Celebramos con gozo y alegría la Solemnidad de Cristo Rey del Universo. Es un día de fiesta, convencidos de la presencia de Jesús en nuestra vida, de su plena y total soberanía. Es el día para reconocer, con humildad y sencillez, la grandeza y la omnipotencia de Dios que se hace hombre para acercarnos más a Él y hacernos así partícipes de su vida misma. La liturgia de este domingo nos enseña, que Jesús es el Rey de reyes, el señor de señores, quien reconoce con humildad su realeza y da testimonio de la verdad a quien lo escucha con amor. (Evangelio).
“Mi reino no es de este mundo…”
Al igual que en el pretorio, también nosotros estamos junto a Jesús viviendo la experiencia de la salvación, algunos juzgados, otros a su lado, otros simples observadores; tal vez como otros, esperando el juicio, la condena… en fin, cada personaje puede albergar nuestra vida, cada lugar se muestra como un escenario propio para el hombre y la mujer de hoy, para todos y cada uno de nosotros. El pretorio es actualidad, el cual se presenta hoy como una opción fundamental de vida donde se presenta la actuación de unos y la sinceridad de otros y, junto a ello, con un Buen Dios que, desde el cielo, observa atentamente la evolución de la Salvación en la multitud de corazones presentes ante el juicio de su Hijo, interrogado antes de ser crucificado. En ese escenario se presentan las vidas y los rostros de tantos que ven en Jesús la esperanza del Reino que no es de aquí de este mundo de corazones tristes, desconsolados, solos…de aquellas familias en dificultad, de las almas que necesitan de oración y ayuda espiritual…el mundo de aquí es de los pobres y excluidos, de las victimas de la injusticia, de los cristianos y los que no lo son…el mundo del corazón de tantos que te aman y de tantos que dicen amarte pero burlándose, viven lejos del mensaje del Evangelio…Jesús, Rey de reyes, Señor de señores,primogénito de toda criatura: Te proclamamos Rey de este mundo, del mundo de nuestros corazones, del mundo que tú mismo nos regalas. Este día es un motivo más para dar gracias a Dios por el don de la vida, de esa vida que depende de Dios y que debemos conservar y saber administrar. Sintámonos unidos a Dios, sintamos que cada minuto de nuestra vida está siendo custodiado por Él, quien con amor de Padre, de Hijo y de Consolador, nos estimula y nos dice: “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”…
María Santísima, madre humilde que nos da ejemplo
Ella es la madre del Rey, la madre del Salvador del hombre, la madre de Dios. Su humildad y sencillez nos permite contemplar un corazón puro y un alma materna que está por encima de cualquier otra cosa. Ella nos enseña a vivir en Dios y a partir de su amor, ser prójimo con el prójimo y verdaderos testigos del evangelio. La nueva evangelización hecha realidad en la Misión Diocesana es clara, es precisa: unámonos a Dios y unidos a Él, unámonos entre nosotros para proclamar la verdad, la justicia y la paz. Así sea.
“Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.”
Iº lectura: I Re 17, 10-16; Salmo: 145; IIº lectura: Heb 9, 24-28; Evangelio: Mc 12, 38-44
En la actualidad, es muy frecuente encontrarnos con situaciones en la que se nos pide algún tipo de colaboración. La actitud de muchos es “rebuscar” entre los bolsillos, los bolsos o simplemente tomar la actitud de quien quiere pero no tiene. En estos casos, tiene mucho que ver la sinceridad y la honestidad, teniendo como uno de los ejes fundamentales, la práctica de la virtud. La liturgia de la palabra de este día, nos enseña que debemos dar sin rebuscar, sino compartiendo con el corazón.
¿De qué parte estamos?
El Evangelio de hoy, siguiendo el itinerario de las lecturas, nos dejan enseñanzas fundamentales y precisas en relación a la generosidad cristiana que debe ser sincera y sin doblez. Jesús nos muestra dos perspectivas con las cuales podemos identificarnos y de las cuales podemos y debemos aprender. “Cuidado con los letrados…”, -nos dice el maestro- ya que muchos pretenden demostrar y aparentar lo que no son. Esos recibirán su recompensa, la cual será rigurosa. En este plano podemos encontrar aquellos que, alejándose de Dios, aprovechan su situación o posición para excluir a los demás, usando discriminación y colocando por encima de Dios y de la vida misma, los caprichos personales. “Les aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie…”. La actitud de esta mujer, fue agradable a los ojos de Dios, ya que dio lo que tenía, lo que le era propio, lo que le pertenecía. Esa actitud debiera ser la de todos y cada uno de nosotros, los cristianos, quienes en la actualidad debemos dar testimonio del mensaje que el maestro de la verdad nos regala y nos invita a vivir. Ser generosos es el camino; ser generosos significa dar y compartir con sinceridad, siendo testigos fieles del amor que viene de Dios y que se manifiesta en el prójimo. Ser generoso, es característica del cristiano y esa es la vía que debemos seguir para vivir como Iglesia, como comunidad de creyentes en quien vive Cristo, sin mostrar apariencias que llevan a la confusión y a la duda.
María Santísima, ejemplo de generosidad
Confiando en María Santísima, podemos seguir un itinerario de fe en el cual seremos capaces de dar testimonio del Evangelio con generosidad. Así como ella, quien dijo “si” al amor de Dios, sigamos trabajando con alegría y dedicación en la predicación de la palabra de Dios, en la Misión Diocesana, en medio del pueblo, de nuestras comunidades. Así sea.
“La alegría es oración, la señal de nuestra generosidad, de nuestro desprendimiento y de nuestra unión interior con Dios.” Beata Teresa de Calcuta.
“Dichosos ustedes cuando les insulten y les persigan y les calumnien de cualquier modo por mi causa. Estén alegres y contentos, porque su recompensa será grande en el cielo.”
Hace algún tiempo, leía lo siguiente: “…los santos, para dicha nuestra y de ellos mismos, fueron hombres -y mujeres- de carne y hueso como nosotros” (Felice Accrocca, tomado y traducido de su libro “Tommaso da Cori, Amico di Dio e degli uomini”). Leyendo esto y reflexionando sobre lo que la liturgia de la Palabra nos presenta en este día, podemos tener la certeza que Dios nos llama a caminar, ya desde ahora, en las vías de la santidad. La multitud de los santos, presente en las lecturas y manifestada en la Iglesia, nos da a entender que debemos ver más allá de lo que comúnmente tenemos frente a nosotros. Debemos sentir la certeza que el camino escogido no es el equivocado y que el amor que Dios nos ha tenido y por el que somos sus hijos, nos permitirá alcanzar el premio que está preparado para los bienaventurados.
Jesús nos enseña el camino: ¡Él mismo!
Bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los sufridos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz…todos serán llamados hijos de Dios (Evangelio). Esta certeza es el camino de esperanza que Dios nos da para que seamos testigos de su palabra y la hagamos vida en la cotidianidad. Santos somos los miembros de la Iglesia, santos son todos los que han seguido y siguen el ejemplo de Jesús, santos son los que oficialmente son reconocidos por la Iglesia y aquellos, que aún no siendo reconocidos públicamente, han sido testigos del amor de Dios en medio del mundo. Sentir que la santidad es un peso es no darnos cuenta que esa es la razón de vivir del cristiano. El maestro llama bienaventurados a aquellos que forman parte del corazón de Dios; a los que viven sin pensar en ambigüedades; a los que sin serlo, se sienten excluidos por los que, no siéndolo, se sienten dueños de las conciencias. El Evangelio nos promete una recompensa y ella se da, solo en la medida que seamos conscientes y responsables del cumplimiento de nuestros deberes como cristianos. ¿Quiénes son los santos? No dejemos nunca de preguntárnoslo, no pasemos de largo ante la propuesta de llegar a serlo y cada día esforcémonos por vivir los preceptos del Evangelio con obras de caridad, poniendo por obra lo que creemos gracias a la fe.
María Santísima, Reina de Todos los Santos…
En las letanías damos a Nuestra Madre de cielo un calificativo muy significativo. La Madre de Dios es la Reina de Todos los Santos, es quien nos da ejemplo de humildad para poder dar fe que es posible llegar a ser bienaventurados ya que “todo el que tenga puesta en Dios esta esperanza, se purifica a sí mismo para ser tan puro como Él”… Así sea.
“No podemos decir al mismo tiempo quiero y no quiero: quiero ser santo y no quiero serlo. Deberíamos preguntarnos porque no somos santos gozando de la presencia y bendición de Cristo en el tabernáculo y de la posibilidad de recibir su cuerpo y su sangre en la comunión”. (Beata Teresa de Calcuta)
“Dios es quien llama.” “Todo Sumo Sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados.”
Iº lectura: Jer 31, 7-9; Salmo: 125; IIº lectura: Heb 5, 1-6; Evangelio: Mc 10, 46-52
Las lecturas de este domingo nos regalan varios temas de reflexión. Como cristianos y testigos del Evangelio, estamos en un camino de esperanza que se complementa en la vida cotidiana con las obras de caridad y el deseo de ver y vivir cada vez mejor, el itinerario de fe que debemos recorrer. La vista, sentido que regala el Señor a Bartimeo, nos lleva a meditar nuestra situación personal: ¿estamos ciegos? o por el contrario, ¿nos dejamos curar por Dios? Veamos.
“Ánimo, levántate, que te llama”
La invitación de Jesús a seguirlo, a escucharlo, a verlo, es una llamada de amor y de paz. Es un momento privilegiado, ya que el Señor ofrece su salvación no solo al alma sino también al cuerpo. Al ciego le devuelve la vista, le concede la oportunidad de poder encontrar luz en el camino y en la vida, le regala la posibilidad de salir de la oscuridad para ser testigo de la claridad que existe si vivimos inmersos en su corazón. “Ánimo, levántate, que te llama”. Es la frase que se convierte en vida, en esperanza, es fe. Es la invitación a ver en Jesús el camino que nos lleva a la verdad, que nos devuelve la vista, que nos estimula a vivir como hermanos, ayudándonos en lo que sea necesario. Levantarse es dejar atrás las malas costumbres, es unirse cada vez más al testimonio de vida que Dios nos ofrece; es dar a los demás la posibilidad de ver con más certeza el itinerario que nos lleva a Dios, que nos conduce por sendas de unidad con el fin de recoger los mejores frutos. Levantarse es fomentar la honestidad, la verdad, la fortaleza; levantarse es tener la fuerza para dar el paso decisivo en la conversión de vida. Nuestra petición debe ser como la del ciego: pedir misericordia y compasión, a través de ello lograremos purificarnos y ayudar a tantas personas que están necesitadas de luz, de guía, de acompañamiento. Así mismo, es necesario afianzar cada vez más nuestra fe en Dios y pedir por los sacerdotes quienes, como representantes de Dios, llevamos en su nombre el mensaje del Evangelio de la verdad a todos sin exclusión. Trabajemos y oremos por la Misión Diocesana, por los pobres y excluidos, por la sinceridad que debe cultivarse en nuestras vidas y que se debe reflejar en el actuar cotidiano. Pidamos con fe a Dios nos de la vista, para experimentar su vida en profundidad, siendo testigos de su amor, sacando las dudas que puedan existir en nuestros corazones y así poder caminar hacia la luz que nos lleva a la salvación.
María, maestra de fe…
De la mano con María, nuestra madre del Rosario, podemos caminar seguros y con humildad para recibir con amor los dones que Dios nos da, y que se convierten en gozo y gracias abundantes. El Espíritu Santo nos ilumine y haga de todos y cada uno de nosotros fieles discípulos que sienten en su corazón la misericordia y la paz como un regalo amoroso de Dios. Nuestra oración se eleve al Todopoderoso por nuestros sacerdotes, por el ministerio que, en nombre de Jesucristo, vivimos día a día en medio del pueblo santo de Dios. Así sea.
“La sabiduría que viene de arriba, ante todo es pura, y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera.”
I° lectura: Sab 2, 12.17-20; Salmo: 53; II° lectura: Stg 3,16-4,3; Evangelio: Mc 9, 30-37
La situación actual que vive la humanidad en la cual se sumergen los sentimientos y experiencias del hombre, nos sirve para entender la liturgia de este domingo. El itinerario que nos lleva a Dios es su palabra, su vida, su acción entre nosotros, su presencia constante en nuestros corazones, su infinita misericordia. Las lecturas de esta jornada nos presentan el modo cómo debemos actuar, vivir y ser discípulos del Señor.
El más importante es Dios…
La vía que nos conduce a Dios se manifiesta en lo cotidiano, en la praxis de la vida, en lo que realmente se refiere a lo propio del cristiano. El evangelio de hoy nos da unas pautas importantes y fundamentales que nos llevan a entender la misión a la que se nos llama. Se nos muestra ante todo la importancia de escuchar la voz de Dios que nos invita a trabajar por Él y quien espera a su vez, una respuesta positiva por parte de sus hijos. En un segundo momento se nos presenta la actitud de los discípulos quienes discutían sobre quién sería el primero. Todo esto nos encamina a un tercer punto: entender que nuestra misión de cristianos va dirigida a ser testigos del Evangelio, a seguir la voz del maestro y a convertirse en servidor. Es necesario descubrir el sentido verdadero de la fraternidad, reflejada totalmente en la vida cotidiana y en el amor al prójimo. Jesús es tajante ante la actitud de quienes no quieren seguir el mensaje del Evangelio de la verdad “El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”.Nuestra misión es más que una apariencia, más que un si o un no, más que un primer puesto, más que una vida compleja a causa de los obstáculos que nosotros mismos colocamos. La misión es penetrar el corazón del hombre de hoy, llenar las lagunas que existen, enseñar y proclamar la palabra de Dios, atrayendo a todos hacia Él. Es por ello que debemos acoger a Jesús, el hombre nuevo, el que es justo y misericordioso…siguiendo su ejemplo, teniendo sus mismos sentimientos, quitaremos de raíz el odio, el egoísmo, la mentira, la calumnia, el pecado, y podremos luchar por una Iglesia y una sociedad justa en la que exista unidad y solidaridad en el nombre de Dios.
María Santísima, camino hacia Jesús
Nuestra Madre del cielo es protagonista fundamental en la edificación de la Iglesia. Ella es quien nos lleva de la mano a Jesús para que, junto a toda la Iglesia, podamos ser testigos de la acción misericordiosa de Dios. Que sea ella la luz que guía nuestro caminar y nos conduzca siempre por las vías de la paz, la justicia y la solidaridad. Así sea.
“¡Ábrete!” “Queridos hermanos, escuchen: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que prometió a los le aman?”
Iº lectura: Is 35, 4-7ª; Salmo: 145; IIº lectura: St 2, 1-5; Evangelio: Mc 7, 31-37
La palabra de Dios en este XXIII domingo del tiempo ordinario, nos manifiesta nuevamente la invitación de Jesús a través de lo que su mensaje propone: ser fuertes, no temer, no excluir a nadie y abrir el corazón a la acción misericordiosa y liberadora que Jesús realiza en todos y cada uno de nosotros.
“Todo lo ha hecho bien”
Encontramos detalles de amor y misericordia por parte de Jesús hacia los demás. Son gestos y actitudes que denotan claramente lo que desea el maestro para quienes le siguen, para aquellos que encuentran en Él paz y tranquilidad. La curación del sordo que nos relata el Evangelio es una demostración, no solo de lo que hace Jesús, sino de lo que en cada corazón quiere hacer crecer. De todo lo que encontramos en el Evangelio de hoy, podemos reflexionar sobre tres aspectos, veamos. En primer lugar, hay un acercamiento por parte de un sordo que ante la oración de Jesús queda curado. Esto nos enseña que debemos acercarnos al maestro, sólo Él puede curarnos de la sordera que presentamos ante la cantidad de palabras inertes y superficiales que oímos a diario. En segundo lugar, Jesús cura al sordo “mirando al cielo” y tocándolo diciéndole “ábrete”; dos acciones que pueden y deben ser tomadas en cuenta cada vez que estamos en presencia de Dios. Mirando al cielo junto a Jesús, podemos decir “ábrete”, haciendo alusión a la disponibilidad que cada uno de nosotros debemos tener ante la invitación que nos hace Dios a seguirlo y vivir el Evangelio. En tercer lugar, la gente al ver a Jesús decía de Él que todo lo hacía bien, y ello deja entrever la satisfacción y la plenitud que proporciona la presencia y la acción salvadora de Dios en nuestra vida. Dejarnos amar por Él es hacer de nuestras vidas un testimonio vivo de lo que Dios hace continuamente en nosotros. Seamos agradecidos con Jesús, quien abre nuestros corazones a su palabra y en quien vemos que todo lo hace bien, sin excluir a nadie, ofreciendo a todos la grandeza de su amor.
María nos ayuda a abrir el corazón a Dios
Nuestra Madre del Cielo nos guía, nos acompaña y nos lleva de la mano. Ella es fiel y nos enseña a serlo también nosotros. Sigamos su ejemplo y dejémonos inundar del amor infinito y misericordioso de Dios que, como nos dice el Salmo de hoy, “…liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos”. Así sea.
En este mes, en el cual celebramos a María bajo la advocación de Nuestra Señora de Coromoto, pedimos de todo corazón que nuestras vidas estén disponibles a abrirse cada vez más a la acción liberadora de Dios, siendo fieles discípulos y testigos de la verdad, tolerantes y comprensivos, a fin de ser testimonio en el mundo de la palabra de vida que nos regala el Señor.
“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.” Dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres.
Iº lectura: Dt 4, 1-2.6-8; Salmo: 14; IIº lectura: St 1, 17-18.21b.22-27; Evangelio: Mc 7,1-8,14-15.21-23
Es imprescindible reconocer y sentir la presencia de Dios en medio de su pueblo y sobre todo cuando sabemos el deber que, como cristianos, debemos llevar a cabo sin doblez y con sinceridad. La pureza del alma, que el Señor pide a sus fieles, está lejos de las simples formalidades y apariencias. Es por ello que debemos, sin miedo, acercarnos a Dios, no solo con los labios sino con el corazón, con el fin de dar testimonio de vida cristiana y de ser testigos fieles del mensaje del Evangelio. Después de la celebración de la Eucaristía, el domingo pasado en la mañana, un niño se me acercó ante algunos fieles con los que estaba reunido, me extendió su mano y me dijo: "padre, gracias por la Misa", no tendría más de ocho años. Ese gesto me ha hecho reflexionar sobre manera, ya que muy pocas veces damos el valor necesario a los pequeños detalles que se puedantener hacia las cosas de Dios. Meditemos sobre ello.
"Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre"
La pureza interior es condición de todo amor, y ella se obtiene a través de una lucha perseverante en la alegría de los hijos de Dios. Esta lucha es constante para poder estar junto a Dios, alejando todo pensamiento o sentimiento que no ayude a cultivar la gracia que purifique nuestra vida. El cristiano de hoy debe tener presente: en primer lugar que la pureza es algo verdadero, real, cierto y se debe pedir con sinceridad al Señor y practicarla con convicción de corazón. En segundo lugar que la presencia de Jesús en nosotros es presencia reveladora de esperanza y fe, que nos lleva a dar testimonio con la palabra y ejemplo de la pureza que viene de Él y en tercer lugar, ser conscientes de la importancia de alimentar con valores y buenos sentimientos nuestro corazón, de lo bueno que tengamos podremos ser testigos del amor de Dios y transmitirlo al prójimo. Sigamos la luz de Dios, vivamos en nuestra familia y comunidad el deseo de caminar siguiendo la luz que Él nos da, siendo testigos del Evangelio, dejándonos seducir por Dios para que cada palabra, cada gesto, cada cosa que hagamos nos ayude a solidarizarnos con aquellos que necesitan amor, paz y tranquilidad.
María, madre y maestra de oración
Nuestra Madre del Cielo nos enseña a ser perseverantes en la oración y en la fidelidad. Ella misma, siendo sagrario de Dios, nos da ejemplo de dignidad, respeto y vida espiritual ante la presencia de Él en nuestra vida. Sigamos su testimonio y hagamos de nuestra vida, templos vivos decididos a proclamar la Palabra de Dios como testigos fieles de la Misión que tenemos como cristianos. Así sea.
El pan vivo entre su pueblo “Destierren de ustedes la aspereza, la ira, la indignación, los insultos, la maledicencia y toda clase de maldad. Sean buenos y comprensivos y perdónense los unos a los otros, como Dios los perdonó, por medio de Cristo”. Iº lectura: 1Re 19, 4-8; Salmo: 33; IIº lectura: EF 4,30-5,2; Evangelio: Jn 6, 41 – 51
“Vengan a la Eucaristía, vengan…”. Con estas palabras el Santo Cura de Ars nos recuerda que, aún siendo frágiles y débiles, necesitamos acercarnos a Jesús Eucaristía de manera frecuente y sincera. “Yo soy el pan de vida…”, nos dice el Señor en el Evangelio y se nos recuerda con fuerza la necesidad de recibirlo en la Comunión y de esta manera, participar en la vida divina y así salir victoriosos del pecado y las tentaciones, corroborando aún más nuestra condición de cristianos.
“Yo soy el pan vivo bajado del cielo…” Las palabras de Jesús están llenas de amor y confianza. Su palabra es alimento que da la vida, y su vida es alimento para el hombre. Jesús hace de su Palabra alimento en cuanto habla de Dios, de su relación con el Padre y de cómo debemos estar unidos íntimamente con Él para poder sentirnos y vivir como verdaderos hijos de la luz, amantes de la Eucaristía. La vida cotidiana es reflejo de la esperanza que tenemos en Dios. Los detalles que podamos practicar hacia los demás, son la muestra de lo que podemos y debemos hacer y de lo que Dios nos tiene preparado. Recibir al Señor en su Palabra y en la Sagrada Eucaristía, nos hace fuertes y fieles creyentes. Él tiene lo que nos falta y lo que necesitamos; cerca de Él encontraremos la paz, la fortaleza para hacer bien nuestro trabajo y el gozo en el servicio al prójimo. El pan vivo bajado del cielo, nos guía por el camino de la vida y seguirá siendo para nuestra alma, no sólo un punto de referencia, sino la plenitud de la vida en Dios. El Santo Cura de Ars, modelo de santidad para este año sacerdotal, nos recuerda: “Dios mío, concédeme la gracia de amarte tanto cuanto yo sea capaz”. La oración, el sacrificio y el servicio serán fundamentales para caminar juntos, unidos al Señor, aceptando su invitación y agradeciéndole por su presencia real y verdadera en la Sagrada Eucaristía.
María nos enseña a amar a su Hijo María Santísima, nuestra madre de la Consolación, nos da ejemplo para amar, llevar y compartir el pan vivo bajado del cielo. Ella es mujer y madre que ama, que da la fuerza necesaria a todos aquellos que se encuentran en dificultades, en problemas, en medio de zozobra y de falta de amor. Ella nos muestra el camino que en nombre de Jesús debemos recorrer, sin exclusión y con plena confianza en Él. Así sea.
Que el Santo Cristo de la Grita y Nuestra Madre de la Consolación, nos guíen en todo momento. Que su intercesión haga de nosotros fieles discípulos del Maestro de la verdad para poder proclamar a todos la Buena Nueva del amor de Dios, que está presente en todos y cada uno de nuestros corazones. Así sea.
El alimento que da la vida “Hermanos: les digo y les pido en nombre del Señor que no vivan como viven los paganos, con sus vanos pensamientos. No es eso lo que ustedes han aprendido de Cristo”
Iº lectura: Ex 16, 2-4.12-15, Salmo:77, IIº lectura: Ef 4, 17.20-24,Evangelio: Jn 6, 24- 35
Cuando comulgamos, el mismo Jesús con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, se dona totalmente en unión plena e intima que nos configura a Él en modo real, a través de la transformación y asimilación de nuestra vida en la suya. Esto se destella a partir de la primera lectura, en la que se evidencia como Dios manifestó su providencia hacia los israelitas, en el desierto, dándoles el maná, símbolo y prefiguración de la Eucaristía. En la segunda lectura, San Pablo nos exhorta a revestirnos del hombre nuevo, dejando las cosas pasadas y renovándonos en lo que Dios nos ha enseñado en su hijo Jesucristo.
Buscar el alimento que dura para la vida eterna… En la historia de la salvación, en la cual cada uno de nosotros somos partícipes, encontramos un itinerario de la presencia de Dios en el corazón de sus hijos. Esa presencia eucarística es real, verdadera, cierta, que se hace vida en cada hombre y mujer, en la medida que la reconocemos como "fuente y cima de toda la vida cristiana" (LG 11). El Santo Padre, Benedicto XVI, con motivo del Año Sacerdotal, nos dice en la Carta dirigida a los presbíteros del mundo: “De su ejemplo -de San Juan María Vianney- aprendían los fieles a orar, acudiendo con gusto al sagrario para hacer una visita a Jesús Eucaristía. "No hay necesidad de hablar mucho para orar bien", les enseñaba el Cura de Ars. "Sabemos que Jesús está allí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración". Y les persuadía: "Vengan a comulgar, hijos míos, vengan donde Jesús. Vengan a vivir de Él para poder vivir con Él...". "Es verdad que no son dignos, pero lo necesitan".La presencia real de Jesús en el Santísimo Sacramento nos lleva a reflexionar sobre los siguientes puntos: en primer lugar, es sacrificio que nos redime, nos salva, nos purifica. En segundo lugar, es misterio por el cual cada cristiano, creyente y amante de la Eucaristía, siente admiración plena. En tercer lugar, es sacramento, en el cual nos deleitamos y participamos sin cesar. San Agustín en el Comentario al Evangelio de San Juan, habla de la Eucaristía como "¡Sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad!".La nueva Evangelización debe llevar como bandera nuestro amor a Jesús Eucaristía y a la Santísima Virgen María. Ello conlleva a creer y vivir la fraternidad, la unión y el amor, si esto falta, la evangelización decae y no produce fruto. Seamos amantes de la Eucaristía y fieles al mensaje del Evangelio: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.
María, mujer de la Eucaristía La presencia de María Santísima, nuestra madre, es permanente y sincera. Ella, conservando y guardando todo en su corazón, se convierte en discípula fiel que nos enseña el camino que debemos seguir para ser adoradores de la Eucaristía. Sigamos a Cristo, estemos junto a él y confiemos plenamente en su presencia en medio de nosotros, en medio de su pueblo.
Fidelidad en lo poco “Sean siempre humildes y amables, sean comprensivos, sobrellévense mutuamente con amor; esfuércense en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.”
Iº lectura: II Rey 4, 42-44; Salmo:144; IIº lectura:4, 1-6; Evangelio: Jn 6,1-15
Muchas personas de las aldeas vecinas fueron donde estaba Jesús. Mientras Él hablaba, ninguno pensó al cansancio ni que pudiesen faltar víveres para saciar su hambre y su sed. Fueron atrapados por las palabras de Jesús, por su presencia; sus corazones se llenaron de Él, olvidándose prácticamente del hambre y de la lejanía de sus casas. Con todo esto, Jesús se compadeció de la gente y comprende que deben ser saciados del alimento espiritual y material. El mismo sentimiento de compasión lo tuvo Eliseo (Iº lectura) y San Pablo (IIº lectura), lo confirma, recordándonos que debemos tener sentimientos de humildad y amabilidad, ya que somos hijos de Dios y formamos parte de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica.
“Recojan los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.” La vida del hombre, la de todos y cada uno de nosotros se forma de pequeños detalles y ellos orientan, en la medida en que cumplamos la voluntad de Dios, nuestro corazón hacia Él. Los pasos que damos en nuestra vida nos ayudan a caminar por la vía de la fe, de la esperanza y de la caridad. Dios nos pide respondamos positivamente a su llamada. Todo ello se manifiesta en lo que vivimos cada día, en la familia, en el trabajo, en las comunidades a las que pertenecemos. Los pequeños detalles no mueven la vanidad y hacen que en la vida se aprecien los valores que mueven los corazones y las almas. Muchas personas no aplauden los gestos de quien en la vida cotidiana realiza actos de caridad y generosidad, pues ven en ellos superficialidad y simplicidad. De esto nos da ejemplo Jesús al momento de pedirnos que no desperdiciemos nada de aquello que se nos da, ya que lo que proviene de Él, no le sobra sino le pertenece y desea que nosotros, sus discípulos sigamos sus pasos y participemos de ello. Ayudemos a quienes lo necesitan y no dejemos de dar con generosidad y sin recelo, para así poder aprender a ser verdaderos testigos del Evangelio de la verdad.
María, Madre de la sencillez y la humildad Nuestra Madre del Cielo, María Santísima, nos ayudará a valorizar los detalles que puedan parecer insignificantes. Cada día podemos dar los pasos necesarios para llegar a Dios y en Él tendremos la certeza que recogeremos, no aquello que nos sobra, sino aquello que espiritualmente nos pertenece y que podremos compartir con aquellos que necesitan. Así sea.
“Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”.
Iº lectura: Jer 23,1-6; Salmo: 22; IIº lectura: Ef 2,13-18; Evangelio: Mc 6,30-34
En la primera lectura de la liturgia de hoy, el profeta Jeremías nos muestra cual será la actitud del Mesías y cómo será con todos y cada uno de nosotros. El Salmo nos presenta la figura del Pastor que nos hace reposar, nos guía por senderos justos y nos da tranquilidad al alma. La segunda lectura refleja el deseo de paz que Dios quiere para con sus hijos y cómo debemos, en nuestra vida cotidiana, comportarnos entre nosotros y en la relación con Él. El Evangelio muestra la solicitud que nos hace Jesús en la persona de sus discípulos con el fin de saber cómo podemos predicar y vivir el Evangelio a todos los lugares y a todas las personas.
“Vengan ustedes solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”
Nuestra vida, que es y debe ser servicio a Cristo, a la familia, a las comunidades, a la sociedad, está hecha de trabajo, de dedicación, de entrega a los demás. No debemos asombrarnos si se siente el peso del cansancio y la necesidad de descansar. Durante el tiempo libre recuperamos fuerzas y voluntad para servir mejor en lo que hacemos cotidianamente. No transcurramos el tiempo de las vacaciones sin hacer nada. “Descanso” significa sobre todo, recuperar fuerzas, ideales, proyectos, cambio de actividad, para regresar luego con más ilusión y fortaleza a trabajar y servir en lo que se nos ha encomendado. En la actualidad se confunde el descanso con “vagancia”, se busca “descansar” sin tener en cuenta que hay que buscar la presencia de Dios y cultivar día a día el amor y la paz que se obtienen del contacto que se establece con Él. Es necesario, en este tiempo de vacaciones, alimentarnos de la palabra de Dios, de buenas acciones y de todo aquello que nos lleve a experimentar ser testigos del Evangelio y promotores de la paz, la misión de cristianos, la justicia y la reconciliación en medio del mundo.
Unidos como hermanos a través de María Santísima De la mano con María, todos y cada uno de nosotros podemos pedir a Dios ser fieles, disponibles y sinceros con Él y con nosotros mismos. Muchas personas desean de nosotros el testimonio y la ayuda necesarios para poder encontrar la paz, la armonía y la solidaridad. Como discípulos, caminemos junto a María en la construcción de un mundo en el cual la mirada a Jesús sea fundamental y aceptar los propios errores sean parte de la vida del cristiano.
Oremos por el Santo Padre Benedicto XVI, el Obispo diocesano Mons. Mario, los sacerdotes y todos los consagrados en este Año Sacerdotal. Así sea.
Liberar del mal y sembrar el bien “Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos. La salvación está ya cerca de sus fieles, y la gloria habitará en nuestra tierra”.
Iº lectura: Am 7,12-15; Salmo: 84; IIº lectura: Ef 1,3-14; Evangelio: Mc 6, 7 - 13
La Iglesia católica, una y santa, Iglesia fundada por Jesucristo, nuestro maestro y Señor, nos da la posibilidad de encontrar en ella la fuente de paz, de amor, de esperanza que todos necesitamos.La alabanza que cada cristiano debe expresar y experimentar para con Dios, es una manifestación clara y precisa del amor, el conocimiento y la vida en Dios de quien siente su presencia verdadera y real en el corazón del hombre y en medio de su pueblo. Todos nosotros, bautizados, podemos y debemos sentirnos partícipes de la liturgia que hoy nos hace un llamado y nos hace participar del sacrificio de Jesús con el cual obtenemos la Salvación.
Destinados por Dios a ser felices La liturgia de hoy nos llama a vivir el Evangelio con el corazón, como miembros de la Iglesia que busca la justicia, la verdad, la esperanza. Jesús escoge los apóstoles como sus representantes personales, como testigos y profetas, no como simples portadores de un mensaje nada más. La identidad del cristiano se debe manifestar en una vida austera y santa, en dedicación incondicionada para con los demás. El Evangelio de este domingo nos refiere que Jesús les dio “autoridad sobre los espíritus inmundos”. Les mandó que no llevaran nada para el viaje, sólo un bastón: ni pan, ni mochila, ni dinero en la bolsa. Dios da unas indicaciones precisas que mueven el corazón y la vida del hombre a sentir su llamada, como símbolo del amor que tiene para con todos. La Palabra de Dios tiene connotación universal, es para todos y en todos debe ser manifestación de salvación, de liberación, de superación de obstáculos, de purificación de nuestros corazones, de destrucción del maligno que muchas veces se encarga de dañar la vida de quienes deseamos caminar en el amor de Jesús.
María Santísima nos acompaña En este itinerario de vida y de amor, María Santísima nos guía y nos lleva de la mano. Debemos insistir en el amor y devoción que todo cristiano le debe profesar, como verdaderos hijos suyos. Nuestra madre es la luz, la esperanza, el pilar del amor que nos lleva a Jesús. Ella nos enseña la sencillez que falta en tantos sitios, la humildad de la que carecen muchos corazones y las grandezas y maravillas que Dios nos regala a cada momento.
“La unidad del género humano, la comunión fraterna más allá de toda división, nace de la palabra de Dios-Amor que nos convoca.”
En el Señor tenemos la fuerza “Por eso, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.”
Iº lectura: Ez 2,2-5; Salmo: 123; IIº lectura: II Cor 12,7-10; Evangelio: Mc 6,1-6
La debilidad puede ser entendida de varias maneras. En la liturgia de este domingo San Pablo nos dice que cuando es débil, entonces es fuerte. Esa debilidad puede ser entendida entonces como amor, pasión, afición, cariño y no solamente como una simple inseguridad o algo que se le asemeje. Las dificultades que se puedan presentar son signo de que, confiando en Dios, podemos descubrir y discernir de la mejor manera nuestra condición cristiana. La falta de docilidad de muchos viene cubierta con la gracia de Dios que se manifiesta en la debilidad, siendo ésta uno de los puntos de reflexión para poder dar pasos de crecimiento espiritual.
“¿De dónde saca todo eso?” Casi siempre la gente que ve a Jesús se queda maravillada, asombrada, y no falta quién se dedique a criticar lo que hace, olvidando que todo lo que hace es por el bien de todos y cada uno de nosotros. Nuestra fuerza está en Jesús, en su amor, en su palabra, en su ejemplo…La debilidad que se pueda presentar debe ser inicio de una reflexión sincera para un mejoramiento espiritual que nos lleve a decidir ser verdaderos testigos del Evangelio de la verdad. La visita de Jesús a los suyos no debe dar la sensación de fracaso, como algunos puedan pensar, sino de fortaleza de la fe. Es un llamado a sentirnos cada vez más unidos en el nombre de Dios, padre de la gran familia de discípulos de la que todos formamos parte y en la cual debemos sentirnos partícipes. Jesús saca sus enseñanzas de su vida misma, de su condición, del deseo que tiene de llegar al corazón del hombre sin dudas ni regateos. Hoy también Jesús choca con la incredulidad de muchos hombres y mujeres que aún no abren su corazón al infinito amor que Él manifiesta para todos. Es por ello que se nos invita una vez más a ser unidos, a tener fe, a trabajar incansablemente por la instauración del reino de Dios y por la participación de todos los que necesitan cada vez más acercarse a su plan de salvación que se refleja en la vida cotidiana y que es garantía de vida espiritual.
María, Reina de la paz María guía el corazón y la vida del hombre a seguir la voz de Dios, a escuchar y vivir las enseñanzas de su hijo y a alejar de nuestra vida la presencia del maligno. Cada día ofrezcamos detalles de amor a María Santísima por nuestra conversión, por los enfermos, por quien lo necesita y por la Misión Diocesana en la que todos somos parte fundamental con la oración y el trabajo. Así sea.
Encomendamos a la Virgen de la Consolación los ministros de Jesucristo en este año sacerdotal y pedimos al Buen Dios, derrame infinitas bendiciones para todos. Felicitamos al p. Eliseo Rojas por el XXV aniversario de su ordenación presbiteral.
“Tu fe te ha curado” “Ya que ustedes se distinguen en todo: en fe, en palabra, en sabiduría, en diligencia para todo y en amor hacia nosotros, distínganse también ahora por su generosidad.”
Iº lectura: Sab 1, 13-15; 2, 23-24; Salmo: 29; IIº lectura: II Cor 8, 7. 9. 13-15; Evangelio: Mc 5, 21-43
Existen en este domingo, algunos aspectos fundamentales que nos ayudarán a entender más cerca, el significado de la fe y lo que su esencia implica en nuestras vidas. El libro de la Sabiduría nos presenta a Dios como fundamento de la vida y centro de la existencia misma del hombre. Dios crea al hombre a su imagen y semejanza para que nosotros vivamos en Él, distinguiéndonos -como se nos indica en la IIº lectura- “en fe, en palabra, en sabiduría, en diligencia para todo y en amor hacia nosotros” y cultivando cada vez la generosidad. Esto nos lleva a promover, alimentar y practicar la fe que nos hace confiar en Jesús y de quien recibimos la curación del alma y del cuerpo.
Distinguirse en generosidad… La presencia de Jesús en medio de su pueblo, en el corazón del hombre, en la vida de la Iglesia, es garantía de una fe sólida y plena, que nos lleva por verdaderos caminos de salvación. En la liturgia de la palabra, Dios nos muestra algunos aspectos que denotan lo que cada cristiano debe tener en cuenta. En primer lugar, San Pablo nos recuerda que distinguirse en generosidad es un punto fundamental para vivir como verdaderos testigos del Evangelio. En segundo lugar, el Evangelio nos recuerda claramente la necesidad que tenemos todos de creer en Dios y en tercer lugar, los milagros que realiza Jesús, nos enseñan que creyendo en Dios, podremos obtener muchas cosas a través de la fe. Esta virtud sobrenatural, viene de la mano con las otras dos virtudes infusas o teologales: la caridad y la esperanza; todas ellas dones de Dios. La fe caracteriza el perfil de quien vive en comunión con Dios, haciendo que la humildad, la sinceridad, el servicio y otras muchas virtudes le sean propias y dé así testimonio de vida.
En unión con María… En este itinerario de fe, María Santísima nuestra madre, nos acompaña y nos indica el camino a seguir. Ella, madre del amor y maestra de oración, nos enseña a orar, a escuchar a Jesús y guardar en nuestro corazón sus palabras y enseñanzas para que viviendo, unidos cada vez más a Dios, seamos testigos convencidos y sinceros de su amor y su misericordia.
“Cada obra de amor, llevada a cabo con todo el corazón, siempre logrará acercar a la gente a Dios.” Beata Teresa de Calcuta.