José Lucio León Duque

José Lucio León Duque
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sábado, 5 de septiembre de 2009

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario.

“¡Ábrete!”
“Queridos hermanos, escuchen: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que prometió a los le aman?”

Iº lectura: Is 35, 4-7ª; Salmo: 145; IIº lectura: St 2, 1-5; Evangelio: Mc 7, 31-37

La palabra de Dios en este XXIII domingo del tiempo ordinario, nos manifiesta nuevamente la invitación de Jesús a través de lo que su mensaje propone: ser fuertes, no temer, no excluir a nadie y abrir el corazón a la acción misericordiosa y liberadora que Jesús realiza en todos y cada uno de nosotros.

“Todo lo ha hecho bien”
Encontramos detalles de amor y misericordia por parte de Jesús hacia los demás. Son gestos y actitudes que denotan claramente lo que desea el maestro para quienes le siguen, para aquellos que encuentran en Él paz y tranquilidad. La curación del sordo que nos relata el Evangelio es una demostración, no solo de lo que hace Jesús, sino de lo que en cada corazón quiere hacer crecer. De todo lo que encontramos en el Evangelio de hoy, podemos reflexionar sobre tres aspectos, veamos. En primer lugar, hay un acercamiento por parte de un sordo que ante la oración de Jesús queda curado. Esto nos enseña que debemos acercarnos al maestro, sólo Él puede curarnos de la sordera que presentamos ante la cantidad de palabras inertes y superficiales que oímos a diario. En segundo lugar, Jesús cura al sordo “mirando al cielo” y tocándolo diciéndole “ábrete”; dos acciones que pueden y deben ser tomadas en cuenta cada vez que estamos en presencia de Dios. Mirando al cielo junto a Jesús, podemos decir “ábrete”, haciendo alusión a la disponibilidad que cada uno de nosotros debemos tener ante la invitación que nos hace Dios a seguirlo y vivir el Evangelio. En tercer lugar, la gente al ver a Jesús decía de Él que todo lo hacía bien, y ello deja entrever la satisfacción y la plenitud que proporciona la presencia y la acción salvadora de Dios en nuestra vida. Dejarnos amar por Él es hacer de nuestras vidas un testimonio vivo de lo que Dios hace continuamente en nosotros. Seamos agradecidos con Jesús, quien abre nuestros corazones a su palabra y en quien vemos que todo lo hace bien, sin excluir a nadie, ofreciendo a todos la grandeza de su amor.

María nos ayuda a abrir el corazón a Dios
Nuestra Madre del Cielo nos guía, nos acompaña y nos lleva de la mano. Ella es fiel y nos enseña a serlo también nosotros. Sigamos su ejemplo y dejémonos inundar del amor infinito y misericordioso de Dios que, como nos dice el Salmo de hoy, “…liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos”. Así sea.

En este mes, en el cual celebramos a María bajo la advocación de Nuestra Señora de Coromoto, pedimos de todo corazón que nuestras vidas estén disponibles a abrirse cada vez más a la acción liberadora de Dios, siendo fieles discípulos y testigos de la verdad, tolerantes y comprensivos, a fin de ser testimonio en el mundo de la palabra de vida que nos regala el Señor.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

viernes, 28 de agosto de 2009

XXII Domingo del Tiempo Ordinario, 29 de agosto de 2009

Dios está en el corazón del hombre

“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.” Dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres.

Iº lectura: Dt 4, 1-2.6-8; Salmo: 14; IIº lectura: St 1, 17-18.21b.22-27; Evangelio: Mc 7,1-8,14-15.21-23

Es imprescindible reconocer y sentir la presencia de Dios en medio de su pueblo y sobre todo cuando sabemos el deber que, como cristianos, debemos llevar a cabo sin doblez y con sinceridad. La pureza del alma, que el Señor pide a sus fieles, está lejos de las simples formalidades y apariencias. Es por ello que debemos, sin miedo, acercarnos a Dios, no solo con los labios sino con el corazón, con el fin de dar testimonio de vida cristiana y de ser testigos fieles del mensaje del Evangelio. Después de la celebración de la Eucaristía, el domingo pasado en la mañana, un niño se me acercó ante algunos fieles con los que estaba reunido, me extendió su mano y me dijo: "padre, gracias por la Misa", no tendría más de ocho años. Ese gesto me ha hecho reflexionar sobre manera, ya que muy pocas veces damos el valor necesario a los pequeños detalles que se puedan tener hacia las cosas de Dios. Meditemos sobre ello.

"Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre"

La pureza interior es condición de todo amor, y ella se obtiene a través de una lucha perseverante en la alegría de los hijos de Dios. Esta lucha es constante para poder estar junto a Dios, alejando todo pensamiento o sentimiento que no ayude a cultivar la gracia que purifique nuestra vida. El cristiano de hoy debe tener presente: en primer lugar que la pureza es algo verdadero, real, cierto y se debe pedir con sinceridad al Señor y practicarla con convicción de corazón. En segundo lugar que la presencia de Jesús en nosotros es presencia reveladora de esperanza y fe, que nos lleva a dar testimonio con la palabra y ejemplo de la pureza que viene de Él y en tercer lugar, ser conscientes de la importancia de alimentar con valores y buenos sentimientos nuestro corazón, de lo bueno que tengamos podremos ser testigos del amor de Dios y transmitirlo al prójimo. Sigamos la luz de Dios, vivamos en nuestra familia y comunidad el deseo de caminar siguiendo la luz que Él nos da, siendo testigos del Evangelio, dejándonos seducir por Dios para que cada palabra, cada gesto, cada cosa que hagamos nos ayude a solidarizarnos con aquellos que necesitan amor, paz y tranquilidad.

María, madre y maestra de oración

Nuestra Madre del Cielo nos enseña a ser perseverantes en la oración y en la fidelidad. Ella misma, siendo sagrario de Dios, nos da ejemplo de dignidad, respeto y vida espiritual ante la presencia de Él en nuestra vida. Sigamos su testimonio y hagamos de nuestra vida, templos vivos decididos a proclamar la Palabra de Dios como testigos fieles de la Misión que tenemos como cristianos. Así sea.

P. José Lucio Léon Duque

joselucio70@gmail.com

sábado, 8 de agosto de 2009

XIXº Domingo del Tiempo Ordinario, 9 de agosto de 2009

El pan vivo entre su pueblo
“Destierren de ustedes la aspereza, la ira, la indignación, los insultos, la maledicencia y toda clase de maldad. Sean buenos y comprensivos y perdónense los unos a los otros, como Dios los perdonó, por medio de Cristo”.


Iº lectura:
1Re 19, 4-8; Salmo: 33; IIº lectura: EF 4,30-5,2; Evangelio: Jn 6, 41 – 51

“Vengan a la Eucaristía, vengan…”. Con estas palabras el Santo Cura de Ars nos recuerda que, aún siendo frágiles y débiles, necesitamos acercarnos a Jesús Eucaristía de manera frecuente y sincera. “Yo soy el pan de vida…”, nos dice el Señor en el Evangelio y se nos recuerda con fuerza la necesidad de recibirlo en la Comunión y de esta manera, participar en la vida divina y así salir victoriosos del pecado y las tentaciones, corroborando aún más nuestra condición de cristianos.


“Yo soy el pan vivo bajado del cielo…”
Las palabras de Jesús están llenas de amor y confianza. Su palabra es alimento que da la vida, y su vida es alimento para el hombre. Jesús hace de su Palabra alimento en cuanto habla de Dios, de su relación con el Padre y de cómo debemos estar unidos íntimamente con Él para poder sentirnos y vivir como verdaderos hijos de la luz, amantes de la Eucaristía. La vida cotidiana es reflejo de la esperanza que tenemos en Dios. Los detalles que podamos practicar hacia los demás, son la muestra de lo que podemos y debemos hacer y de lo que Dios nos tiene preparado. Recibir al Señor en su Palabra y en la Sagrada Eucaristía, nos hace fuertes y fieles creyentes. Él tiene lo que nos falta y lo que necesitamos; cerca de Él encontraremos la paz, la fortaleza para hacer bien nuestro trabajo y el gozo en el servicio al prójimo. El pan vivo bajado del cielo, nos guía por el camino de la vida y seguirá siendo para nuestra alma, no sólo un punto de referencia, sino la plenitud de la vida en Dios. El Santo Cura de Ars, modelo de santidad para este año sacerdotal, nos recuerda: “Dios mío, concédeme la gracia de amarte tanto cuanto yo sea capaz”. La oración, el sacrificio y el servicio serán fundamentales para caminar juntos, unidos al Señor, aceptando su invitación y agradeciéndole por su presencia real y verdadera en la Sagrada Eucaristía.

María nos enseña a amar a su Hijo
María Santísima, nuestra madre de la Consolación, nos da ejemplo para amar, llevar y compartir el pan vivo bajado del cielo. Ella es mujer y madre que ama, que da la fuerza necesaria a todos aquellos que se encuentran en dificultades, en problemas, en medio de zozobra y de falta de amor. Ella nos muestra el camino que en nombre de Jesús debemos recorrer, sin exclusión y con plena confianza en Él. Así sea.

Que el Santo Cristo de la Grita y Nuestra Madre de la Consolación, nos guíen en todo momento. Que su intercesión haga de nosotros fieles discípulos del Maestro de la verdad para poder proclamar a todos la Buena Nueva del amor de Dios, que está presente en todos y cada uno de nuestros corazones.
Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

viernes, 31 de julio de 2009

XVIIIº Domingo del Tiempo Ordinario, 2 de agosto de 2009

El alimento que da la vida
“Hermanos: les digo y les pido en nombre del Señor que no vivan como viven los paganos, con sus vanos pensamientos. No es eso lo que ustedes han aprendido de Cristo”


Iº lectura:
Ex 16, 2-4.12-15, Salmo:77, IIº lectura: Ef 4, 17.20-24, Evangelio: Jn 6, 24- 35

Cuando comulgamos, el mismo Jesús con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, se dona totalmente en unión plena e intima que nos configura a Él en modo real, a través de la transformación y asimilación de nuestra vida en la suya. Esto se destella a partir de la primera lectura, en la que se evidencia como Dios manifestó su providencia hacia los israelitas, en el desierto, dándoles el maná, símbolo y prefiguración de la Eucaristía. En la segunda lectura, San Pablo nos exhorta a revestirnos del hombre nuevo, dejando las cosas pasadas y renovándonos en lo que Dios nos ha enseñado en su hijo Jesucristo.

Buscar el alimento que dura para la vida eterna…
En la historia de la salvación, en la cual cada uno de nosotros somos partícipes, encontramos un itinerario de la presencia de Dios en el corazón de sus hijos. Esa presencia eucarística es real, verdadera, cierta, que se hace vida en cada hombre y mujer, en la medida que la reconocemos como "fuente y cima de toda la vida cristiana" (LG 11). El Santo Padre, Benedicto XVI, con motivo del Año Sacerdotal, nos dice en la Carta dirigida a los presbíteros del mundo: De su ejemplo -de San Juan María Vianney- aprendían los fieles a orar, acudiendo con gusto al sagrario para hacer una visita a Jesús Eucaristía. "No hay necesidad de hablar mucho para orar bien", les enseñaba el Cura de Ars. "Sabemos que Jesús está allí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración". Y les persuadía: "Vengan a comulgar, hijos míos, vengan donde Jesús. Vengan a vivir de Él para poder vivir con Él...". "Es verdad que no son dignos, pero lo necesitan".La presencia real de Jesús en el Santísimo Sacramento nos lleva a reflexionar sobre los siguientes puntos: en primer lugar, es sacrificio que nos redime, nos salva, nos purifica. En segundo lugar, es misterio por el cual cada cristiano, creyente y amante de la Eucaristía, siente admiración plena. En tercer lugar, es sacramento, en el cual nos deleitamos y participamos sin cesar. San Agustín en el Comentario al Evangelio de San Juan, habla de la Eucaristía como "¡Sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad!". La nueva Evangelización debe llevar como bandera nuestro amor a Jesús Eucaristía y a la Santísima Virgen María. Ello conlleva a creer y vivir la fraternidad, la unión y el amor, si esto falta, la evangelización decae y no produce fruto. Seamos amantes de la Eucaristía y fieles al mensaje del Evangelio: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.

María, mujer de la Eucaristía
La presencia de María Santísima, nuestra madre, es permanente y sincera. Ella, conservando y guardando todo en su corazón, se convierte en discípula fiel que nos enseña el camino que debemos seguir para ser adoradores de la Eucaristía. Sigamos a Cristo, estemos junto a él y confiemos plenamente en su presencia en medio de nosotros, en medio de su pueblo.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

viernes, 24 de julio de 2009

XVII Domingo del Tiempo Ordinario, 26 de julio de 2009

Fidelidad en lo poco
“Sean siempre humildes y amables, sean comprensivos, sobrellévense mutuamente con amor; esfuércense en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.”

Iº lectura: II Rey 4, 42-44; Salmo: 144; IIº lectura: 4, 1-6; Evangelio: Jn 6,1-15

Muchas personas de las aldeas vecinas fueron donde estaba Jesús. Mientras Él hablaba, ninguno pensó al cansancio ni que pudiesen faltar víveres para saciar su hambre y su sed. Fueron atrapados por las palabras de Jesús, por su presencia; sus corazones se llenaron de Él, olvidándose prácticamente del hambre y de la lejanía de sus casas. Con todo esto, Jesús se compadeció de la gente y comprende que deben ser saciados del alimento espiritual y material. El mismo sentimiento de compasión lo tuvo Eliseo (Iº lectura) y San Pablo (IIº lectura), lo confirma, recordándonos que debemos tener sentimientos de humildad y amabilidad, ya que somos hijos de Dios y formamos parte de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica.

“Recojan los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.”
La vida del hombre, la de todos y cada uno de nosotros se forma de pequeños detalles y ellos orientan, en la medida en que cumplamos la voluntad de Dios, nuestro corazón hacia Él. Los pasos que damos en nuestra vida nos ayudan a caminar por la vía de la fe, de la esperanza y de la caridad. Dios nos pide respondamos positivamente a su llamada. Todo ello se manifiesta en lo que vivimos cada día, en la familia, en el trabajo, en las comunidades a las que pertenecemos. Los pequeños detalles no mueven la vanidad y hacen que en la vida se aprecien los valores que mueven los corazones y las almas. Muchas personas no aplauden los gestos de quien en la vida cotidiana realiza actos de caridad y generosidad, pues ven en ellos superficialidad y simplicidad. De esto nos da ejemplo Jesús al momento de pedirnos que no desperdiciemos nada de aquello que se nos da, ya que lo que proviene de Él, no le sobra sino le pertenece y desea que nosotros, sus discípulos sigamos sus pasos y participemos de ello. Ayudemos a quienes lo necesitan y no dejemos de dar con generosidad y sin recelo, para así poder aprender a ser verdaderos testigos del Evangelio de la verdad.

María, Madre de la sencillez y la humildad
Nuestra Madre del Cielo, María Santísima, nos ayudará a valorizar los detalles que puedan parecer insignificantes. Cada día podemos dar los pasos necesarios para llegar a Dios y en Él tendremos la certeza que recogeremos, no aquello que nos sobra, sino aquello que espiritualmente nos pertenece y que podremos compartir con aquellos que necesitan. Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

sábado, 18 de julio de 2009

DOMINGO 19 DE JULIO DE 2009

PRIMER ENCUENTRO CON JESÚS EUCARISTÍA
EN LA COMUNIDAD PARROQUIAL DE

SAN MIGUEL ARCÁNGEL DEL BARRIO EL RÍO DE SAN CRISTÓBAL


Domingo 19 de julio de 2009
10 de la mañana

Oremos por estos niños y niñas que reciben por primera vez a Jesús Eucaristía.

viernes, 17 de julio de 2009

XVI Domingo del Tiempo Ordinario, 19 de julio de 2009

“Él es nuestra paz”

“Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”.


Iº lectura: Jer 23,1-6; Salmo: 22; IIº lectura: Ef 2,13-18; Evangelio: Mc 6,30-34


En la primera lectura de la liturgia de hoy, el profeta Jeremías nos muestra cual será la actitud del Mesías y cómo será con todos y cada uno de nosotros. El Salmo nos presenta la figura del Pastor que nos hace reposar, nos guía por senderos justos y nos da tranquilidad al alma. La segunda lectura refleja el deseo de paz que Dios quiere para con sus hijos y cómo debemos, en nuestra vida cotidiana, comportarnos entre nosotros y en la relación con Él. El Evangelio muestra la solicitud que nos hace Jesús en la persona de sus discípulos con el fin de saber cómo podemos predicar y vivir el Evangelio a todos los lugares y a todas las personas.


“Vengan ustedes solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”

Nuestra vida, que es y debe ser servicio a Cristo, a la familia, a las comunidades, a la sociedad, está hecha de trabajo, de dedicación, de entrega a los demás. No debemos asombrarnos si se siente el peso del cansancio y la necesidad de descansar. Durante el tiempo libre recuperamos fuerzas y voluntad para servir mejor en lo que hacemos cotidianamente. No transcurramos el tiempo de las vacaciones sin hacer nada. “Descanso” significa sobre todo, recuperar fuerzas, ideales, proyectos, cambio de actividad, para regresar luego con más ilusión y fortaleza a trabajar y servir en lo que se nos ha encomendado. En la actualidad se confunde el descanso con “vagancia”, se busca “descansar” sin tener en cuenta que hay que buscar la presencia de Dios y cultivar día a día el amor y la paz que se obtienen del contacto que se establece con Él. Es necesario, en este tiempo de vacaciones, alimentarnos de la palabra de Dios, de buenas acciones y de todo aquello que nos lleve a experimentar ser testigos del Evangelio y promotores de la paz, la misión de cristianos, la justicia y la reconciliación en medio del mundo.

Unidos como hermanos a través de María Santísima
De la mano con María, todos y cada uno de nosotros podemos pedir a Dios ser fieles, disponibles y sinceros con Él y con nosotros mismos. Muchas personas desean de nosotros el testimonio y la ayuda necesarios para poder encontrar la paz, la armonía y la solidaridad. Como discípulos, caminemos junto a María en la construcción de un mundo en el cual la mirada a Jesús sea fundamental y aceptar los propios errores sean parte de la vida del cristiano.

Oremos por el Santo Padre Benedicto XVI, el Obispo diocesano Mons. Mario, los sacerdotes y todos los consagrados en este Año Sacerdotal. Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

sábado, 11 de julio de 2009

XVº Domingo del Tiempo Ordinario, 12 de julio de 2009

Liberar del mal y sembrar el bien
“Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos. La salvación está ya cerca de sus fieles, y la gloria habitará en nuestra tierra”.

Iº lectura: Am 7,12-15; Salmo: 84; IIº lectura: Ef 1,3-14; Evangelio: Mc 6, 7 - 13

La Iglesia católica, una y santa, Iglesia fundada por Jesucristo, nuestro maestro y Señor, nos da la posibilidad de encontrar en ella la fuente de paz, de amor, de esperanza que todos necesitamos. La alabanza que cada cristiano debe expresar y experimentar para con Dios, es una manifestación clara y precisa del amor, el conocimiento y la vida en Dios de quien siente su presencia verdadera y real en el corazón del hombre y en medio de su pueblo. Todos nosotros, bautizados, podemos y debemos sentirnos partícipes de la liturgia que hoy nos hace un llamado y nos hace participar del sacrificio de Jesús con el cual obtenemos la Salvación.

Destinados por Dios a ser felices
La liturgia de hoy nos llama a vivir el Evangelio con el corazón, como miembros de la Iglesia que busca la justicia, la verdad, la esperanza. Jesús escoge los apóstoles como sus representantes personales, como testigos y profetas, no como simples portadores de un mensaje nada más. La identidad del cristiano se debe manifestar en una vida austera y santa, en dedicación incondicionada para con los demás. El Evangelio de este domingo nos refiere que Jesús les dio “autoridad sobre los espíritus inmundos”. Les mandó que no llevaran nada para el viaje, sólo un bastón: ni pan, ni mochila, ni dinero en la bolsa. Dios da unas indicaciones precisas que mueven el corazón y la vida del hombre a sentir su llamada, como símbolo del amor que tiene para con todos. La Palabra de Dios tiene connotación universal, es para todos y en todos debe ser manifestación de salvación, de liberación, de superación de obstáculos, de purificación de nuestros corazones, de destrucción del maligno que muchas veces se encarga de dañar la vida de quienes deseamos caminar en el amor de Jesús.

María Santísima nos acompaña
En este itinerario de vida y de amor, María Santísima nos guía y nos lleva de la mano. Debemos insistir en el amor y devoción que todo cristiano le debe profesar, como verdaderos hijos suyos. Nuestra madre es la luz, la esperanza, el pilar del amor que nos lleva a Jesús. Ella nos enseña la sencillez que falta en tantos sitios, la humildad de la que carecen muchos corazones y las grandezas y maravillas que Dios nos regala a cada momento.

“La unidad del género humano, la comunión fraterna más allá de toda división, nace de la palabra de Dios-Amor que nos convoca.”

Benedicto XVI - Caritas in veritate

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

sábado, 4 de julio de 2009

XIVº domingo del Tiempo Ordinario, 5 de julio de 2009

En el Señor tenemos la fuerza
“Por eso, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.”

Iº lectura: Ez 2,2-5; Salmo: 123; IIº lectura: II Cor 12,7-10; Evangelio: Mc 6,1-6

La debilidad puede ser entendida de varias maneras. En la liturgia de este domingo San Pablo nos dice que cuando es débil, entonces es fuerte. Esa debilidad puede ser entendida entonces como amor, pasión, afición, cariño y no solamente como una simple inseguridad o algo que se le asemeje. Las dificultades que se puedan presentar son signo de que, confiando en Dios, podemos descubrir y discernir de la mejor manera nuestra condición cristiana. La falta de docilidad de muchos viene cubierta con la gracia de Dios que se manifiesta en la debilidad, siendo ésta uno de los puntos de reflexión para poder dar pasos de crecimiento espiritual.

“¿De dónde saca todo eso?”
Casi siempre la gente que ve a Jesús se queda maravillada, asombrada, y no falta quién se dedique a criticar lo que hace, olvidando que todo lo que hace es por el bien de todos y cada uno de nosotros. Nuestra fuerza está en Jesús, en su amor, en su palabra, en su ejemplo…La debilidad que se pueda presentar debe ser inicio de una reflexión sincera para un mejoramiento espiritual que nos lleve a decidir ser verdaderos testigos del Evangelio de la verdad. La visita de Jesús a los suyos no debe dar la sensación de fracaso, como algunos puedan pensar, sino de fortaleza de la fe. Es un llamado a sentirnos cada vez más unidos en el nombre de Dios, padre de la gran familia de discípulos de la que todos formamos parte y en la cual debemos sentirnos partícipes. Jesús saca sus enseñanzas de su vida misma, de su condición, del deseo que tiene de llegar al corazón del hombre sin dudas ni regateos. Hoy también Jesús choca con la incredulidad de muchos hombres y mujeres que aún no abren su corazón al infinito amor que Él manifiesta para todos. Es por ello que se nos invita una vez más a ser unidos, a tener fe, a trabajar incansablemente por la instauración del reino de Dios y por la participación de todos los que necesitan cada vez más acercarse a su plan de salvación que se refleja en la vida cotidiana y que es garantía de vida espiritual.

María, Reina de la paz
María guía el corazón y la vida del hombre a seguir la voz de Dios, a escuchar y vivir las enseñanzas de su hijo y a alejar de nuestra vida la presencia del maligno. Cada día ofrezcamos detalles de amor a María Santísima por nuestra conversión, por los enfermos, por quien lo necesita y por la Misión Diocesana en la que todos somos parte fundamental con la oración y el trabajo. Así sea.

Encomendamos a la Virgen de la Consolación los ministros de Jesucristo en este año sacerdotal y pedimos al Buen Dios, derrame infinitas bendiciones para todos. Felicitamos al p. Eliseo Rojas por el XXV aniversario de su ordenación presbiteral.

P. José Lucio León Duque

viernes, 26 de junio de 2009

“Tu fe te ha curado”
“Ya que ustedes se distinguen en todo: en fe, en palabra, en sabiduría, en diligencia para todo y en amor hacia nosotros, distínganse también ahora por su generosidad.”

Iº lectura: Sab 1, 13-15; 2, 23-24; Salmo: 29; IIº lectura: II Cor 8, 7. 9. 13-15;
Evangelio: Mc 5, 21-43

Existen en este domingo, algunos aspectos fundamentales que nos ayudarán a entender más cerca, el significado de la fe y lo que su esencia implica en nuestras vidas. El libro de la Sabiduría nos presenta a Dios como fundamento de la vida y centro de la existencia misma del hombre. Dios crea al hombre a su imagen y semejanza para que nosotros vivamos en Él, distinguiéndonos -como se nos indica en la IIº lectura- “en fe, en palabra, en sabiduría, en diligencia para todo y en amor hacia nosotros” y cultivando cada vez la generosidad. Esto nos lleva a promover, alimentar y practicar la fe que nos hace confiar en Jesús y de quien recibimos la curación del alma y del cuerpo.

Distinguirse en generosidad…
La presencia de Jesús en medio de su pueblo, en el corazón del hombre, en la vida de la Iglesia, es garantía de una fe sólida y plena, que nos lleva por verdaderos caminos de salvación. En la liturgia de la palabra, Dios nos muestra algunos aspectos que denotan lo que cada cristiano debe tener en cuenta. En primer lugar, San Pablo nos recuerda que distinguirse en generosidad es un punto fundamental para vivir como verdaderos testigos del Evangelio. En segundo lugar, el Evangelio nos recuerda claramente la necesidad que tenemos todos de creer en Dios y en tercer lugar, los milagros que realiza Jesús, nos enseñan que creyendo en Dios, podremos obtener muchas cosas a través de la fe. Esta virtud sobrenatural, viene de la mano con las otras dos virtudes infusas o teologales: la caridad y la esperanza; todas ellas dones de Dios. La fe caracteriza el perfil de quien vive en comunión con Dios, haciendo que la humildad, la sinceridad, el servicio y otras muchas virtudes le sean propias y dé así testimonio de vida.

En unión con María…
En este itinerario de fe, María Santísima nuestra madre, nos acompaña y nos indica el camino a seguir. Ella, madre del amor y maestra de oración, nos enseña a orar, a escuchar a Jesús y guardar en nuestro corazón sus palabras y enseñanzas para que viviendo, unidos cada vez más a Dios, seamos testigos convencidos y sinceros de su amor y su misericordia.

“Cada obra de amor, llevada a cabo con todo el corazón, siempre logrará acercar a la gente a Dios.” Beata Teresa de Calcuta.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

sábado, 20 de junio de 2009

Domingo 21 de junio de 2009

“¿Quién es éste?”…
“El que vive según Cristo es una criatura nueva; para él todo lo viejo ha pasado. Ya todo es nuevo.”

Iº lectura: Jb 8, 1. 8-11; Salmo: 106; IIº lectura: II Cor 5, 14-17; Evangelio: 4, 35-41

Confiar en el amor, la bondad y la sabiduría de Dios, es fundamental para poder caminar en su nombre y hacer crecer la esperanza que viene de Él. Eso nos hace sentir de verdad que vivir en Cristo es lo que nos convierte en criaturas nuevas y de allí, tenemos la fuerza necesaria para seguir adelante en nuestro itinerario personal y eclesial. Jesús nos pregunta: “¿por qué tenían tanto miedo?”, y esa misma pregunta nos la hace hoy, nos la plantea para que cada uno de nosotros seamos capaces de reconocer que en muchas ocasiones nos hemos alejado de Él y hemos dejado apagar la confianza que debemos tener.

“¿Por qué tenían tanto miedo?”…
Ante la tormenta que se les presentó a los discípulos, se impone la presencia misma de Jesús que hace que todo aquello que denota confusión llegue a calmarse y a lograr tranquilidad. “¡Cállate, enmudece!” -dice Jesús-. Manda a callar la tormenta y así mismo nos muestra lo que debemos hacer cuando las tormentas que aquejan la vida se presentan sin dejar espacio a una posible solución. La liturgia de cada domingo es tranquilidad, es paz, es armonía. Cada uno de nosotros debe buscar en Jesús, aquello que hace crecer y vivir como testigos del Evangelio en medio de un mundo lleno de tormentas y vicisitudes. Los discípulos se admiran ante el poder de Jesús: “¿Quién es este a quien hasta el viento y el mar obedecen?”. ¡Es Jesús!, es el Salvador, es quien nos regala el don de la vida y del amor, es quien se hace hombre para redimirnos, es quien murió y resucitó para darle sentido pleno a nuestra vida, es el maestro, el Rey de reyes, el Señor de señores, es al amigo que nunca falla, el hijo de Dios vivo, el principio y el fin…ese es Jesús, quien manda a callar la tormenta con poder y acaricia los niños con ternura; el que enseña con autoridad y sana a los enfermos con amor total; el amigo de todos, el que se acerca a cada uno de nosotros y no juzga sino usa misericordia…ese es Jesús; es quien nos invita a no tener miedo, sino a ser valientes, fuertes en la fe, fieles discípulos capaces de extender el Evangelio a todos los lugares, a todas las personas sin excepción…

La madre de la luz
María Santísima nos anima y nos ayuda a vivir en esperanza; ella es ejemplo de fortaleza y sencillez para afrontar la vida como se debe. Confiemos en que ella siempre nos acompaña y nos muestra la vía que nos lleva a Jesús. Que nadie sienta que en su vida falta el amor de Dios, ya que todos estamos llamados a ser testigos del evangelio viviendo la unión y el amor que todos debemos llevar como única bandera y así obtener la salvación. Esto nos lleva a decir con convicción: unámonos en nombre de Dios para llevar a todos los lugares y a todas las personas el anuncio del mensaje de Jesucristo. Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

viernes, 12 de junio de 2009

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo,14 de junio de 2009

¡Ser Eucaristía!
“Que esto sea precisamente nuestro deseo y nuestro empeño constante, para que a la oferta del Cuerpo y de la Sangre del Señor que hacemos sobre el altar, se una el sacrificio de nuestra existencia.”
(Benedicto XVI)

Iº lectura: Ex 24, 3-8; Salmo: 115; IIº lectura: Heb 9, 11-15; Evangelio: Mc 14, 12-16. 22-26

Celebramos la fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, y su presencia en la vida del hombre. Hoy, vivimos junto a Jesús esa presencia eucarística, siendo ella, certeza para todos nosotros de vida, esperanza y salvación. Debemos, como verdaderos cristianos, recordar siempre a Dios, nunca olvidarnos de los dones y gracias que nos concede, obedeciendo en todo momento (I° lectura), ofreciendo sacrificios y glorificando su nombre (Salmo) y viendo en Jesús el mediador de la nueva alianza (II° lectura).

Cristo está aquí…
En la historia de la salvación, en la cual cada uno de nosotros somos partícipes, encontramos un itinerario de la presencia de Dios en el corazón de sus hijos. Esa presencia eucarística es real, verdadera, cierta, que se hace vida en cada hombre y mujer, en la medida que la reconocemos como "fuente y cima de toda la vida cristiana" (LG 11). En la fiesta del Corpus Christi de este año, el Santo Padre Benedicto XVI, dirigía a los sacerdotes y fieles las siguientes palabras: “Cada día obtenemos del Cuerpo y Sangre del Señor aquel amor libre y puro que nos hace dignos ministros de Cristo y testigos de su alegría. Esto es lo que los fieles esperan del sacerdote: el ejemplo de una auténtica devoción a la Eucaristía; desean ver que transcurre muchos momentos de silencio y de adoración ante Jesús, como hacía el santo cura de Ars, que recordaremos de modo particular durante el inminente Año Sacerdotal". La presencia real de Jesús en el Santísimo Sacramento nos hace reflexionar sobre los algunos puntos en especial: en primer lugar, es sacrificio que nos redime, nos salva, nos purifica. En segundo lugar, es misterio por el cual cada cristiano, creyente y amante de la Eucaristía, siente admiración plena. En tercer lugar, es sacramento, en el cual nos deleitamos y participamos sin cesar. San Agustín en el Comentario al Evangelio de San Juan, habla de la Eucaristía como "¡Sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad!". La Misión Diocesana debe llevar como bandera nuestro amor a Jesús Eucaristía y a la Santísima Virgen María: unirnos a Dios para llevar a todos el amor que viene de Él. Ello conlleva a creer y vivir la fraternidad, la unión y el amor, si esto falta, la evangelización decae y no produce fruto. Seamos amantes de la Eucaristía y fieles al mensaje del Evangelio: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.”

María, mujer de la Eucaristía
La presencia de María Santísima, nuestra madre, es permanente y sincera. Ella, conservando y guardando todo en su corazón, se convierte en discípula fiel que nos enseña el camino que debemos seguir para unirnos cada vez más como testigos fieles del Evangelio de la verdad y de la Eucaristía. Sigamos a Cristo, estemos junto a él y confiemos plenamente en su presencia en medio de nosotros.

“Si conociéramos el valor de La Santa Misa nos moriríamos de alegría”.
San Juan María Vianney

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

viernes, 5 de junio de 2009

Dios vive en nosotros
"Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo".

Iº lectura: Deut 4,32-34.39-40; Salmo: 33; IIº lectura: Rom 8,14-17; Evangelio: Mt 28,16-20


El precepto dominical nos invita en este domingo a ratificar lo que celebramos el domingo pasado: sentir la presencia del Espíritu y fortalecer cada vez más nuestra adhesión a Él. La presencia del Espíritu se une a la del Padre y del Hijo: misterio incomprensible, capaz de maravillar a todo hombre y toda mujer: la Santísima Trinidad es vida, es fuente de paz y de amor y ella, a su vez, vive en el corazón de cada uno de nosotros.

Misterio de fe, misterio que se vive

Un modo para comprender el misterio de la Trinidad, es el que se nos presenta y cómo la percibimos: el Padre Creador, el Hijo Salvador y el Espíritu Santo santificador. La manifestación de las tres divinas personas se muestra en las obras de Dios en el mundo y en el corazón del hombre. Esto se expresa en la realidad de la creación, en la paternidad divina que es principio y fin de toda realidad del universo. Así mismo, el sacrificio amoroso de Dios, que se cumple al hacerse hombre como nosotros, nos revela y nos deja como herencia, la salvación para todos y el amor que se manifiesta en la acción del Espíritu Santo, fuego en el alma de los bautizados, luz y guía para los fieles, cooperando de esta manera en el plan salvífico que Dios nos propone…Cada vez que hagamos la señal de la cruz, recordemos el gran misterio de Dios presente en nuestra vida, teniendo en cuenta que, en ese momento, podemos y debemos manifestar también exteriormente nuestra fe. Esto ayuda a reforzarla, cultivarla y transmitirla siempre más, en la medida que la comunicamos a nuestros hermanos, de modo particular, a los más pobres y excluidos, quienes requieren una especial atención. La Misión Diocesana se presenta como un escenario propicio para transmitir a todos el mensaje de unidad que, a ejemplo de la Santísima Trinidad, estamos llamados a vivir y experimentar.

María Santísima, nos ayuda a vivir en Dios

De la mano con María Santísima recorremos el itinerario que nos lleva a Dios, Uno y Trino. Ella, madre de Dios, nos enseña con humildad y sencillez a admirar la grandeza de Dios, su presencia en el corazón del hombre y el plan de salvación del que todos somos partícipes. Así sea.

“El Espíritu de Dios, donde entra, aleja el miedo; nos hace conocer y sentir que estamos en las manos de una Omnipotencia de amor: pase lo que pase, su amor infinito no nos abandona”. (Benedicto XVI, Pentecostés)

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

sábado, 30 de mayo de 2009

Solemnidad de Pentecostés, 31 de mayo de 2009

¡Dejémonos guiar por el Espíritu!
“Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.”

Iº lectura: Hch 2,1-11; Salmo 104; IIº lectura: Gal 5,16-25; Evangelio: Jn 15,26-27.16,12-15

“Ven, Espíritu Santo, y envía del Cielo un rayo de tu luz”. Una luz que irradia en medio de un mundo ofuscado por el materialismo y la falta de esperanza, pero a la vez, una luz que se expande en cada corazón para que cada uno de nosotros seamos testigos perennes del amor de Dios, manifestados en la resurrección de Jesús y en la presencia continua del Espíritu Santo en nuestras vidas. En este domingo se manifiesta la esperanza, la paz y el amor que necesitamos todos y que crece cada vez más por la adhesión a la Iglesia que cada uno experimenta y profesa.

“Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”
La venida del Espíritu Santo, manifestada en nuestras vidas, es la prueba cierta que la promesa de Jesús se cumple y se hace verdad. Así como los discípulos estaban reunidos en un mismo lugar el día de Pentecostés, se nos pide hoy, unirnos como hijos de Dios, hermanos de Jesús y testigos del Espíritu, para manifestar a todos la alegría que ello nos proporciona. El Espíritu que da vida a nuestras almas, es la fuerza que nos ayuda a caminar en medio de las dificultades, es la constancia que nos impulsa a ser verdaderos discípulos, es la paz que nuestros corazones necesita. Pentecostés da inicio a un camino de fe y esperanza; es el comienzo de la actividad apostólica de la Iglesia, es el itinerario donde podemos llevar el mensaje de salvación a todos. El Espíritu Santo, fuego y brisa, amor y esperanza, luz y guía, nos da la posibilidad de ser amantes de la oración, fieles discípulos de la Evangelización y sembradores de la paz. Pidamos de corazón al Espíritu Santo que entre en nuestras vidas. Pidamos por aquellos que en su corazón sienten el vacío del amor y la misericordia; de aquellos que por la injusticia deben callar y ser testigos silentes de una pobreza sin retorno; de aquellos que claman al cielo y a los hombres, la misericordia que es menester para fortalecer su propia vida; de aquellos cuyas vidas se encuentran al borde del abismo deseando no caer…ven Espíritu Santo, ayúdanos a ser portadores de la certeza que sólo el Evangelio da a quienes firmemente creemos en él. Cada uno de nosotros está llamado a proclamar cada día, la petición que nos lleve a sentir la presencia del Espíritu: “ven, Espíritu Santo... ven, Padre de los pobres; ven, dador de los dones; ven, luz de los corazones. En el esfuerzo, descanso; refugio en las horas de fuego; consuelo en el llanto”.

María Santísima, nos guía en todo momento
En el camino de la luz, de la paz y la esperanza nos acompaña de la mano María nuestra madre. Ella nos motiva y nos guía por el camino justo y hace de todos y cada uno de nosotros, verdaderos testigos de la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia, en cada uno de nosotros. María está ahí, junto a nosotros, junto a sus hijos. Ello es garantía del amor y la inhabitación de Dios en nuestras vidas. “Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu... en compañía de María, la Madre de Jesús... Acudían diariamente al Templo con mucho entusiasmo” (Hech. 1, 12-14 y 2, 46). Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

domingo, 24 de mayo de 2009

Consagración de NIMICREY

"NIMICREY" ES UNA REALIDAD

Este domingo la Comunidad de Cristo Rey en la Aldea Pericos de San Cristóbal, se llenó de gran alegría al poder compartir la Consagración de 24 niños y niñas los cuales, con el deseo de amar cada vez más a Dios, dijeron que se comprometían a servirle en sus hermanos. En la Capilla de la Casa de Ejercicios Espirituales "Cristo Rey" se celebró la Eucaristía y cada uno de los presentes pudo experimentar que el amor de Dios es lo más grande que se pueda sentir en el corazón. NIMICREY es ya una realidad. En este grupo las hermanas "Esclavas de Cristo Rey" cultivan su espiritualidad y ayudan en la formación de tantas personas con el fin de llevar las almas a Dios...

"Nuestro fin es conquistar almas para Jesucristo y procurar que evitar cuantos pecados podamos y disminuir las ofensas que le hacen a nuestro amantísimo Jesús."

Don Pedro Legaria

jueves, 21 de mayo de 2009

Domingo de la 7ª semana de Pascua - La Ascensión del Señor

Proclamar a Dios con esperanza
“Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que les ha dejado para subir al cielo volverá como le han visto marcharse.”


Iº lectura: Hch 1, 1-11; Salmo: 46; IIº lectura: Ef 1, 17-23; Evangelio: Mc 16,15-20

La ascensión de Nuestro Señor marca la culminación de su misión en la tierra, pero también marca el inicio de la misión de los apóstoles en todo el mundo. Las lecturas de hoy describen la ascensión de Cristo y la misión que Él encomendó: “vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28, 19). La presencia espiritual de Cristo permanece con nosotros hasta el final de los tiempos. Los hechos de los apóstoles unen los eventos ocurridos después de la Pasión de Jesús hasta el momento de la Ascensión. La carta a los Efesios pone una nota particular. Recuerda solemnemente que el poder de Dios, manifestado en la vida terrena de Cristo y su resurrección, nos ha abierto la esperanza de la gloria futura.

La misión en la Iglesia
Podemos contentarnos muchas veces con mantenernos dentro de las paredes de nuestra comodidad. Ésta no es la misión confiada por Jesús. Los católicos estamos llamados a permanecer en el mundo, construir con espíritu positivo y mejorar la realidad con la vivencia de nuestra fe católica y su significado. Sabemos que todo lo humano puede reflejar genuinamente la gloria de Dios. Debemos creer que Dios ya está obrando en el corazón del hombre, mediante la gracia y sus inspiraciones, para que éste le encuentre en el Evangelio. La misión que nos da Jesús se debe reflejar en la vida cotidiana, en el actuar de cada momento, en medio del pueblo, llegando al corazón de cada hombre y cada mujer. La fiesta de hoy nos muestra dos perspectivas que nos pueden ayudar a entender y practicar la vida en Cristo. En primer lugar, Jesús sube al cielo e ir al cielo es ir a Dios, es estar junto a Él, vivir con el resucitado y aceptar de corazón la salvación que nos viene del amor de Dios. En segundo lugar, la ascensión significa para la Iglesia la glorificación en el Padre. Es una fiesta de esperanza y de una promesa especial para todos nosotros. Todo esto nos recuerda que el cielo es la meta que debemos alcanzar y que debemos prepararnos aquí en la tierra.

María Auxiliadora acompaña nuestra vida
En este domingo de la Ascensión del Señor, María Auxiliadora nos enseña el camino para llegar a Jesús. Es un día especial para meditar sobre nuestra adhesión al amor de Dios, sobre el camino de esperanza que debemos recorrer y sobre la paz que Jesús da a nuestras vidas. Pidamos a Dios con fe, por intercesión de María Santísima, que nos “dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo”. Que ilumine los ojos de nuestro corazón, y así poder comprender “cuál es la esperanza a la que nos llama”. Así sea.

Hoy es la jornada mundial de las Comunicaciones Sociales. Felicitamos a todos los que cada día se dedican a llevar el mensaje del Evangelio a través de los Medios de Comunicación Social.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

viernes, 15 de mayo de 2009

VIº domingo de Pascua, 17 de mayo de 2009

“El amor procede de Dios”
“El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. Así Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos Vida por medio de él”

Iº lectura: 10,25-26.34-35.44-48; Salmo: 98; IIº lectura: I Jn 4,7-10; Evangelio: Jn 15,9-17

Las lecturas de hoy se refieren a uno de los temas más importantes y fundamentales que todo cristiano debe vivir y experimentar: el amor. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, vemos cómo escuchar la Palabra de Dios nos lleva a recibir el Espíritu Santo. En su carta, San Juan invita a cada hombre a dar testimonio de su fe y del amor que se debe profesar y vivir con sinceridad. Dicho testimonio tiene que darse con mansedumbre y respeto, y con ello nos caracterizaremos en tener esperanza. El Evangelio sigue el mismo itinerario: amar tal como Él nos amó.

El testimonio del amor
El camino que debe recorrer el cristiano es un camino de esperanza y de amor. La predicación de Jesús, continuada por los Apóstoles y confirmada por la Iglesia, es uno de los signos más tangibles que el corazón de todos podemos experimentar. El camino y la vida del cristiano, se basan en el amor, en dar lo mejor de sí para que se pueda fomentar la paz y la justicia. La humanidad necesita testimonio y fe, necesita acompañamiento y oración, necesita fortalecer el amor en Dios y en lo que proviene de Él. El cristianismo se encuentra en la vida interior de cada persona. Es una experiencia permanente de Dios, que se recibe con el bautismo y se completa con los demás sacramentos y una vida cristiana sólida. La presencia y el amor de Dios fortalecen e iluminan al católico para cumplir con la misión de edificar el Reino de Cristo en la tierra. Él es quien nos ilumina y dirige; es quien nos ayuda a discernir el valor de todas las cosas respecto a la sabiduría de Dios y para actuar conforme a lo que Él nos inspira. Por ello, es necesario prepararnos para cumplir la misión de dar testimonio de nuestra fe, mediante el amor experimentado en la vida cotidiana, la mansedumbre y el respeto ante las dificultades y la persecución que en la actualidad se pueda suscitar. Como testigos del Evangelio, difundamos el amor a través de pequeños detalles y de una vida cristiana de acuerdo al ejemplo que Jesús nos da.

María, madre de amor y esperanza
Como hijos de María Santísima, veamos el amor tan grande que Dios nos tiene y nos manifiesta a través de ella. De la mano con María podemos cultivar los valores en la vida y en el ambiente que nos rodea. Es el reto que cada uno de nosotros puede conquistar en la medida que estamos unidos a ella y al amor que proviene de Dios. Así sea.

Elevamos nuestra oración por el aniversario de la fundación del DIARIO CATÓLICO, del cual todos formamos parte. Dios y María Santísima bendigan siempre y en cada momento la labor que los Medios de la Comunicación Social realizan en medio de la Iglesia y del pueblo santo de Dios.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

viernes, 8 de mayo de 2009

Somos fruto del amor de Dios
“Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio.”

Iº lectura: Hch 9,26-31; Salmo: 21; IIº lectura: IJn 3,18-24; Evangelio: Jn 15,1-8

Varias son las fiestas que se celebran durante el Tiempo Pascual, junto a la alegría inmensa de vivir de la mano con el Resucitado. Este domingo nos da la oportunidad de encontrarnos con Dios a través de las relaciones humanas cotidianas e ir cultivando lo que cada cristiano, de acuerdo al mandato de Jesús, debe hacer. Tengamos en cuenta que cada paso que damos, son muestras de amor que Dios nos proporciona y en ellas encontramos la vía que nos lleva a la Salvación. La primera lectura nos enseña la importancia fundamental de ser testigos del evangelio y cómo debemos aprender a reconocer en quien es discípulo, el rostro mismo de Dios. La segunda lectura da las pautas que el testigo del Evangelio, debe tener como bandera: amar de corazón y no solo con las palabras, ello nos conduce a ver en el mensaje de Jesús, Buen Pastor el modo justo para permanecer en Él caminar como hijos de la luz.

La misión del testigo
La actualidad nos muestra cómo debemos caminar en el nombre de Dios para que, junto a Él, podamos extender con veracidad y testimonio, la Palabra que da vida, que da esperanza y que infunde plenamente la misericordia que tanto necesita el mundo. Somos testigos del resucitado, somos testigos de una Palabra que debe llevar vida y armonía a todos los hombres y mujeres de mundo, somos testigos de la santidad que estamos llamados a vivir y de la ayuda que debemos, como Iglesia, prestar sin exclusión a todo el que necesita de Dios. Este domingo, en el cual se nos invita a permanecer en Jesús de corazón y no sólo con las palabras, es un momento de gracia para cada uno de nosotros, para todos aquellos que tal vez se sientan sin fuerzas para seguir adelante en medio de un cúmulo de problemas; para aquellos en los que la esperanza es oscuridad, y la impotencia es parte del quehacer diario. Jesús nos da la oportunidad de permanecer en Él, y en Él se nos da la potestad de amar como Él amó, de llevar a nuestros hogares la paz y a sentir su presencia cierta en un compartir que nunca pueda culminar, pues está presidido por Dios.

María, nos ayuda a permanecer junto a Jesús
Es una garantía que todo cristiano debe tener. La presencia de Nuestra Madre del Cielo en nuestro camino es motivo para seguir caminando en el nombre de Dios y con ello, proclamar su grandeza y poderío que se traduce en esperanza y vida. Como testigos del Evangelio, debemos cultivar los valores espirituales que nos permitan caminar por sendas de justicia y de paz.

Oremos por la Iglesia, los obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, colocando nuestras peticiones en las manos amorosas de María Santísima. Felicidades a todas las madres en su día, que Dios y la Virgen las bendiga. Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

viernes, 1 de mayo de 2009

IVº domingo de Pascua, 3 de mayo de 2009

Seguir al Buen Pastor
“Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas.Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.”


Iº lectura: Hch 4,8-12; Salmo: 117; IIº lectura: Jn 3,1-2; Evangelio: Jn 10,11-18

Contemplamos en este período los misterios Pascuales, y junto a ellos, celebramos a Cristo como el Buen Pastor. En el Evangelio de San Juan, Él usa esta imagen refiriéndose a Él mismo ya que es la puerta por la cual todos estamos invitados a pasar. Él es el Buen Pastor que conduce a sus ovejas por senderos tranquilos hacia los mejores pastos. Los que no permiten esto son ladrones y matan las ovejas sin ninguna compasión.

Comportarnos como pastores
Este domingo, como cada domingo de Pascua, se nos habla del impacto que la presencia de Cristo, resucitado de la muerte, tiene en cada uno de nosotros. Los católicos hacemos vida en esta experiencia con la cual se promueven, se aprenden y se viven las características sencillas de la vida cristiana: la oración y la Eucaristía, la instrucción en la fe y las posesione en común. Cada uno de nosotros debemos configurarnos al Buen Pastor, siguiendo sus enseñanzas, su ejemplo y su presencia en medio de nuestros corazones. Siguiendo lo que nos dicen las lecturas, vemos cómo se refleja lo que se hace en muchos momentos de la vida: algunos juzgan si se vive en nombre de Jesús y si se predica el Evangelio de la verdad. Más allá de esto, es necesario, junto con San Juan, encontrar en Dios el sentido de nuestra vida cristiana, ya que somos hijos de Dios y debemos luchar siempre por mostrarnos como tal. “Dios ha creado al hombre a imagen y semejanza suya, pero sobre esta imagen se ha descubierto tanta suciedad derivada del pecado, que la belleza de Dios casi no traslucía. Por eso Dios se ha hecho hombre, y en Cristo podemos contemplar el rostro de Dios y aprender a ser verdaderos hombres, a imagen de Dios…de este modo, Dios nos invita a imitarlo, para que así en cada hombre trasluzca el rostro, la imagen de Dios” (Audiencia del Santo Padre Benedicto XVI del miércoles 29 de abril de 2009). Si el reflejo de nuestra vida es lo que vivimos en nombre de Dios, podremos entonces sentirnos configurados a Él y junto a ello, seremos testigos de la verdad, extendiendo el Evangelio a todos sin exclusión.

María, madre del Buen Pastor
La vida y el ministerio de María, es único e irrepetible, ya que es modelo de cada vocación cristiana. María debe contar en la vida cotidiana de todos y cada uno de nosotros, pues ella nos invita a seguir su ejemplo: “hagan lo que Él les diga” (Jn 2,5); se nos invita, por tanto, a pedir su intercesión por todos los pastores de nuestra Iglesia, por todos y cada uno de aquellos que viven en Dios y a través de Él, se esfuerzan por ser verdaderos discípulos del resucitado. Así sea.

En el mes de María Santísima, Nuestra Madre, promovamos la devoción al Santo Rosario, que no falte en nuestras vidas la presencia de María, Madre de todos.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

viernes, 24 de abril de 2009

IIIº Domingo de Pascua, 26 de abril de 2009

Conocer al Resucitado
“Quien dice: «Yo lo conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él”

Iª lectura: 3,13-15.17-19; Salmo: 4; IIª lectura: IJn 2,1-5; Evangelio: Lc 24,35-48

Este tercer domingo de Pascua, la alegría de la Resurrección nos lleva a encontrarnos con Jesús y reconocer en Él a Dios, quien nos ilumina, nos escucha y nos guía por el camino de la paz. Dios cumple a través de la historia lo que se anuncia en los profetas y por ello es que podemos garantizar que lo conocemos de corazón y sinceramente.

“Entonces les abrió el entendimiento…”
El tiempo de Pascua nos enseña a vivir la experiencia del Resucitado, caminar junto a Él, hablar con Él, compartir la fracción del Pan y darnos cuenta la importancia de lo que significa verdaderamente seguir a Jesús. El Santo Padre Benedicto XVI, en el Mensaje que nos dirigió el Domingo de Resurrección nos recuerda lo siguiente: la resurrección no es una teoría, sino una realidad histórica revelada por el Hombre Jesucristo mediante su «pascua», su «paso», que ha abierto una «nueva vía» entre la tierra y el Cielo (cf. Hb 10,20). No es un mito ni un sueño, no es una visión ni una utopía, no es una fábula, sino un acontecimiento único e irrepetible: Jesús de Nazaret, hijo de María, que en el crepúsculo del Viernes fue bajado de la cruz y sepultado, ha salido vencedor de la tumba”. (Benedicto XVI, mensaje Urbi et Orbi, Pascua 2009). Jesús resucitado nos da unas pautas importantes para que los cristianos seamos testigos de la vida que Él mismo nos da. Ante todo nos invita a extender la paz y vivir en ella, a ser mensajeros de la paz que solo en Él y por Él podemos obtener. En segundo lugar, esa paz nos lleva a disipar las dudas, a quitar de nuestros corazones el miedo que pueda existir para que, en tercer lugar, seamos testigos de su mensaje, de su palabra, de la Fracción del Pan, del Evangelio vivo y presente en cada cristiano, en cada hombre y mujer que coloca en sus vidas la fuerza del anuncio de la Resurrección. Esa fuerza es la que nos debe animar a vivir de cerca la Misión Evangelizadora que la Iglesia vive en el nombre de Dios, una misión que conlleve a compartir de cerca las necesidades del pueblo que es Iglesia y que, a partir de ella, sea portadora del mensaje de salvación a todos los hombres y mujeres sin exclusión…

María, “estrella de la esperanza”
En su mensaje del Domingo de Resurrección, el Santo Padre nos coloca el ejemplo de María Santísima, “Estrella de la Esperanza” a quien la Iglesia invoca para que conduzca a la humanidad hacia el puerto seguro de la salvación, que es el corazón de Cristo, la Víctima pascual, el Cordero que «ha redimido al mundo», el Inocente que nos «ha reconciliado a nosotros, pecadores, con el Padre»” (Benedicto XVI, mensaje Urbi et Orbi, Pascua 2009). Ella nos guía, nos protege y nos da la esperanza de caminar juntos en la extensión del Reino de Dios en los demás y en nuestro corazón…Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

viernes, 17 de abril de 2009

IIº Domingo de Pascua, domingo de la Divina Misericordia

Creer para ver…
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»

Iº lectura: Hch 4,32-35; Salmo: 117; IIº lectura: IJn 5,1-6; Evangelio: Juan 20,19-31

El segundo domingo de Pascua coloca en evidencia la importancia de la fe para la vida espiritual de todos y cada uno de los que nos llamamos discípulos del Resucitado. En este domingo se nos invita a vivir la fe, promover la paz y dejarnos guiar por el espíritu, ya que a través de ello, es que crecemos como discípulos de Jesús de Nazaret, a quien damos a conocer con la palabra y el testimonio.

La paz, fuerza de quien cree…
El papa bueno, el beato Juan XXIII, decía: “La paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia, es indudable que no puede establecerse ni consolidarse si no se respeta fielmente el orden establecido por Dios”. En la liturgia de hoy, se nos ofrecen algunos puntos fundamentales que no pueden ser ajenos a ninguno de nosotros. En primer lugar, debemos -como los apóstoles- dar testimonio de la resurrección con valor y con decisión, sabiendo que es el camino para llevar a los demás a Dios. La unión y el sentimiento común es lo que nos va a caracterizar como seguidores y discípulos de Jesús. En segundo lugar, tenemos como bandera de la vida nuestra fe, con la cual logramos vencer las dudas, las incertidumbres, las situaciones difíciles. Con la fe podemos ayudar a los demás a sentir la presencia de Dios y a cultivar cada vez más la esperanza de caminar en su amor y su misericordia. En tercer lugar, debemos ser pioneros en promover la paz, y junto a ella, guiados por el Espíritu Santo, transmitir el mensaje del Evangelio de la verdad, un mensaje lleno de fe y justicia, un mensaje que llegue a todos los hombres y mujeres, un mensaje que sea la fuerza que nos impulse a caminar sin vacilar, convencidos de quien estamos predicando: a Jesús resucitado, vivo en medio de su pueblo, presente en cada corazón. En cuarto lugar, estamos llamados a construir comunidades de fe, donde se vida la fraternidad, donde el sentir sea común y se nos identifique por el amor; ahí tenemos el itinerario que debemos recorrer…

María Santísima, testimonio de paz y de fe…
Junto a María Santísima, nuestra Madre del Cielo, caminamos hacia la luz que Dios nos ofrece. Es un camino de paz, de amor, de esperanza. Junto a ella, madre de Jesús de la misericordia, estamos seguros que nuestros pasos serán firmes y que nuestro testimonio será verdadero. Así sea.

Oremos por el Obispo, Mons. Mario del Valle, quien en un día como hoy recibió el Orden Sacerdotal, regalo de Jesucristo, que durante todos estos años ha ofrecido a los fieles que han sido su grey. Nuestra Madre, la Virgen de la Consolación le cubra con su manto y le bendiga en todo momento. Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

domingo, 12 de abril de 2009

Domingo de Resurrección



Jesús ha resucitado

Es un día de fiesta, un día de gozo, un día para darnos cuenta el gran amor que tiene Dios para con nosotros. Jesús ha resucitado, está vivo...a todos deseamos Felices Pascuas de Resurrección. Auguri di Buona Pasqua a tutti...

miércoles, 8 de abril de 2009

Una preghiera per L'Aquila e i suoi abitanti

In questi giorni ci ha sconvolti la tragica notizia del terremoto che ha sconvolto i cuori di tutti quelli che abbiamo parte della nostra vita a L'Aquila. Qualche anno fa sono stato lì, in quella bella città...I ricordi di quei posti non si possono dimenticare mai, i momenti vissuti da quelle parti sono più di un ricordo e in questo momento, il dolore e la sofferenza, ci toccano da vicino. Anche se siamo in Venezuela, nella provincia di Tàchira, ogni giorno innalziamo una preghiera per voi cari amici, cari fratelli e sorelle che siete nel cuore del mondo...Forse l'aiuto che possiamo offrirvi è la preghiera, una preghiera per quelli che sono in cielo e quelli che son rimasti qui...vi portiamo nei nostri cuori, perchè ci sentiamo, mi sento italiano, mi sento pure della provincia dell'Aquila...Dio vi benedica...! Così sia...

sábado, 4 de abril de 2009

Domingo de Ramos, 5 de abril de 2009

¡Bendito, siempre bendito!
“Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en el nombre del Señor,
hosanna en las alturas…”


Iº lectura: Is 50, 4-7; Salmo: 21; II’ lectura: Fil 2, 6-11; Evangelio: Mc 14, 1-15,47

El compromiso cuaresmal y el camino de conversión encuentran en este domingo una etapa decisiva. Litúrgicamente revivimos el recibimiento de Jesús, su entrada en Jerusalén: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”. La oración en este día nos sitúa en el clima del triduo pascual, se nos invita a tener presente la gran enseñanza de la pasión, para participar en la gloria de la resurrección. La figura misteriosa del “siervo del Señor” en la primera lectura, nos lleva a reflexionar sobre la dinámica de la escucha y de la palabra. El himno de la segunda lectura nos acerca a los sentimientos de Jesús. Él es para nosotros una síntesis maravillosa de la conformación del creyente a Cristo. El Evangelio de la pasión muestra en Jesús el cumplimiento del proyecto salvífico de Dios: su muerte es testimonio de fidelidad al Dios de la vida. Él no dejará vacía la esperanza puesta en Él.

Jesús, siervo sufriente
El maestro fue proclamado “Cristo” por Pedro en Cesarea de Filipo (Mc 8,29); es reconocido “Hijo de Dios” por un pagano; un centurión bajo la cruz dijo: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39). También Jesús, frente al Sumo Sacerdote, respondiendo a la pregunta si era Hijo de Dios, el hijo del Dios bendito, Jesús responde: “Yo lo soy. Y verán al Hijo de Dios…” (Mc 14, 61-62). En el Bautismo (Mc 1,11) al inicio del Evangelio de Marco y en el corazón de la transfiguración (Mc 9,7), la voz del cielo, el Padre, indica en Jesús de Nazaret el “su Hijo amado..:”; en Getsemaní será Jesús mismo quien llamará a Dios papá, “Abbá” (Mc 14,36). Junto a esta evidente y clara identidad filial de Jesús de Nazaret a través de estos títulos que recibe y que le son propios, encontramos un Jesús que conduce un camino que lo llevará a la soledad. De estar con tanta gente, pasando por la compañía de Pedro, Santiago y Juan y llegando a Getsemaní, se ve el camino directo que nos lleva a concentrarnos en la obra misma de Jesús: su obra, su significado, su vida en el corazón de todos y cada uno de nosotros. El texto de Isaías en la primera lectura, presenta la figura del siervo de Yahvé, aquel que escucha la palabra de Dios para encontrar en Él confianza y consuelo. La misión del siervo, así como la de Jesús, comporta persecución, tortura, muerte. Su fuerza estará en su adhesión total a la voluntad de Dios y en la certeza que no lo dejará en la muerte. Este día es día de fiesta, de esperanza…Jesús asume su condición de Hijo de Dios y en esos momentos significativos en los que se declara esa relación de filiación, es que el cristiano siente la necesidad de identificarse cada vez más a Cristo y, por ende, a la predicación y vivencia del Evangelio de la verdad en medio del pueblo.

María, junto a Jesús, junto a nosotros
Nuestra Madre del Cielo está siempre a nuestro lado. Ella es quien nos guía por las sendas del amor y de la paz. Seremos fieles testigos del Evangelio de Jesús, en la medida en que nos dejemos guiar por la amorosa protección de nuestra Madre. Dejémonos guiar por ella y propaguemos en todas partes, la alegría de vivir junto a Jesús, llevándola a todos aquellos que lo necesiten.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

IIIº Domingo de Cuaresma, 7 de marzo de 2021

LA CASA DE DIOS ES NUESTRA CASA “Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.”...