura pero vale la pena esforzarse por estar en ella.

En medio de la actual situación, se respira un aire de esperanza; se puede sentir que cristianos y no cristianos gritan al mundo el deseo de vivir la paz y la reconciliación, algo de lo que carecemos y que aparentemente, para muchos, parece no hacer falta. 

MARÍA SANTÍSIMA, GUÍA NUESTRO CAMINAR

Nuestra Madre de la Consolación nos acompaña y nos guía. Ella es el pilar en el cual se apoya nuestra vida y nuestro peregrinar. Su bendición y su amor son garantía del amor de Dios, de su paz y de su misericordia hacia sus hijos. Pidámosle a ella y seamos testigos de su amor, sólo así experimentaremos el hecho de ser portavoces de la verdadera renovación como discípulos y misioneros.

José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com


sábado, 13 de agosto de 2016

XX° Domingo del Tiempo Ordinario, 14 de agosto de 2016

¿CONTRADICCIÓN O CONVICCIÓN?
“He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!” (Lc 12, 49)

I° lectura: Jer 38,4-6.8-10; Salmo: 39,2.3;4.18; II° lectura: Heb 12,1-4; Evangelio: Lucas 12,49-53

El fuego que nos presenta Jesús es un fuego que quema, que resplandece, que ilumina, que consume, que envuelve nuestra vida. Preguntémonos: ¿nos quema dentro la palabra de Jesús a tal punto de no dejar de pensar en Él? ¿hemos defendido la palabra de Dios en alguna discusión? ¿nos dejamos guiar por la luz que se desprende del fuego que emanan las acciones y las palabras del Maestro? A este respecto, podemos evocar lo que manifestaron los discípulos de Emaús al reconocer a Jesús al partir el pan: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24, 32).

CREER ES TENER FE EN DIOS

Acoger la Palabra que en Jesús se pronuncia como la verdad en la que debemos creer, es lo que nos lleva a leer -a la luz del Evangelio- las incoherencias que encontramos en nuestra vida y en la vida de la comunidad cristiana. Creer es una lucha, un combate espiritual.

La actitud del cristiano hoy debe ser la de quien camina en la verdad y la fe, sintiendo en su corazón el resplandor y la fuerza del mensaje de Cristo. No podemos dejarnos llevar por la superficialidad y las apariencias con el fin de que todo pareciera “que está bien”, ya que un verdadero cristiano toma la Palabra de Dios como la verdad que lleva a la libertad. La fe no nos divide, lo que nos divide es la incertidumbre de pensar que otros caminos nos pueden dar lo que solo Dios nos da.

Ante la afirmación de Jesús: “he venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!” (Lc 12, 49)cabe preguntarse si realmente estamos dispuestos a vivir el Evangelio con la fuerza y la convicción que requiere. El Evangelio se presenta como contradicción para aquellos que, olvidando la vocación a la que Dios llama, se refugian en la superficialidad y la comodidad, obviando el verdadero camino que nos lleva a ser Iglesia en un mundo sediento de la Palabra de Dios, la cual debe ser leída, explicada y vivida en lo cotidiano, en medio de los pobres y los excluidos.

NUESTRA MADRE DE LA CONSOLACIÓN

Cada año los fieles, no sólo del Táchira, sino de otros lugares de Venezuela y más allá, se acercan a los pies de nuestra Madre de la Consolación de Táriba, para decirle ¡gracias! y también para pedirle por diversas necesidades que surgen en medio de las contradicciones que el mundo pueda presentar.

¡Bendita tú María! Porque no te rebajaste, sino diste plenitud a la humildad que nace de un corazón sincero…
¡Bendita tú María! Porque gracias a tu disponibilidad, se abrieron las puertas del corazón de Dios para que todos pudiésemos recibir sus gracias…
¡Bendita tú María! Porque nos das a tu hijo, para que con su vida, muerte y resurrección, seamos bendecidos, amados y salvados.
¡Bendita tú María! Madre de la Consolación, pues a todos nos das la posibilidad de apoyarnos en tu regazo y comprender que en ti está el camino que nos lleva a Jesús.

Acudamos fieles a nuestra Madre de la Consolación, con humildad y con convicción, pidiéndole con fe por nuestro país, por nuestro estado, por nuestra diócesis, llevando el más grande regalo que un hijo puede dar a su madre: fidelidad, obediencia y amor. ¡Gracias Madre! Así sea.

José Lucio León Duque

viernes, 5 de agosto de 2016

XIX° Domingo del Tiempo Ordinario, 7 de agosto de 2016

¿DÓNDE ESTÁ NUESTRO CORAZÓN?
“Donde está su tesoro, allí estará también su corazón.”

Iº lectura: Sb 18, 6-9; Salmo: 32; IIº lectura: Hb 11, 1-2.8-9; Evangelio: Lc 12, 32-48

Jesús, en esta oportunidad, nos hace una aclaración muy importante y fundamental para nuestro itinerario espiritual: ¿dónde está nuestro corazón? ¿cuáles son nuestras riquezas? En la actualidad es evidente el modo superficial con el cual se desempeñan algunas actitudes del hombre. La mayoría de situaciones son la certeza de la carencia de convicción y de fe en Dios. La vida cotidiana es muestra de la necesidad que tenemos del creador; la fe es la que nos mueve, la fe es el aire que nos permite respirar el amor de Dios.

La fe es garantía de las cosas que se esperan” (Heb 11,1); esa fe que mueve montañas, esa fe que permite ver y sentir la insondable e infinita grandeza de la salvación de Dios para con nosotros; esa misma fe en diversas ocasiones es dejada de lado o simplemente se ignora, o se usa como una especie de “amuleto” no siendo ésta la manera de vivir en Dios, ni el modo en el que debemos tratar y hacer vivir nuestro corazón.

“NO TENGAN MIEDO…”

El miedo no es sólo un visitante o un huésped: se ha convertido en muchos momentos en “parte esencial” de la vida de la mayoría de personas. Se vive con miedo, se vive en el miedo, se vive por el miedo. Es tangible el modo en el que se busca la grandeza, los poderes, los honores. Dios desde nuestro corazón nos observa, nos interpela y a la vez, nos respeta y es necesario considerar la eficacia del amor de Dios, el alcance de su misericordia y el significado de su perdón.

El Señor no nos amenaza, no nos está advirtiendo de manera negativa, está actuando con amor cuando nos dice que no tengamos miedo, que estemos preparados. En esta perspectiva, hay dos aspectos fundamentales: la libertad y la obediencia. Somos libres para escoger y si vivimos el amor de Dios, es nuestro deber, obedecer. Caminar con Dios es sentir la fuerza para vivir sin temores humanos, sin miedo, sin inhibiciones.

CONFIEMOS EN JESÚS Y MARÍA

Pidamos a Dios nos ilumine para reconocerle en la vida cotidiana y sobre todo en los necesitados, en el prójimo. Que Él fortalezca nuestra esperanza en el futuro de la humanidad para que no desfallezcan la fe y el amor, a fin de que nuestra vida se apoye en valores permanentes y no sólo en los bienes materiales, bienes tal vez necesarios, pero que no son el centro total de la vida, como muchos creen.

Nuestra Madre del Cielo, María de la Consolación, guíe nuestros corazones para entender y sentir como ella a Jesús, el del rostro sereno, el gran tesoro de nuestra existencia, para vivir plenamente como discípulos y misioneros. Así sea.

José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com


sábado, 30 de julio de 2016

XVIII° Domingo del Tiempo Ordinario, 31 de julio de 2016

VALIOSOS PARA DIOS
“Tampoco se engañen los unos a los otros. Porque ustedes se despojaron del hombre viejo y de sus obras y se revistieron del hombre nuevo, aquel que avanza hacia el conocimiento perfecto, renovándose constantemente según la imagen de su Creador.”

Iº lectura: Qo, 1, 1; 2, 21-23; Salmo: 89; IIº lectura: Col 3, 1-5.9-11; Evangelio: Lc 12, 13-21


El buen samaritano, Marta y María, el Padre Nuestro. La Palabra hoy nos invita a meditar un aspecto presente en los domingos anteriores: el sentido de pertenencia a aquello que se nos da y lo que se tiene. Esto se relaciona con la acción del samaritano, el gesto de María y lo que pedimos en la oración que nos enseñó el Maestro. La Palabra de hoy se encarna en lo que sucede en la vida cotidiana, en lo que se elige y las relaciones entre las cosas y las personas.

Este domingo nos enseña que somos valiosos para Dios. Las lecturas de este día, son un testimonio valioso para todos, ya que de un modo u otro, somos manipulados por la rutina y en algunas ocasiones podemos sentir la falta de fuerza para hacer las cosas bien y salir adelante.

Fijémonos en lo cotidiano, lo que sucede a nuestro alrededor, para darnos cuenta de la ausencia del sentido del pecado y la falta de perseverancia en nuestros trabajos. Todo esto nos lleva a meditar algunos puntos fundamentales para la vida del cristiano, veamos.

BUSCAR LOS BIENES DE ARRIBA

Vivimos inmersos en una serie de actividades a las cuales pensamos darle el justo sentido, pero se nos escapa de las manos el verdadero rumbo que las mismas deben seguir. El activismo -que consiste en llevar a cabo acciones con una determinada intención- lo hemos convertido en un modo de evadir la atención que debemos dar a Dios y el servicio que se debe prestar al prójimo.

La vida del hombre de hoy necesita de Dios, de su mirada, de los “bienes de arriba”. ¿Por qué nos aferrarnos a lo material?, ¿por qué se idolatran bienes terrenos, ideologías o superficialidades sin ningún objetivo?, es decir, ¿por qué nos alejamos de Dios? San Pablo, no sólo a los colosenses sino también a nosotros, nos recuerda que debemos dar muerte a lo que no sirve. ¿Cómo debiera ser nuestra actitud al hacer un examen de conciencia serio?

La invitación es clara: revestirse del nuevo yo, es decir, revestirse de Cristo, de su Palabra, de su amor, de su paz; despojándonos del materialismo en el que nos anclamos, alejándonos de la superficialidad que daña el corazón del hombre y ser fieles a la riqueza que nos da Dios, riqueza que vale mucho más que cualquier otra y que es más fuerte que cualquier tesoro.

CON JESÚS Y MARÍA

Estamos por iniciar el mes en el que celebramos en nuestra diócesis la fiesta de la Virgen María de la Consolación y del Santo Cristo de La Grita: estamos invitados a pedirles con convicción la paz, el amor y la reconciliación para todos sin excepción, siendo conscientes del valor que debemos dar más a nuestros hermanos que a las cosas materiales. Así sea.

José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com



viernes, 22 de julio de 2016

XVII° Domingo del Tiempo Ordinario, 24 de julio de 2016

¡PADRE!
“También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá.
Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre.”
(Lc 11, 9-10)

I° lectura: Gen 18,20-32; Salmo: 137; II° lectura: Col 2,12-14; Evangelio: Lc 11, 1-13

El deseo de seguir a Jesús y la natural actitud de encontrarlo así como hablarle con sencillez y fe, nace de esa relación con Él: la oración. Cuanto más vivamos el misterio de amor que ha cancelado la muerte, más nos daremos cuenta en nuestra debilidad, en nuestra carne, el verdadero significado de la resurrección de Cristo. ¿Quién nos enseñará a orar? Solo aquel que vive en relación total con el Padre y que nos puede indicar el camino de la verdad. 

ESCUCHAR A DIOS

Del relato del Evangelio de San Lucas, podemos observar que la primera etapa de la oración no es inicialmente la invocación a Dios, como se pudiese deducir de las palabras del discípulo: “enséñanos a orar” (Lc 11,1), sino la escucha. “Uno de sus discípulos” (Lc 11,1) se dirige al Maestro porque se da cuenta de la relación que tiene con Dios y le pide compartir esa alegría con los otros discípulos y con la humanidad. Jesús, dirigiéndose al Padre, manifiesta su infinita misericordia, que perdona las ofensas y salva a quien confía en Él. La escucha por tanto, se genera de las maravillas que hace Dios en nuestra vida y ello no se refiere solamente a los prodigios que pueden ocurrirnos, sino sobre todo a los pequeños detalles que a través de su vida nos hace experimentar con su presencia en nuestras acciones, en el trabajo, en la esperanza de un mundo más justo. La escucha nos conduce a la conversión desde lo profundo de nuestro corazón.

Una segunda etapa es la meditación que significa responder al amor en gustar, con sinceridad, la Palabra de Jesús. “Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano” (Lc 11, 2-3). La invocación al Padre indica la confianza que los cristianos debemos tener en Dios, Él donándose totalmente, en la Última Cena, en su cercanía con los demás, nos muestra el camino que nos hace discípulos y testigos del Evangelio. Es necesario no interrumpir el diálogo con el Padre e invocarlo a cada instante manteniendo viva su presencia en nuestra vida. La oración es vida que transfigura nuestra existencia y nos orienta a que esa vida se dé en plenitud. Quien escucha y medita, quien invoca, quien ora, hace de ello una verdadera relación con Dios que nos une a Él y por tanto con el prójimo.

La breve parábola narrada por Jesús (Lc 11, 5-8) se refiere ante todo a la capacidad de Dios de encontrarse con el hombre y su necesidad, sabiendo qué necesitamos. En segundo lugar, nos comunica que si no abrimos la puerta (Lc 11, 7) de nuestro corazón y nos levantamos para dar lo que el prójimo necesita, es prácticamente inútil invocar a Dios convirtiéndonos en hipócritas, olvidando la importancia de conversión verdadera.

MARÍA ESCUCHÓ EN SU CORAZÓN

Volvamos a la pregunta inicial: ¿Quién nos enseñará a orar? ¿Cómo haremos para vivir la oración? María Santísima nos enseña a conservar en lo profundo del corazón lo que Dios comunica. Dios está en nuestra casa, pero también toca la puerta de nuestra vida, buscando entrar en ella para permanecer y no salir de allí: “Yo les digo: pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá” (Lc 11, 9). Con esto se nos llama a corresponder a la llamada -como hizo María- con sincera adhesión a Dios, que nos pide entrar en nuestra existencia y nos conduce a la salvación y ser prójimo con el prójimo. Así sea.

José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com



IIIº Domingo de Cuaresma, 7 de marzo de 2021

LA CASA DE DIOS ES NUESTRA CASA “Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.”...