José Lucio León Duque

José Lucio León Duque
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miércoles, 7 de enero de 2015

MENSAJE DE MONS. MARIO DEL VALLE MORONTA AL INICIO DEL AÑO 2015



AL PRESBITERIO Y AL PUEBLO DE DIOS
QUE ANUNCIA EL EVANGELIO DE JESUCRISTO EN LA DIÓCESIS DE SAN CRISTÓBAL

“No ceso de dar gracias a Dios por Ustedes y recordarles en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la Gloria les conceda el Espíritu de sabiduría para que ilumine los ojos del corazón a fin de que sepan cuál es la esperanza a la les llamó” (Ef. 1,17-18).

Con estas palabras del Apóstol Pablo quiero hacerles llegar mi saludo y un fraterno mensaje al inicio de este año 2015. Es un tiempo de gracia en el cual daremos testimonio de la luz y de la vida, presentes de manera transformadora en la historia humana cuando la Palabra se hizo carne y puso su morada en medio entre nosotros (Cf Jn 1,14). Este hecho maravilloso, recientemente conmemorado durante la Navidad, continúa marcando nuestras existencias al permitirnos ser hijos de Papá Dios y recibir “gracia sobre gracia” (Jn 1,12.17).

1.
Ante los anuncios de tiempos duros y difíciles, en especial en lo socioeconómico, es importante no perder de vista una característica propia de un discípulo de Jesús: la esperanza, a la cual hemos sido llamados. Siempre hemos de dar razón de nuestra esperanza: Jesucristo y su mensaje liberador de toda esclavitud y opresión, productos ambas del pecado del mundo.

Para nosotros los cristianos, la esperanza no es una actitud de pasividad. Por tanto, no significa aguardar la solución de los problemas por parte de otros; como tampoco consiste en buscar respuestas mágicas a las dificultades que se nos presentan. Pensar así la esperanza suele desembocar en frustraciones y conformismos. Al contrario, la esperanza conlleva la actitud de mirar hacia adelante y comprometerse en la edificación del Reino de Dios. Se trata de una virtud –fuerza- recibida del Espíritu Santo en el Bautismo. Todo creyente, discípulo de Jesús, posee en su propia vida la esperanza, junto con la fe y la caridad.

Por ello, en el año 2015 –y siempre- los cristianos hemos de distinguirnos por ser gente capaz de vivir y contagiar esperanza a todos. Dios nos la concede como un don para dar razón de ella siendo testigos de la luz, a fin de disipar las tinieblas del pecado. Con ello, podemos realizar el mandato evangelizador, por el cual, además de anunciar el mensaje de salvación, manifestamos su fuerza transformadora en la sociedad donde vivimos.

Está a nuestras puertas un tiempo de “vacas flacas” preconizado en la situación económica que comienza a hacerse sentir y para lo cual no nos hemos preparado. A esto se une la agudizada polarización política con sus consecuencias de desencuentro y división. Profundiza este panorama la grave crisis de descomposición moral que ataca la dignidad de toda persona y la integridad de nuestras familias. Son muchas y variadas las situaciones, causas y consecuencias de lo antes señalado, con las cuales nos hemos de enfrentar: el creciente narcotráfico en nuestras región, el tráfico de personas, el auge de la prostitución con diversas modalidades, el contrabando, el matraqueo.

A los cristianos nos corresponde ante todo esto y otras situaciones difíciles, ser gente de esperanza. Pero, ¿Cómo serlo? En primer lugar, nos corresponde asumir la esperanza como un don del Espíritu para ponerla en práctica y así alejar de nosotros toda actitud conformista y mágica. En segundo lugar, nos toca mostrarla como expresión del testimonio de la luz, al cual hemos sido llamados por Dios. En tercer lugar, cada uno la ha de poner en práctica desde su propio quehacer y su responsabilidad particular: Los cristianos que están en el campo de la política, en funciones de gobierno o de dirigencia, deben crear las condiciones para el encuentro, el diálogo, la participación ciudadana de todos, el respeto a los derechos humanos; de igual modo, deben promover el bien común, impulsar la producción de bienes y servicios y hacer que los recursos lleguen a todos sin excepción, dejando a un lado los intereses partidistas, la corrupción y lo que desdiga del nombre de cristianos. Quienes están en el campo del trabajo –empresarios, comerciantes, agricultores, obreros, estudiantes, maestros, profesionales- cuales discípulos de Jesús deben favorecer el auténtico desarrollo de todos y crear las condiciones para una vida digna, la paz social, la justicia y la equidad. Los cristianos dedicados a servicios de seguridad, administración de la justicia y promoción social no deben olvidar su obligación de proteger a los ciudadanos y garantizarles paz social y seguridad plena. Los ciudadanos todos, desde su fe en Cristo, han de ser constructores de relaciones de fraterna solidaridad, mutuo respeto y de participación en el quehacer diario de la sociedad, haciendo valer sus derechos y cumpliendo sus deberes.

Esta responsabilidad de promover la esperanza lleva a invitar a quienes van por caminos contrarios al bien a convertirse. También es un tiempo de gracia para ellos: quienes se lucran con el comercio de muerte del narcotráfico, del aborto, de la prostitución, del sicariato; quienes se benefician del contrabando y del matraqueo; los especuladores que suben irracionalmente los precios de los productos necesarios o los acaparan; los que promueven “rumbas” donde el alcohol, la droga, las inmoralidades, el sexo mal entendido hacen de las suyas.

El Santo Padre Francisco nos propone, a manera de revisión de vida, algunas interrogantes, con las cuales podemos afinar nuestra actitud de esperanza:“¿Cómo es nuestra forma de vivir? ¿Vivimos como hijos o vivimos como esclavos? ¿Vivimos como personas bautizadas en Cristo, ungidas por el Espíritu, rescatadas, libres? O ¿Vivimos según la lógica mundana, corrupta, haciendo lo que el diablo nos hace creer que es nuestro interés? Hay siempre en nuestro camino existencial una tendencia a resistirnos a la liberación” (FRANCISCO, Homilía en las Vísperas solemnes de María Madre de Dios, 31.XII.2014).

2.
Y nuestra Iglesia Diocesana de San Cristóbal ¿qué debe hacer? Todos en la Iglesia hemos recibido el llamado de Dios a edificar su Reino en nuestra sociedad. Sin excepción, pastores y laicos, miembros de los Institutos de vida consagrada y agentes de pastoral… hemos de ser “gente de y para la esperanza”, como miembros del pueblo de Dios, presentes en los diversos ambientes de nuestra sociedad.

El Papa Francisco nos brinda unas sabias indicaciones al respecto. Primero nos recuerda que somos una “Iglesia en salida” (E.G. 20ss) Es así como se podrá contagiar la esperanza: “Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie” (E.G. 23. Más aún, hemos de reconocer que somos pueblo, lo cual exige desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente (cf. E.G. 268). Si seguimos a Jesús, podremos integrarnos a fondo en la sociedad, compartir la vida con todos, escuchar sus inquietudes, colaborar con sus necesidades y edificar un mundo nuevo (cf. E.G 269).

Supone asumir un desafío: “Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás” (E.G 270). Así podremos dar razón de nuestra esperanza, “con dulzura y respeto” (1Pe 3,16), “en paz con todos los hombres” (Rom 12,18), “sin cansarnos de hacer el bien” (Ga 6,9). “Queda claro que Jesucristo no nos quiere príncipes que miran despectivamente, sino hombres y mujeres de pueblo” (E.G. 271) La clave está en el amor con el cual se puede iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar (cf. E.G. 273).

Por ser gente de y para la esperanza, “necesitamos reconocer también que cada persona es digna de nuestra entrega. No por su aspecto físico, por sus capacidades, por su lenguaje, por su mentalidad o por las satisfacciones que nos brinde, sino porque es obra de Dios… Más allá de toda apariencia cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega” (E.G. 274). Una particular atención, cuya fuente está en la fe en Cristo, hemos de dar a la opción preferencial por los pobres y excluidos, quienes han de estar en el centro de nuestras preocupaciones y las acciones eclesiales de cada día “¡Es necesaria una gran y cotidiana actitud de libertad cristiana para tener la valentía de proclamar que hay que defender a los pobres y no defenderse de los pobres, que hay que servir a los débiles y no servirse de los débiles!” (Homilía 31.XII. 2014).

En el Táchira, fiel a la misión recibida, nuestra Iglesia está decidida a contagiar y hacer vivir la esperanza. Para ello, se hace eco de la convocatoria de Jesús con su Palabra: invita a todos a dar testimonio de la luz para ir destruyendo las tinieblas que opacan la vida de muchos. Con la cercanía a todos, construiremos puentes y derribaremos los muros de división existentes. Queremos ir al encuentro de los alejados y de quienes no conocen a Cristo para decirles con cariño que los queremos y los invitamos a unirse a nosotros a fin de dar razón de nuestra esperanza.

Quienes tenemos algún compromiso apostólico y pastoral,- los religiosos y religiosas, los seminaristas y sacerdotes- estamos llamados a ser ejemplos vivos de esa esperanza. Esto nos obliga a centrar nuestras existencias en Cristo y ser sus testigos, anunciar la verdad que libera (cf. Jn 8,32), denunciar el pecado del mundo, abrir nuestros brazos llenos de misericordia y ternura a los demás y así hacernos sentir cerca de nuestros hermanos sin excepción de ningún tipo. Por eso, el 2015 es un tiempo de salvación para que, enriquecidos con ella, podamos hacer que muchos reciban “gracia sobre toda gracia”. Entonces, cumpliremos con nuestra misión de hacer presente el Reino de justicia, paz y amor; y, en nuestra región, seremos capaces de dar los pasos para superar los problemas, las tensiones, angustias y dificultades. Así nos mostraremos como una Iglesia con sabor a pueblo, llena de esperanza. Este año se nos presenta como un tiempo de gracia durante el cual, con entusiasmo apostólico, nuestra Iglesia se lanza, sin miedo ni vergüenza, en la aventura de construir la reconciliación y el perdón, la paz y el amor.

Contamos con la maternal protección de María del Táchira, Nuestra Señora de la Consolación, y estamos sostenidos por los brazos amorosos del Santo Cristo de La Grita: con ellos queremos, de verdad, dar testimonio de nuestra esperanza como miembros de esta Iglesia local de San Cristóbal, la cual se renueva siempre en “espíritu y verdad”.

Con mi fraterno saludo y mi cariñosa bendición,

+Mario, Obispo de San Cristóbal.

San Cristóbal, 04 de enero del año 2015, Epifanía del Señor.

viernes, 2 de enero de 2015

La Epifanía del Señor

¿DÓNDE ESTÁ JESÚS?
“Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti. Mira: las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti; y caminarán los pueblos a tu luz…” (Is 60, 1-3)

Iº lectura: Is 60,1-6; Salmo: 71; IIº lectura: Ef 3, 2-3a. 5-6; Evangelio: Mt 2, 1-12

La liturgia de la palabra de este día, desea introducirnos en el misterio del Mesías, el Hijo de Dios en toda su grandeza y particularmente centrado en el anuncio de la muerte y la resurrección. El episodio de los magos, en contraposición de la actitud de Herodes, se centra en la pregunta: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?” (Mt 2,2). Se proponen ambas partes encontrar al Hijo de Dios, pero con intenciones opuestas. Los magos, porque desean ofrecer sus dones a la realeza divina; los otros porque temen ser usurpados en el poder.

Los magos son modelo de obediencia perfecta a Dios quien les guía con su luz. Él les ha hablado al corazón a través de la luz de una estrella que les ha acompañado a lo largo de su viaje. Al acercarse y encontrarlo sienten una gran alegría, así como lo veremos tiempo después en los apóstoles por la resurrección de Jesús. Es el gozo que premia la fe y la obediencia de los magos y de tantos que, como ellos, confían en la luz que proporciona el amor y la paz que viene de Dios.

También hoy se tiene miedo de Jesús, de su realeza, de su presencia en medio del mundo. Su presencia es símbolo de seguridad y confianza, es fortaleza en las dificultades, es vida en medio del desierto que se presenta cada vez que olvidamos a aquellos que necesitan nuestro apoyo y ayuda. Buscar a Jesús, es buscar el camino justo, la luz que guía nuestras vidas, el compromiso que debemos asumir como sinceros seguidores de esa luz que Dios nos coloca, para encontrar con determinación a Jesús en cada uno de nosotros y de nuestros hermanos.

El episodio de los magos se concluye con una anotación práctica: ellos son advertidos que no regresen donde Herodes sino que regresen por otra parte. Dios cuida su hijo, a los magos, nos cuida a todos. Nos da los medios para enfrentar las vicisitudes que se nos presenten con el fin de salir victoriosos y seguir caminando por itinerarios que nos lleven a la conversión, a un cambio profundo que solo quien encuentra a Cristo puede experimentar.

CON MARÍA SANTÍSIMA, CAMINAMOS EN LA ESPERANZA

María Santísima, madre de Dios y madre nuestra nos acompaña en este itinerario de esperanza. Elevemos nuestra ferviente oración a Dios por la Iglesia, el Santo Padre, los obispos, nuestro obispo, los sacerdotes, religiosos y religiosas y todo el pueblo santo de Dios. Él nos bendice a todos y cada uno de nosotros. Que la esperanza plena en Dios nos guíe y María Santísima nos cubra con su manto de amor maternal. Así sea.

José Lucio León Duque
Joselucio70@gmail.com

martes, 30 de diciembre de 2014

MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO: JORNADA MUNDIAL POR LA PAZ 2015

Santa María, Madre de Dios
MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
XLVIII JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
1 DE ENERO DE 2015

Tomado de: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/messages/peace/documents/papa-francesco_20141208_messaggio-xlviii-giornata-mondiale-pace-2015.html

 NO ESCLAVOS, SINO HERMANOS

1. Al comienzo de un nuevo año, que recibimos como una gracia y un don de Dios a la humanidad, deseo dirigir a cada hombre y mujer, así como a los pueblos y naciones del mundo, a los jefes de Estado y de Gobierno, y a los líderes de las diferentes religiones, mis mejores deseos de paz, que acompaño con mis oraciones por el fin de las guerras, los conflictos y los muchos de sufrimientos causados por el hombre o por antiguas y nuevas epidemias, así como por los devastadores efectos de los desastres naturales. Rezo de modo especial para que, respondiendo a nuestra común vocación de colaborar con Dios y con todos los hombres de buena voluntad en la promoción de la concordia y la paz en el mundo, resistamos a la tentación de comportarnos de un modo indigno de nuestra humanidad.

En el mensaje para el 1 de enero pasado, señalé que del «deseo de una vida plena… forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer».[1] Siendo el hombre un ser relacional, destinado a realizarse en un contexto de relaciones interpersonales inspiradas por la justicia y la caridad, es esencial que para su desarrollo se reconozca y respete su dignidad, libertad y autonomía. Por desgracia, el flagelo cada vez más generalizado de la explotación del hombre por parte del hombre daña seriamente la vida de comunión y la llamada a estrechar relaciones interpersonales marcadas por el respeto, la justicia y la caridad. Este fenómeno abominable, que pisotea los derechos fundamentales de los demás y aniquila su libertad y dignidad, adquiere múltiples formas sobre las que deseo hacer una breve reflexión, de modo que, a la luz de la Palabra de Dios, consideremos a todos los hombres «no esclavos, sino hermanos».

A la escucha del proyecto de Dios sobre la humanidad

2. El tema que he elegido para este mensaje recuerda la carta de san Pablo a Filemón, en la que le pide que reciba a Onésimo, antiguo esclavo de Filemón y que después se hizo cristiano, mereciendo por eso, según Pablo, que sea considerado como un hermano. Así escribe el Apóstol de las gentes: «Quizá se apartó de ti por breve tiempo para que lo recobres ahora para siempre; y no como esclavo, sino como algo mejor que un esclavo, como un hermano querido» (Flm 15-16). Onésimo se convirtió en hermano de Filemón al hacerse cristiano. Así, la conversión a Cristo, el comienzo de una vida de discipulado en Cristo, constituye un nuevo nacimiento (cf. 2 Co 5,17; 1 P 1,3) que regenera la fraternidad como vínculo fundante de la vida familiar y base de la vida social.

En el libro del Génesis, leemos que Dios creó al hombre, varón y hembra, y los bendijo, para que crecieran y se multiplicaran (cf. 1,27-28): Hizo que Adán y Eva fueran padres, los cuales, cumpliendo la bendición de Dios de ser fecundos y multiplicarse, concibieron la primera fraternidad, la de Caín y Abel. Caín y Abel eran hermanos, porque vienen del mismo vientre, y por lo tanto tienen el mismo origen, naturaleza y dignidad de sus padres, creados a imagen y semejanza de Dios.

Pero la fraternidad expresa también la multiplicidad y diferencia que hay entre los hermanos, si bien unidos por el nacimiento y por la misma naturaleza y dignidad. Como hermanos y hermanas, todas las personas están por naturaleza relacionadas con las demás, de las que se diferencian pero con las que comparten el mismo origen, naturaleza y dignidad. Gracias a ello la fraternidad crea la red de relaciones fundamentales para la construcción de la familia humana creada por Dios.

Por desgracia, entre la primera creación que narra el libro del Génesis y el nuevo nacimiento en Cristo, que hace de los creyentes hermanos y hermanas del «primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29), se encuentra la realidad negativa del pecado, que muchas veces interrumpe la fraternidad creatural y deforma continuamente la belleza y nobleza del ser hermanos y hermanas de la misma familia humana. Caín, además de no soportar a su hermano Abel, lo mata por envidia cometiendo el primer fratricidio. «El asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos. Su historia (cf. Gn 4,1-16) pone en evidencia la dificultad de la tarea a la que están llamados todos los hombres, vivir unidos, preocupándose los unos de los otros».[2]

También en la historia de la familia de Noé y sus hijos (cf. Gn 9,18-27), la maldad de Cam contra su padre es lo que empuja a Noé a maldecir al hijo irreverente y bendecir a los demás, que sí lo honraban, dando lugar a una desigualdad entre hermanos nacidos del mismo vientre.

En la historia de los orígenes de la familia humana, el pecado de la separación de Dios, de la figura del padre y del hermano, se convierte en una expresión del rechazo de la comunión traduciéndose en la cultura de la esclavitud (cf. Gn 9,25-27), con las consecuencias que ello conlleva y que se perpetúan de generación en generación: rechazo del otro, maltrato de las personas, violación de la dignidad y los derechos fundamentales, la institucionalización de la desigualdad. De ahí la necesidad de convertirse continuamente a la Alianza, consumada por la oblación de Cristo en la cruz, seguros de que «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia... por Jesucristo» (Rm 5,20.21). Él, el Hijo amado (cf. Mt 3,17), vino a revelar el amor del Padre por la humanidad. El que escucha el evangelio, y responde a la llamada a la conversión, llega a ser en Jesús «hermano y hermana, y madre» (Mt 12,50) y, por tanto, hijo adoptivo de su Padre (cf. Ef 1,5).

No se llega a ser cristiano, hijo del Padre y hermano en Cristo, por una disposición divina autoritativa, sin el concurso de la libertad personal, es decir, sin convertirse libremente a Cristo. El ser hijo de Dios responde al imperativo de la conversión: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2,38). Todos los que respondieron con la fe y la vida a esta predicación de Pedro entraron en la fraternidadde la primera comunidad cristiana (cf. 1 P 2,17; Hch 1,15.16; 6,3; 15,23): judíos y griegos, esclavos y hombres libres (cf. 1 Co12,13; Ga 3,28), cuya diversidad de origen y condición social no disminuye la dignidad de cada uno, ni excluye a nadie de la pertenencia al Pueblo de Dios. Por ello, la comunidad cristiana es el lugar de la comunión vivida en el amor entre los hermanos (cf.Rm 12,10; 1 Ts 4,9; Hb 13,1; 1 P 1,22; 2 P 1,7).

Todo esto demuestra cómo la Buena Nueva de Jesucristo, por la que Dios hace «nuevas todas las cosas» (Ap 21,5),[3] también es capaz de redimir las relaciones entre los hombres, incluida aquella entre un esclavo y su amo, destacando lo que ambos tienen en común: la filiación adoptiva y el vínculo de fraternidad en Cristo. El mismo Jesús dijo a sus discípulos: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15).

Múltiples rostros de la esclavitud de entonces y de ahora

3. Desde tiempos inmemoriales, las diferentes sociedades humanas conocen el fenómeno del sometimiento del hombre por parte del hombre. Ha habido períodos en la historia humana en que la institución de la esclavitud estaba generalmente aceptada y regulada por el derecho. Éste establecía quién nacía libre, y quién, en cambio, nacía esclavo, y en qué condiciones la persona nacida libre podía perder su libertad u obtenerla de nuevo. En otras palabras, el mismo derecho admitía que algunas personas podían o debían ser consideradas propiedad de otra persona, la cual podía disponer libremente de ellas; el esclavo podía ser vendido y comprado, cedido y adquirido como una mercancía.

Hoy, como resultado de un desarrollo positivo de la conciencia de la humanidad, la esclavitud, crimen de lesa humanidad,[4] está oficialmente abolida en el mundo. El derecho de toda persona a no ser sometida a esclavitud ni a servidumbre está reconocido en el derecho internacional como norma inderogable.

Sin embargo, a pesar de que la comunidad internacional ha adoptado diversos acuerdos para poner fin a la esclavitud en todas sus formas, y ha dispuesto varias estrategias para combatir este fenómeno, todavía hay millones de personas –niños, hombres y mujeres de todas las edades– privados de su libertad y obligados a vivir en condiciones similares a la esclavitud.

Me refiero a tantos trabajadores y trabajadoras, incluso menores, oprimidos de manera formal o informal en todos los sectores, desde el trabajo doméstico al de la agricultura, de la industria manufacturera a la minería, tanto en los países donde la legislación laboral no cumple con las mínimas normas y estándares internacionales, como, aunque de manera ilegal, en aquellos cuya legislación protege a los trabajadores.

Pienso también en las condiciones de vida de muchos emigrantes que, en su dramático viaje, sufren el hambre, se ven privados de la libertad, despojados de sus bienes o de los que se abusa física y sexualmente. En aquellos que, una vez llegados a su destino después de un viaje durísimo y con miedo e inseguridad, son detenidos en condiciones a veces inhumanas. Pienso en los que se ven obligados a la clandestinidad por diferentes motivos sociales, políticos y económicos, y en aquellos que, con el fin de permanecer dentro de la ley, aceptan vivir y trabajar en condiciones inadmisibles, sobre todo cuando las legislaciones nacionales crean o permiten una dependencia estructural del trabajador emigrado con respecto al empleador, como por ejemplo cuando se condiciona la legalidad de la estancia al contrato de trabajo... Sí, pienso en el «trabajo esclavo».

Pienso en las personas obligadas a ejercer la prostitución, entre las que hay muchos menores, y en los esclavos y esclavas sexuales; en las mujeres obligadas a casarse, en aquellas que son vendidas con vistas al matrimonio o en las entregadas en sucesión, a un familiar después de la muerte de su marido, sin tener el derecho de dar o no su consentimiento.

No puedo dejar de pensar en los niños y adultos que son víctimas del tráfico y comercialización para la extracción de órganos, para ser reclutados como soldados, para la mendicidad, para actividades ilegales como la producción o venta de drogas, o para formas encubiertas de adopción internacional.

Pienso finalmente en todos los secuestrados y encerrados en cautividad por grupos terroristas, puestos a su servicio como combatientes o, sobre todo las niñas y mujeres, como esclavas sexuales. Muchos de ellos desaparecen, otros son vendidos varias veces, torturados, mutilados o asesinados.

Algunas causas profundas de la esclavitud

4. Hoy como ayer, en la raíz de la esclavitud se encuentra una concepción de la persona humana que admite el que pueda ser tratada como un objeto. Cuando el pecado corrompe el corazón humano, y lo aleja de su Creador y de sus semejantes, éstos ya no se ven como seres de la misma dignidad, como hermanos y hermanas en la humanidad, sino como objetos. La persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, queda privada de la libertad, mercantilizada, reducida a ser propiedad de otro, con la fuerza, el engaño o la constricción física o psicológica; es tratada como un medio y no como un fin.

Junto a esta causa ontológica –rechazo de la humanidad del otro­– hay otras que ayudan a explicar las formas contemporáneas de la esclavitud. Me refiero en primer lugar a la pobreza, al subdesarrollo y a la exclusión, especialmente cuando se combinan con la falta de acceso a la educación o con una realidad caracterizada por las escasas, por no decir inexistentes, oportunidades de trabajo. Con frecuencia, las víctimas de la trata y de la esclavitud son personas que han buscado una manera de salir de un estado de pobreza extrema, creyendo a menudo en falsas promesas de trabajo, para caer después en manos de redes criminales que trafican con los seres humanos. Estas redes utilizan hábilmente las modernas tecnologías informáticas para embaucar a jóvenes y niños en todas las partes del mundo.

Entre las causas de la esclavitud hay que incluir también la corrupción de quienes están dispuestos a hacer cualquier cosa para enriquecerse. En efecto, la esclavitud y la trata de personas humanas requieren una complicidad que con mucha frecuencia pasa a través de la corrupción de los intermediarios, de algunos miembros de las fuerzas del orden o de otros agentes estatales, o de diferentes instituciones, civiles y militares. «Esto sucede cuando al centro de un sistema económico está el dios dinero y no el hombre, la persona humana. Sí, en el centro de todo sistema social o económico, tiene que estar la persona, imagen de Dios, creada para que fuera el dominador del universo. Cuando la persona es desplazada y viene el dios dinero sucede esta trastocación de valores».[5]

Otras causas de la esclavitud son los conflictos armados, la violencia, el crimen y el terrorismo. Muchas personas son secuestradas para ser vendidas o reclutadas como combatientes o explotadas sexualmente, mientras que otras se ven obligadas a emigrar, dejando todo lo que poseen: tierra, hogar, propiedades, e incluso la familia. Éstas últimas se ven empujadas a buscar una alternativa a esas terribles condiciones aun a costa de su propia dignidad y supervivencia, con el riesgo de entrar de ese modo en ese círculo vicioso que las convierte en víctimas de la miseria, la corrupción y sus consecuencias perniciosas.

Compromiso común para derrotar la esclavitud

5. Con frecuencia, cuando observamos el fenómeno de la trata de personas, del tráfico ilegal de los emigrantes y de otras formas conocidas y desconocidas de la esclavitud, tenemos la impresión de que todo esto tiene lugar bajo la indiferencia general.

Aunque por desgracia esto es cierto en gran parte, quisiera mencionar el gran trabajo silencioso que muchas congregaciones religiosas, especialmente femeninas, realizan desde hace muchos años en favor de las víctimas. Estos Institutos trabajan en contextos difíciles, a veces dominados por la violencia, tratando de romper las cadenas invisibles que tienen encadenadas a las víctimas a sus traficantes y explotadores; cadenas cuyos eslabones están hechos de sutiles mecanismos psicológicos, que convierten a las víctimas en dependientes de sus verdugos, a través del chantaje y la amenaza, a ellos y a sus seres queridos, pero también a través de medios materiales, como la confiscación de documentos de identidad y la violencia física. La actividad de las congregaciones religiosas se estructura principalmente en torno a tres acciones: la asistencia a las víctimas, su rehabilitación bajo el aspecto psicológico y formativo, y su reinserción en la sociedad de destino o de origen.

Este inmenso trabajo, que requiere coraje, paciencia y perseverancia, merece el aprecio de toda la Iglesia y de la sociedad. Pero, naturalmente, por sí solo no es suficiente para poner fin al flagelo de la explotación de la persona humana. Se requiere también un triple compromiso a nivel institucional de prevención, protección de las víctimas y persecución judicial contra los responsables. Además, como las organizaciones criminales utilizan redes globales para lograr sus objetivos, la acción para derrotar a este fenómeno requiere un esfuerzo conjunto y también global por parte de los diferentes agentes que conforman la sociedad.

Los Estados deben vigilar para que su legislación nacional en materia de migración, trabajo, adopciones, deslocalización de empresas y comercialización de los productos elaborados mediante la explotación del trabajo, respete la dignidad de la persona. Se necesitan leyes justas, centradas en la persona humana, que defiendan sus derechos fundamentales y los restablezcan cuando son pisoteados, rehabilitando a la víctima y garantizando su integridad, así como mecanismos de seguridad eficaces para controlar la aplicación correcta de estas normas, que no dejen espacio a la corrupción y la impunidad. Es preciso que se reconozca también el papel de la mujer en la sociedad, trabajando también en el plano cultural y de la comunicación para obtener los resultados deseados.
Las organizaciones intergubernamentales, de acuerdo con el principio de subsidiariedad, están llamadas a implementar iniciativas coordinadas para luchar contra las redes transnacionales del crimen organizado que gestionan la trata de personas y el tráfico ilegal de emigrantes. Es necesaria una cooperación en diferentes niveles, que incluya a las instituciones nacionales e internacionales, así como a las organizaciones de la sociedad civil y del mundo empresarial.

Las empresas,[6] en efecto, tienen el deber de garantizar a sus empleados condiciones de trabajo dignas y salarios adecuados, pero también han de vigilar para que no se produzcan en las cadenas de distribución formas de servidumbre o trata de personas. A la responsabilidad social de la empresa hay que unir la responsabilidad social del consumidor. Pues cada persona debe ser consciente de que «comprar es siempre un acto moral, además de económico».[7]

Las organizaciones de la sociedad civil, por su parte, tienen la tarea de sensibilizar y estimular las conciencias acerca de las medidas necesarias para combatir y erradicar la cultura de la esclavitud.

En los últimos años, la Santa Sede, acogiendo el grito de dolor de las víctimas de la trata de personas y la voz de las congregaciones religiosas que las acompañan hacia su liberación, ha multiplicado los llamamientos a la comunidad internacional para que los diversos actores unan sus esfuerzos y cooperen para poner fin a esta plaga.[8] Además, se han organizado algunos encuentros con el fin de dar visibilidad al fenómeno de la trata de personas y facilitar la colaboración entre los diferentes agentes, incluidos expertos del mundo académico y de las organizaciones internacionales, organismos policiales de los diferentes países de origen, tránsito y destino de los migrantes, así como representantes de grupos eclesiales que trabajan por las víctimas. Espero que estos esfuerzos continúen y se redoblen en los próximos años.

Globalizar la fraternidad, no la esclavitud ni la indiferencia

6. En su tarea de «anuncio de la verdad del amor de Cristo en la sociedad»,[9] la Iglesia se esfuerza constantemente en las acciones de carácter caritativo partiendo de la verdad sobre el hombre. Tiene la misión de mostrar a todos el camino de la conversión, que lleve a cambiar el modo de ver al prójimo, a reconocer en el otro, sea quien sea, a un hermano y a una hermana en la humanidad; reconocer su dignidad intrínseca en la verdad y libertad, como nos lo muestra la historia de Josefina Bakhita, la santa proveniente de la región de Darfur, en Sudán, secuestrada cuando tenía nueve años por traficantes de esclavos y vendida a dueños feroces. A través de sucesos dolorosos llegó a ser «hija libre de Dios», mediante la fe vivida en la consagración religiosa y en el servicio a los demás, especialmente a los pequeños y débiles. Esta Santa, que vivió entre los siglos XIX y XX, es hoy un testigo ejemplar de esperanza[10] para las numerosas víctimas de la esclavitud y un apoyo en los esfuerzos de todos aquellos que se dedican a luchar contra esta «llaga en el cuerpo de la humanidad contemporánea, una herida en la carne de Cristo».[11]

En esta perspectiva, deseo invitar a cada uno, según su puesto y responsabilidades, a realizar gestos de fraternidad con los que se encuentran en un estado de sometimiento. Preguntémonos, tanto comunitaria como personalmente, cómo nos sentimos interpelados cuando encontramos o tratamos en la vida cotidiana con víctimas de la trata de personas, o cuando tenemos que elegir productos que con probabilidad podrían haber sido realizados mediante la explotación de otras personas. Algunos hacen la vista gorda, ya sea por indiferencia, o porque se desentienden de las preocupaciones diarias, o por razones económicas. Otros, sin embargo, optan por hacer algo positivo, participando en asociaciones civiles o haciendo pequeños gestos cotidianos –que son tan valiosos–, como decir una palabra, un saludo, un «buenos días» o una sonrisa, que no nos cuestan nada, pero que pueden dar esperanza, abrir caminos, cambiar la vida de una persona que vive en la invisibilidad, e incluso cambiar nuestras vidas en relación con esta realidad.

Debemos reconocer que estamos frente a un fenómeno mundial que sobrepasa las competencias de una sola comunidad o nación. Para derrotarlo, se necesita una movilización de una dimensión comparable a la del mismo fenómeno. Por esta razón, hago un llamamiento urgente a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, y a todos los que, de lejos o de cerca, incluso en los más altos niveles de las instituciones, son testigos del flagelo de la esclavitud contemporánea, para que no sean cómplices de este mal, para que no aparten los ojos del sufrimiento de sus hermanos y hermanas en humanidad, privados de libertad y dignidad, sino que tengan el valor de tocar la carne sufriente de Cristo,[12] que se hace visible a través de los numerosos rostros de los que él mismo llama «mis hermanos más pequeños» (Mt 25,40.45).

Sabemos que Dios nos pedirá a cada uno de nosotros: ¿Qué has hecho con tu hermano? (cf. Gn 4,9-10). La globalización de la indiferencia, que ahora afecta a la vida de tantos hermanos y hermanas, nos pide que seamos artífices de una globalización de la solidaridad y de la fraternidad, que les dé esperanza y los haga reanudar con ánimo el camino, a través de los problemas de nuestro tiempo y las nuevas perspectivas que trae consigo, y que Dios pone en nuestras manos.

Vaticano, 8 de diciembre de 2014

FRANCISCO

[1] N. 1.
[3] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 11.
[4] Cf. Discurso a la Asociación internacional de Derecho penal, 23 octubre 2014: L’Osservatore Romano, Ed. lengua española, 31 octubre 2014, p. 8.
[5] Discurso a los participantes en el encuentro mundial de los movimientos populares, 28 octubre 2014: L’Osservatore Romano, Ed. lengua española, 31 octubre 2014, p. 3.
[6] Cf. Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz, La vocazione del leader d’impresa. Una riflessione, Milano e Roma, 2013.
[7] Benedicto XVI, Cart. enc. Caritas in veritate, 66.
[8] Cf. Mensaje al Sr. Guy Ryder, Director general de la Organización internacional del trabajo, con motivo de la Sesión 103 de la Conferencia de la OIT, 22 mayo 2014: L’Osservatore Romano, Ed. leng. española 6 junio 2014, p. 3.
[9] Benedicto XVI, Carta. enc. Caritas in veritate, 5.
[10] «A través del conocimiento de esta esperanza ella fue “redimida”, ya no se sentía esclava, sino hija libre de Dios. Entendió lo que Pablo quería decir cuando recordó a los Efesios que antes estaban en el mundo sin esperanza y sin Dios» (Benedicto XVI, Carta. enc. Spe salvi, 3).
[12] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24; 270.


Santa María, Madre de Dios, 1 de enero de 2015

TÚ ERES MARÍA, LA MADRE DE DIOS
“María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.” (Lc 2, 19)

Iº lectura: Num 6, 22-27; Salmo: 66; IIº lectura: Gal 4, 4-7; Evangelio: Luc 2, 16-21

Terminamos e iniciamos el año con nuestra madre del cielo: La Virgen María. Hija de Joaquín y Ana, quien dijo SÍ a la palabra de Dios. Madre de Jesús, abrazando con alegría, fe y sin mancha alguna de pecado la voluntad salvífica de Dios. Se consagró totalmente como esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la redención. En el Concilio de Éfeso (a. 431), donde se afirma la naturaleza humana y divina de la única persona del Verbo en Jesucristo, se afirma también la maternidad divina de María.
 
Vivimos el acompañamiento y la guía que durante este tiempo hemos podido compartir junto a ella, en la espera del nacimiento de Jesús, motivo principal por el cual celebramos la Navidad. María Santísima nos acompaña en este itinerario de esperanza.

Ella nos guía por sendas de justicia, de paz, de comprensión, de igualdad. Se nos invita a proclamar el nombre de Dios a todos y en todas partes; dar testimonio de vida en medio de las comunidades como verdaderos cristianos e instruirnos siempre más para llevar el mensaje correcto y veraz que proviene del amor de Dios. En este nuevo año que comienza, junto a los proyectos que la Iglesia diocesana nos presenta, debemos tener en cuenta la oración que cada día debemos elevar a Dios por la Iglesia, el Santo Padre, los obispos, nuestro obispo, los sacerdotes, religiosos y religiosas y todo el pueblo santo de Dios.

La oración es la base que nos ayuda a construir la civilización del amor, a creer, vivir y anunciar el Evangelio y a unirnos cada vez más a Dios y entre nosotros para llevar el mensaje de la verdad que el mundo de hoy necesita. Caminemos juntos, en nombre de Dios, para fomentar la esperanza y la paz, en medio de un mundo que muchas veces se sumerge en la indiferencia y en las crisis sociales, políticas y económicas.

Dios bendiga a todos, a cada una de las familias y a cada corazón, que este año sea de esperanza plena en Dios que nos guía y en María que nos cubre con su manto de amor maternal. Así sea.

“Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, que eres Virgen hecha Iglesia y elegida por el santísimo Padre del cielo, a la cual consagró Él con su santísimo amado Hijo y el Espíritu Santo Paráclito, en la cual estuvo y está toda la plenitud de la gracia y todo bien”
(San Francisco, Saludo a la B.V. María).

José Lucio León Duque

joselucio70@gmail.com

IIIº Domingo de Cuaresma, 7 de marzo de 2021

LA CASA DE DIOS ES NUESTRA CASA “Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.”...