José Lucio León Duque

José Lucio León Duque
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viernes, 7 de septiembre de 2012

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario, 9 de septiembre de 2012


“¡Ábrete!”
“Queridos hermanos, escuchen: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que prometió a los le aman?”

Iº lectura: Is 35, 4-7ª; Salmo: 145; IIº lectura: St 2, 1-5; Evangelio: Mc 7, 31-37

La palabra de Dios en este XXIII domingo del tiempo ordinario, nos manifiesta nuevamente la invitación de Jesús a través de lo que su mensaje propone: ser fuertes, no temer, no excluir a nadie y abrir el corazón a la acción misericordiosa y liberadora que Jesús realiza en todos y cada uno de nosotros.

“Todo lo ha hecho bien”
Encontramos detalles de amor y misericordia por parte de Jesús hacia los demás. Son gestos y actitudes que denotan claramente lo que desea el maestro para quienes le siguen, para aquellos que encuentran en Él paz y tranquilidad. La curación del sordo que nos relata el Evangelio es una demostración, no solo de lo que hace Jesús, sino de lo que en cada corazón quiere hacer crecer. De todo lo que encontramos en el Evangelio de hoy, podemos reflexionar sobre tres aspectos, veamos. En primer lugar, hay un acercamiento por parte de un sordo que ante la oración de Jesús queda curado. Esto nos enseña que debemos acercarnos al maestro, sólo Él puede curarnos de la sordera que presentamos ante la cantidad de palabras inertes y superficiales que oímos a diario. En segundo lugar, Jesús cura al sordo “mirando al cielo” y tocándolo diciéndole “ábrete”; dos acciones que pueden y deben ser tomadas en cuenta cada vez que estamos en presencia de Dios. Mirando al cielo junto a Jesús, podemos decir “ábrete”, haciendo alusión a la disponibilidad que cada uno de nosotros debemos tener ante la invitación que nos hace Dios a seguirlo y vivir el Evangelio. En tercer lugar, la gente al ver a Jesús decía de Él que todo lo hacía bien, y ello deja entrever la satisfacción y la plenitud que proporciona la presencia y la acción salvadora de Dios en nuestra vida. Dejarnos amar por Él es hacer de nuestras vidas un testimonio vivo de lo que Dios hace continuamente en nosotros. Seamos agradecidos con Jesús, quien abre nuestros corazones a su palabra y en quien vemos que todo lo hace bien, sin excluir a nadie, ofreciendo a todos la grandeza de su amor.

María nos ayuda a abrir el corazón a Dios
Nuestra Madre del Cielo nos guía, nos acompaña y nos lleva de la mano. Ella es fiel y nos enseña a serlo también nosotros. Sigamos su ejemplo y dejémonos inundar del amor infinito y misericordioso de Dios que, como nos dice el Salmo de hoy, “…liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos”. Así sea.

En este mes, en el cual celebramos a María bajo la advocación de Nuestra Señora de Coromoto, pedimos de todo corazón que nuestras vidas estén disponibles a abrirse cada vez más a la acción liberadora de Dios, siendo fieles discípulos y testigos de la verdad, tolerantes y comprensivos, a fin de ser testimonio en el mundo de la palabra de vida que nos regala el Señor.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

viernes, 31 de agosto de 2012

XXII Domingo del Tiempo Ordinario, 2 de septiembre de 2012


Dios está en el corazón del hombre
“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.” Dejan a un lado el mandamiento de Dios para aferrarse a la tradición de los hombres.

Iº lectura: Dt 4, 1-2.6-8; Salmo: 14; IIº lectura: St 1, 17-18.21b.22-27; Evangelio: Mc 7,1-8,14-15.21-23

Es imprescindible reconocer y sentir la presencia de Dios en medio de su pueblo y sobre todo cuando sabemos el deber que, como cristianos, debemos llevar a cabo sin doblez y con sinceridad. La pureza del alma, que el Señor pide a sus fieles, está lejos de las simples formalidades y apariencias. Es por ello que debemos, sin miedo, acercarnos a Dios, no solo con los labios sino con el corazón, con el fin de dar testimonio de vida cristiana y de ser testigos fieles del mensaje del Evangelio.

La fe cristiana se vive en la medida en que pasamos de la exterioridad de los gestos a la esencia de nuestro comportamiento, que será santo en la medida en que corresponda al de Jesús. En este momento de nuestra vida, estamos llamados a purificar nuestras ideas y nuestras actitudes en relación con Dios: si acentuamos la atención a las palabras y al ejemplo de Jesús, nos preocuparemos menos de lo exterior y más de lo interior; escucharemos más la voz de Dios; seremos santos no tanto por lo que nuestros labios pronuncien sino por lo que nuestras actitudes dicen.

"Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre"
La pureza interior es condición de todo amor, y ella se obtiene a través de una lucha perseverante en la alegría de los hijos de Dios. Esta lucha es constante para poder estar junto a Dios, alejando todo pensamiento o sentimiento que no ayude a cultivar la gracia que purifique nuestra vida.

El cristiano hoy debe tener presente: en primer lugar que la pureza es algo verdadero, real, cierto y se debe pedir con sinceridad al Señor y practicarla con convicción de corazón. En segundo lugar que la presencia de Jesús en nosotros es presencia reveladora de esperanza y fe, que nos lleva a dar testimonio con la palabra y ejemplo de la pureza que viene de Él y en tercer lugar, ser conscientes de la importancia de alimentar con valores y buenos sentimientos nuestro corazón, de lo bueno que tengamos podremos ser testigos del amor de Dios y transmitirlo al prójimo. Sigamos la luz de Dios, vivamos en nuestra familia y comunidad el deseo de caminar siguiendo la luz que Él nos da, siendo testigos del Evangelio, dejándonos seducir por Dios para que cada palabra, cada gesto, cada cosa que hagamos nos ayude a solidarizarnos con aquellos que necesitan amor, paz y tranquilidad.

María, madre y maestra de oración
Nuestra Madre del Cielo nos enseña a ser perseverantes en la oración y en la fidelidad. Ella misma, siendo sagrario de Dios, nos da ejemplo de dignidad, respeto y vida espiritual ante la presencia de Él en nuestra vida. Sigamos su testimonio y hagamos de nuestra vida, templos vivos decididos a proclamar la Palabra de Dios como testigos fieles de la Misión que tenemos como cristianos. Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

viernes, 24 de agosto de 2012

XXI Domingo del Tiempo Ordinario, 26 de agosto de 2012

Jesús: el camino a seguir
“¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios…”

Iª lectura: Jos 24, 1-2a.15-17.18b; Salmo: 33; IIª lectura: Ef 5, 21-32; Evangelio: Jn 6, 60- 69

La vida del cristiano se encuentra en diversas ocasiones ante la misma interrogante que Pedro se coloca: “¿A quién iremos?”. Es una cuestión de entrega y de necesidad ante la presencia de Jesús, la cual es plenitud y vida en medio de las vicisitudes que se presentan cotidianamente.

La meta es Jesús…
Jesús es el Santo de Dios, el Mesías, el Redentor, el Salvador del Hombre. Siendo el Santo de Dios, no existen en Él palabras falsas, sino Verdad, la Verdad que es el fundamento de su Palabra cuando anuncia el Evangelio e invita a la conversión. Jesús no promete nada que no se realice, Él es la Verdad presente en la vida del hombre, de todos y cada uno de nosotros. Esta es la Verdad que confiesa Pedro y en la que confía cuando ve y confirma en Jesús su bondad, su amor y su misericordia. El camino que debemos seguir es una vía en la cual podemos escoger si profundizar en el amor de Dios o quedarse en la teoría. “¿A quién iremos?”: a Jesús presente en la Eucaristía, presente en la vida cotidiana, en el pobre y excluido, en quien tiene problemas, en quien necesita del apoyo en momentos de dificultad, en cada obra que viene de Dios y en Él tiene su fundamento. Solo en Dios  tenemos luz y fortaleza, El nos regala su presencia permanente en la Eucaristía, mostrándose y siendo el camino que debemos seguir sin dudar de ello. 

El Beato Juan Pablo II nos dice: “La meta y el término de nuestra vida es él, Cristo, que nos espera, a cada uno y a todos juntos, para guiarnos más allá de los confines del tiempo en el abrazo eterno del Dios que nos ama. Pero si la eternidad es nuestro horizonte de hombres hambrientos de verdad y sedientos de felicidad, la historia es el escenario de nuestro compromiso diario. La fe nos enseña que el destino del hombre está inscrito en el corazón y en la mente de Dios, que gobierna los hilos de la historia. Y nos enseña asimismo que el Padre pone en nuestras manos la tarea de comenzar ya desde aquí la construcción del reino de los cielos que el Hijo vino a anunciar y que llegará a su plenitud al final de los tiempos.” (Ciudad del Vaticano, 26 de noviembre de 1995)

María, presente con su Hijo
La Virgen María nos acompaña en el camino que debemos recorrer. Dejémonos guiar por Ella y nuestra respuesta a la pregunta de Pedro será decidida y firme: Jesús es el camino a seguir, la verdad en la cual creer y la vida que nos llena en plenitud. Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

sábado, 18 de agosto de 2012

XX Domingo del Tiempo Ordinario, 19 de agosto de 2012


Eucaristía: signo de amor
“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo.”

Iº lectura: Prov 9, 1-6; Salmo: 33; IIº lectura: Ef 5, 15-20; Evangelio: Jn 6, 51-58

Nunca nos cansaremos de proclamar que si hay un don, es el que Jesús nos ha dado, superando nuestra vida misma, como alimento de Vida: su Cuerpo y su Sangre en el Sacramento de la Eucaristía. Es un don que muchos no lograron ni logran entender, acoger, recibir, aceptar y aquellos murmuraban…y ¿nosotros?

¿Cómo puede darnos su cuerpo como alimento?
Es una realidad que escapa a nuestra pobreza de acercarnos a lo divino. Podemos tal vez entender lo extraordinario de un milagro, que cura el cuerpo o si queremos también aquella particular gracia que, después de habernos mostrado la debilidad humana, a través del sacramento de la Penitencia, nos ayuda a acoger la grandeza del corazón de Dios, que nos dona sin medida su misericordia, creando en nosotros el deseo de la conversión, borrando nuestras culpas y dándonos también la sensación de un real y verdadero renacimiento. Para muchos no siempre es fácil comprender este sacramento: Jesús nos enseña a hacerlo. Celebrar y participar en la Santa Misa para un cristiano no debe ser una simple costumbre, sino que debe convertirse y ser el momento más hermoso e intenso para la vida del hombre: es de la Eucaristía que se recibe la fuerza para cumplir la propia misión, para realizar el proyecto de Dios en nuestra vida. La Eucaristía es Dios que vive íntimamente en mí y conmigo, y la vida se convierte en esperanza, en fidelidad, en entrega, en amor. Si el mundo de hoy, inmerso en el relativismo que lo envuelve, no conoce la verdad y la belleza de la vida, es porque no conoce y no acoge el Pan de la Vida, el Pan vivo bajado del Cielo: Jesús presente en el Santísimo Sacramento del Altar.

“Hagan lo que Él les diga”
La presencia de María Santísima, nuestra madre, es permanente y sincera. Ella, conservando y guardando todo en su corazón, se convierte en discípula fiel que nos enseña el camino que debemos seguir para unirnos cada vez más como testigos fieles del Evangelio de la verdad y de la Eucaristía, indicándonos que el verdadero camino a seguir está en Jesús Eucaristía. Permanezcamos junto a Él y confiemos plenamente en su presencia en medio de nosotros. Así sea.

“Si conociéramos el valor de La Santa Misa nos moriríamos de alegría”. San Juan María Vianney.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@hotmail.com



lunes, 13 de agosto de 2012

Nuestra Señora de la Consolacion


¡Gracias Madre!
“Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.”

Cada año los fieles, no sólo del Táchira, sino de otros lugares de Venezuela y más allá, se acercan a los pies de nuestra Madre de la Consolación de Táriba, para decirle ¡gracias! y también para pedirle por diversas necesidades. Sin duda alguna, siente lo que nuestras madres, experimenta en su corazón la angustia por nuestro mal comportamiento y a la vez la alegría cada vez que nuestra actitud está acorde a la voluntad de Dios.

María Santísima nos abraza a todos
La Virgen es seguridad y garantía, ya que a través de ella, llegamos a Dios. Ella es madre sin excepción, ella acoge en su corazón a todos sin distinción, ella une en su vida a tantos hijos dispersos que están en constante búsqueda del verdadero camino, ella nos abraza a todos. María Santísima, la mujer vestida de sol, la madre de la consolación, la madre de quien viene todo amor y comprensión, nos cuida, nos protege y nos invita también a ser constantes, fieles y sobre todo, a comportarnos como buenos hijos. 

La visita a su prima Isabel es un gesto que muestra, en medio de su silencio, el gran corazón que posee y por ello fue conveniente que desde lo alto, Dios se fijara en este ser especial y puro, tan maravilloso, sencillo y humilde. María es modelo de humildad y comprensión, en ella se conjugan todas las prerrogativas necesarias para convertirse, como lo hizo, en ejemplo para todas las generaciones. La sencillez de María engrandece su imagen, su figura y su vida entera, enaltece lo que en una nosotros debiera ser algo normal: el amor de Dios presente en la vida cotidiana.

María, ejemplo de la mujer de hoy…
María nos visita, nos acompaña, corre presurosa a atender a sus hijos.
¡Bendita tú María! Porque no te rebajaste, sino diste plenitud a la humildad que nace de un corazón sincero…
¡Bendita tú María! Porque gracias a tu disponibilidad, se abrieron las puertas del corazón de Dios para que todos pudiésemos recibir sus gracias…
¡Bendita tú María! Porque nos das a tu hijo, para que con su vida, muerte y resurrección, seamos bendecidos, amados y salvados.
¡Bendita tú María! Madre de la Consolación, pues a todos nos das la posibilidad de apoyarnos en tu regazo y comprender que en ti está el camino que nos lleva a Jesús…

Acudamos fieles a nuestra Madre de la Consolación, acudamos con humildad y con convicción, pidámosle con fe por nuestra patria, por nuestro estado, por nuestra diócesis y llevemos el más grande regalo que un hijo puede dar a su madre: fidelidad, obediencia y amor. ¡Gracias Madre! Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

jueves, 9 de agosto de 2012

XIX Domingo del Tiempo Ordinario, 12 de agosto de 2012


El pan vivo entre 
su pueblo
“Destierren de ustedes la aspereza, la ira, la indignación, los insultos, la maledicencia y toda clase de maldad. Sean buenos y comprensivos y perdónense los unos a los otros, como Dios los perdonó, por medio de Cristo”.

Iº lectura: 1Re 19, 4-8; Salmo: 33; IIº lectura: EF 4,30-5,2; Evangelio: Jn 6, 41 – 51

“Vengan a la Eucaristía, vengan…”. Con estas palabras el Santo Cura de Ars nos recuerda que, aún siendo frágiles y débiles, necesitamos acercarnos a Jesús Eucaristía de manera frecuente y sincera. “Yo soy el pan de vida…”, nos dice el Señor en el Evangelio y se nos recuerda con fuerza la necesidad de recibirlo en la Comunión y de esta manera, participar en la vida divina y así salir victoriosos del pecado y las tentaciones, corroborando aún más nuestra condición de cristianos.

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo…”
Las palabras de Jesús están llenas de amor y confianza. Su palabra es alimento que da la vida, y su vida es alimento para el hombre. Jesús hace de su Palabra alimento en cuanto habla de Dios, de su relación con el Padre y de cómo debemos estar unidos íntimamente con Él para poder sentirnos y vivir como verdaderos hijos de la luz, amantes de la Eucaristía. La vida cotidiana es reflejo de la esperanza que tenemos en Dios. Los detalles que podamos practicar hacia los demás, son la muestra de lo que podemos y debemos hacer y de lo que Dios nos tiene preparado. Recibir al Señor en su Palabra y en la Sagrada Eucaristía, nos hace fuertes y fieles creyentes. Él tiene lo que nos falta y lo que necesitamos; cerca de Él encontraremos la paz, la fortaleza para hacer bien nuestro trabajo y el gozo en el servicio al prójimo. El pan vivo bajado del cielo, nos guía por el camino de la vida y seguirá siendo para nuestra alma, no sólo un punto de referencia, sino la plenitud de la vida en Dios. La Beata Madre Teresa de Calcuta nos dice: “Cristo se convirtió en el Pan de Vida porque comprendió la necesidad, el hambre que teníamos de Dios. Y nosotros debemos comer este Pan y la bondad de su amor para poder compartirlo. La eucaristía es el signo más tangible del amor de Dios por el hombre, ya que renueva permanentemente su sacrificio por amor a nosotros. Y es la Misa, nuestra oración diaria, el lugar donde nos ofrecemos con y por Cristo para ser distribuidos entre los más pobres de los pobres. La eucaristía es el misterio de nuestra unión profunda con Cristo.” La oración, el sacrificio y el servicio serán fundamentales para caminar juntos, unidos al Señor, aceptando su invitación y agradeciéndole por su presencia real y verdadera en la Sagrada Eucaristía.

María nos enseña a amar a su Hijo
María Santísima, nuestra madre de la Consolación, nos da ejemplo para amar, llevar y compartir el pan vivo bajado del cielo. Ella es mujer y madre que ama, que da la fuerza necesaria a todos aquellos que se encuentran en dificultades, en problemas, en medio de zozobra y de falta de amor. Ella nos muestra el camino que en nombre de Jesús debemos recorrer, sin exclusión y con plena confianza en Él. Así sea.

Que el Santo Cristo de la Grita y Nuestra Madre de la Consolación, nos guíen en todo momento. Que su intercesión haga de nosotros fieles discípulos del Maestro de la verdad para poder proclamar a todos la Buena Nueva del amor de Dios, que está presente en todos y cada uno de nuestros corazones. Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

viernes, 3 de agosto de 2012

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario, 5 de agosto de 2012

El alimento que da la vida
“Hermanos: les digo y les pido en nombre del Señor que no vivan como viven los paganos, con sus vanos pensamientos. No es eso lo que ustedes han aprendido de Cristo”

Iº lectura:
Ex 16, 2-4.12-15, Salmo:77, IIº lectura: Ef 4, 17.20-24, Evangelio: Jn 6, 24- 35

Cuando comulgamos, el mismo Jesús con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, se dona totalmente en unión plena e intima que nos configura a Él en modo real, a través de la transformación y asimilación de nuestra vida en la suya. Esto se destella a partir de la primera lectura, en la que se evidencia como Dios manifestó su providencia hacia los israelitas, en el desierto, dándoles el maná, símbolo y prefiguración de la Eucaristía. En la segunda lectura, San Pablo nos exhorta a revestirnos del hombre nuevo, dejando las cosas pasadas y renovándonos en lo que Dios nos ha enseñado en su hijo Jesucristo.

Buscar el alimento que dura para la vida eterna…
En la historia de la salvación, en la cual cada uno de nosotros somos partícipes, encontramos un itinerario de la presencia de Dios en el corazón de sus hijos. Esa presencia eucarística es real, verdadera, cierta, que se hace vida en cada hombre y mujer, en la medida que la reconocemos como "fuente y cima de toda la vida cristiana" (LG 11). El Santo Padre, Benedicto XVI, nos dice al meditar sobre el misterio eucarístico: “Nuestra respuesta a su amor tiene que ser entonces concreta, y tiene que expresarse en una auténtica conversión al amor, en el perdón, en la recíproca acogida y en la atención por las necesidades de todos. Son muchas y múltiples las formas de servicio que podemos ofrecer al prójimo en la vida de todos los días, si prestamos un poco de atención. La Eucaristía se convierte de este modo en el manantial de la energía espiritual que renueva nuestra vida cada día y, de este modo, renueva al mundo en el amor de Cristo.” La presencia real de Jesús en el Santísimo Sacramento nos lleva a reflexionar sobre los siguientes puntos: en primer lugar, es sacrificio que nos redime, nos salva, nos purifica. En segundo lugar, es misterio por el cual cada cristiano, creyente y amante de la Eucaristía, siente admiración plena. En tercer lugar, es sacramento, en el cual nos deleitamos y participamos sin cesar. San Agustín en el Comentario al Evangelio de San Juan, habla de la Eucaristía como "¡Sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad!". La Evangelización debe llevar como bandera nuestro amor a Jesús Eucaristía y a la Santísima Virgen María. Ello conlleva a creer y vivir la fraternidad, la unión y el amor, si esto falta, la evangelización decae y no produce fruto. Seamos amantes de la Eucaristía y fieles al mensaje del Evangelio: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.

María, mujer de la Eucaristía
La presencia de María Santísima, nuestra madre, es permanente y sincera. Ella, conservando y guardando todo en su corazón, se convierte en discípula fiel que nos enseña el camino que debemos seguir para ser adoradores de la Eucaristía. Sigamos a Cristo, estemos junto a él y confiemos plenamente en su presencia en medio de nosotros, en medio de su pueblo. Así sea.

P. José Lucio León Duque

miércoles, 25 de julio de 2012

XVII Domingo del Tiempo Ordinario, 29 de julio de 2012


Fidelidad en lo poco
“Sean siempre humildes y amables, sean comprensivos, sobrellévense mutuamente con amor; esfuércense en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.”

Iº lectura: II Rey 4, 42-44; Salmo: 144; IIº lectura: 4, 1-6; Evangelio: Jn 6,1-15

Nos relata el Evangelio de hoy que muchas personas fueron donde estaba Jesús. Mientras Él hablaba, ninguno pensó al cansancio ni que pudiesen faltar víveres para saciar su hambre y su sed. Fueron atrapados por las palabras de Jesús, por su presencia; sus corazones se llenaron de Él, olvidándose prácticamente del hambre y de la lejanía de sus casas. Con todo esto, Jesús se compadeció de la gente y comprende que deben ser saciados del alimento espiritual y material. El mismo sentimiento de compasión lo tuvo Eliseo (Iº lectura) y San Pablo (IIº lectura), lo confirma, recordándonos que debemos tener sentimientos de humildad y amabilidad, ya que somos hijos de Dios y formamos parte de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica.

“Recojan los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.”
La vida del hombre, la de todos y cada uno de nosotros, se forma de pequeños detalles y ellos orientan, en la medida en que cumplamos la voluntad de Dios, nuestro corazón hacia Él. Los pasos que damos en nuestra vida nos ayudan a caminar por la vía de la fe, de la esperanza y de la caridad. Dios nos pide respondamos positivamente a su llamada y todo ello se manifiesta en lo que vivimos cada día, en la familia, en el trabajo, en las comunidades a las que pertenecemos. Los pequeños detalles no mueven la vanidad y hacen que en la vida se aprecien los valores que mueven los corazones y las almas. Muchas personas no aplauden los gestos de quien en la vida cotidiana realiza actos de caridad y generosidad, pues en muchos casos, ven en ellos superficialidad y simplicidad. De esto nos da ejemplo Jesús al momento de pedirnos que no desperdiciemos nada de aquello que se nos da, ya que lo que proviene de Él, no le sobra sino le pertenece y desea que nosotros, sus discípulos sigamos sus pasos y participemos de ello. Ayudemos a quienes lo necesitan y no dejemos de dar con generosidad y sin recelo, para así poder aprender a ser verdaderos testigos del Evangelio de la verdad.

María, Madre de la sencillez y la humildad
Nuestra Madre del Cielo, María Santísima, nos ayudará a valorizar los detalles que puedan parecer insignificantes. Cada día podemos dar los pasos necesarios para llegar a Dios y en Él tendremos la certeza que recogeremos, no aquello que nos sobra, sino aquello que espiritualmente nos pertenece y que podremos compartir con aquellos que necesitan. Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

viernes, 20 de julio de 2012

XVI Domingo del Tiempo Ordinario, 22 de julio de 2012


“Él es nuestra paz”
“Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma”.

Iº lectura: Jer 23,1-6; Salmo: 22; IIº lectura: Ef 2,13-18; Evangelio: Mc 6,30-34

En la primera lectura de la liturgia de hoy, el profeta Jeremías nos muestra cual será la actitud del Mesías y cómo será con todos y cada uno de nosotros. El Salmo nos presenta la figura del Pastor que nos hace reposar, nos guía por senderos justos y nos da tranquilidad al alma. La segunda lectura refleja el deseo de paz que Dios quiere para con sus hijos y cómo debemos, en nuestra vida cotidiana, comportarnos entre nosotros y en la relación con Él. El Evangelio muestra la solicitud que nos hace Jesús en la persona de sus discípulos con el fin de saber cómo podemos predicar y vivir el Evangelio a todos los lugares y a todas las personas.

“Vengan ustedes solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”
Nuestra vida, que es y debe ser servicio a Cristo, a la familia, a las comunidades, a la sociedad, está hecha de trabajo, de dedicación, de entrega a los demás. No debemos asombrarnos si se siente el peso del cansancio y la necesidad de descansar. Durante el tiempo libre recuperamos fuerzas y voluntad para servir mejor en lo que hacemos cotidianamente. No transcurramos el tiempo de las vacaciones sin hacer nada. “Descanso” significa sobre todo, recuperar fuerzas, ideales, proyectos, cambio de actividad, para regresar luego con más ilusión y fortaleza a trabajar y servir en lo que se nos ha encomendado. En la actualidad se confunde el descanso con “vagancia”, se busca “descansar” sin tener en cuenta que hay que buscar la presencia de Dios y cultivar día a día el amor y la paz que se obtienen del contacto que se establece con Él. Es necesario, en este tiempo de vacaciones, alimentarnos de la palabra de Dios, de buenas acciones y de todo aquello que nos lleve a experimentar ser testigos del Evangelio y promotores de la paz, la misión de cristianos, la justicia y la reconciliación en medio del mundo.

Unidos como hermanos a través de María Santísima
De la mano con María, todos y cada uno de nosotros podemos pedir a Dios ser fieles, disponibles y sinceros con Él y con nosotros mismos. Muchas personas desean de nosotros el testimonio y la ayuda necesarios para poder encontrar la paz, la armonía y la solidaridad. Como discípulos, caminemos junto a María en la construcción de un mundo en el cual la mirada a Jesús sea fundamental y aceptar los propios errores sean parte de la vida del cristiano. Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

IIIº Domingo de Cuaresma, 7 de marzo de 2021

LA CASA DE DIOS ES NUESTRA CASA “Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.”...