José Lucio León Duque

José Lucio León Duque
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sábado, 26 de noviembre de 2016

I° Domingo de Adviento, 27 de noviembre de 2016

CAMINEMOS HACIA DIOS SIN MIEDO Y CON ALEGRÍA
“La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz”

Iº lectura: Is 2,1-5; Salmo: 121; IIº lectura: Rom 13, 11-14; Evangelio: Mt 24, 37-44

Una vez más las puertas de la esperanza reflejadas en el Adviento se abren a todos los hombres y mujeres que desean formar parte de este itinerario que lleva a comprender una vez más que estamos llamados a ser luz en medio de la oscuridad. Somos obra salida de la mano de Dios, obra que pide el amor del padre amoroso y en el cual confiamos plenamente a pesar de nuestras debilidades. En el camino de la fe, el Señor no nos deja ni abandona. Él nos acompaña y nos enriquece en todo, “en el hablar y el saber” y no nos falta nada porque Dios nos da la gracia y los dones que necesitamos para dar testimonio de vida ante el mundo y en medio de él.

SALIR AL ENCUENTRO DEL SEÑOR CON GOZO

El tiempo de Adviento es un momento favorable en el cual la Iglesia nos muestra su riqueza y su amor para con nosotros. Nos invita a dar pasos importantes respecto a la presencia de Dios en nuestra vida, e igualmente se nos indica la segunda venida de Jesucristo al final de los tiempos. No veamos esto como una amenaza, como algo que mientras más lejos esté o menos se hable de ello es mejor, pues aunque parezca como una situación con lo que terminará nuestra existencia, no es así.

La presencia de Dios es alegría, es gozo; encontrarnos con Él es vivir con sinceridad la unidad, es dar una luz de esperanza a quien la necesita con la certeza que Dios está ahí, junto a nosotros, guiándonos con su luz. Este día y este tiempo, se presenta como una señal pues se nos invita con garantía y seguridad a caminar hacia el encuentro del Señor; se nos motiva a decir con el salmista: “¡qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!

La luz es guía, es lo que se opone a la oscuridad y a las obras que nos alejan de Dios, es lo que se opone a la maldad que entra en el corazón de quien vive sin Él, a las injusticias cometidas por falta de amor, de honestidad, de decisión. San Pablo nos exhorta claramente a despertar, y así darnos cuenta del momento en el que vivimos; nos invita a revestirnos del amor de Jesús para alejar todo aquello que nos aparta de la verdadera vía.

LA MADRE DE LA LUZ

María Santísima nos anima y nos ayuda a vivir en esperanza; ella es ejemplo de fortaleza y sencillez para afrontar la vida tal como debe ser. Confiemos en que ella siempre nos acompaña y nos muestra la vía que nos lleva a Jesús. Que nadie sienta que en su vida falta el amor de Dios, ya que todos estamos llamados a ser testigos del evangelio viviendo como discípulos y misioneros, la unión y el amor que todos los pueblos debemos llevar como única bandera y así obtener la salvación. Esto nos lleva a decir con convicción: unámonos en nombre de Dios para llevar a todos los lugares y a todas las personas el anuncio del mensaje de Jesucristo. Así sea.

José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com


viernes, 18 de noviembre de 2016

Solemnidad de Cristo, Rey del Universo, 20 de noviembre de 2016

ÉL ES QUIEN NOS SALVA, ¡ES EL REY!
“Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen del Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque en él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles.”

Iº lectura: Samuel 5,1-3; Salmo: 121; IIº lectura: Colosenses 1,12-20; Evangelio: Lucas 23,35-43

Celebramos con gozo y alegría la Solemnidad de Cristo Rey del Universo. Es un día de fiesta, en el cual estamos convencidos de la presencia de Jesús en nosotros y de su plena y total soberanía. Es el día para reconocer, con humildad y sencillez, la grandeza y la omnipotencia de Dios que se hace hombre para acercarnos más a Él y hacernos así partícipes de su vida misma.

Jesús es el Rey de reyes, el señor de señores, es quien otorga la más grande recompensa, el amor y la misericordia, hacia quien vive con docilidad y disponibilidad la ayuda al prójimo, reflejo del rostro de Dios en la vida cotidiana.

AYUDAR SIN EXCLUSIÓN

Ante todo, estamos llamados a obrar bien, a ayudar al prójimo y en él a ver con amor el rostro de Jesucristo. Obrar bien es parte del testimonio que debe dar el cristiano, quien es discípulo de Jesús, quien sabe que en el prójimo está presente Dios y su infinito amor. Luego es importante tener en cuenta que el juicio de Dios, es un juicio de misericordia y de amor. Él nos llama a la santidad y nos invita a seguirlo hasta la Cruz; su infinita misericordia juzgará y dará la recompensa que cada uno merece.

Celebrar la Solemnidad de Cristo Rey nos debe hacer reflexionar sobre la necesidad que tenemos de reconocer en Jesús la razón de nuestra vida, a quien debemos imitar y junto con quien debemos caminar. Acerquémonos a Jesús Eucaristía, a Jesús presente en el prójimo y a Jesús vivo en el corazón de todos y cada uno de nosotros.

A lo largo de la historia tenemos el testimonio de muchos cristianos quienes han dado la vida por Cristo como el Rey de sus vidas y, por ello, en nombre de Dios, de la Iglesia de Cristo que vive en nosotros y con el deseo de ayudar cada vez más al prójimo, se pide a todos los cristianos que nuestro lema de vida sea: ¡Viva Cristo Rey!

MARÍA SANTÍSIMA, MADRE DEL REY HUMILDE Y SENCILLO

María, Nuestra Madre, nos enseña la humildad que todo cristiano debe seguir y vivir. Ella es la madre del Rey, la madre del Salvador del hombre, la madre de Dios. Su humildad y sencillez nos permite contemplar un corazón puro y un alma materna que está por encima de cualquier otra cosa. Ella nos da ejemplo de cómo vivir en Dios y a partir de su amor, ser prójimo con el prójimo y verdaderos testigos del evangelio.

Nuestra Misión es clara, es precisa: caminar juntos en Espíritu y Verdad hacia la Paz y Reconciliación para proclamar la verdad, la justicia y la paz en la tarea de evangelización y así poder escuchar: ¡Vengan benditos de mi Padre! Así sea.
José Lucio León Duque


sábado, 29 de octubre de 2016

XXXI° Domingo del Tiempo Ordinario, 30 de octubre de 2016

“HOY ME QUEDARÉ EN TU CASA”
“Tú de todos tienes compasión, porque lo puedes todo y no te fijas en los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado”. (Sab 11, 22)

I° lectura: Sab 11,22–12,2; Salmo: 144; II° lectura: 2Tes 1,11–2,2; Evangelio: Luc 19,1-10

El evangelista Lucas reserva una atención particular en el tema de la misericordia de Jesús. En su narración, de hecho encontramos algunos episodios que evidencian el amor misericordioso de Dios y de Jesús, quien afirma haber venido a llamar no a los justos sino a los pecadores. Uno de los episodios relevantes de este evangelio es la conversión de Zaqueo. Él es un publicano, el jefe de los publicanos de Jericó. Los publicanos cobraban los tributos que los judíos debían pagar al emperador romano, y por esto ya eran considerados públicos pecadores. Aprovechaban de su posición para extorsionar a la gente.

Jesús caminaba por Jericó, se detuvo justo en casa de Zaqueo, suscitó un escándalo general. El Señor sabía muy bien quién era Zaqueo y lo que hacía. Quiso arriesgarse por él y obtuvo su salvación: ese hombre de nombre Zaqueo, profundamente tocado por la visita de Jesús a su casa y a su vida, promete restituir lo que ha robado y el Maestro afirma: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” y concluye “el hijo del hombre el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido”.

Dios no excluye a nadie, ni ricos ni pobres. No se deja condicionar de nuestros prejuicios humanos, sino ve en cada uno un alma para salvar y atrae aquellas que son juzgadas como perdidas y que se consideran como tal. Jesús ha demostrado misericordia, mira siempre la salvación del pecador, ofrece la posibilidad de rescate, comenzar de nuevo, convertirse.

“Su amor nos precede, su mirada se adelanta a nuestra necesidad. Él sabe ver más allá de las apariencias, más allá del pecado, más allá del fracaso o de la indignidad. Sabe ver más allá de la categoría social a la que podemos pertenecer. Él ve más allá de todo eso. Él ve esa dignidad de hijo, que todos tenemos, tal vez ensuciada por el pecado, pero siempre presente en el fondo de nuestra alma. Es nuestra dignidad de hijo. Él ha venido precisamente a buscar a todos aquellos que se sienten indignos de Dios, indignos de los demás. Dejémonos mirar por Jesús, dejemos que su mirada recorra nuestras calles, dejemos que su mirada nos devuelva la alegría, la esperanza, el gozo de la vida.” (Homilía de S.S. Francisco, 21 de septiembre de 2015).

En el caso de Zaqueo, el mensaje de Jesús, su palabra y su misericordia han sido recibidos en su corazón. No lo condena, sino que lo acoge, lo ama y lo lleva al buen camino. Oremos para que también nosotros podamos experimentar el gozo de ser visitados por Jesús, renovados en su amor, y transmitir a los demás su misericordia.

Nuestra Madre del Cielo nos guía en nuestro camino. Ella nos da el ejemplo de lo que debemos ser y hacer en nuestra vida: escuchar la Palabra de Dios, conservar en nuestros corazones su mensaje y ser disponibles al servicio a favor de los más débiles. Así sea.

José Lucio León Duque

joselucio70@gmail.com

sábado, 22 de octubre de 2016

XXX° Domingo del Tiempo Ordinario, 23 de octubre de 2016

SEÑOR, TEN PIEDAD DE MÍ
“El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja…”

I° lectura: Eclo 35, 15b- 17.20-22ª; Salmo: 33; II° lectura: 2Tim 4, 6-8. 16-18; Evangelio: Lc 18,9-14

La humildad al momento de pedir perdón se expresa con actitudes coherentes y palabras con sentido; es una de las acciones más sublimes, ya que forma parte del amor. Ni los títulos, ni el manejo desordenado del dinero, ni una determinada posición social, podrán ser garantes de humildad; esto nos lleva a reflexionar sobre lo que en la liturgia de este domingo se nos presenta: pedir perdón con sincero arrepiento y saber escuchar la voz de Dios.

PEDIR PERDÓN DE CORAZÓN

No se puede orar a Dios con la soberbia en el corazón, con la envidia y el desprecio hacia los demás. Se ora con el corazón colmado de humildad, misericordia, piedad, compasión hacia los demás, hacia todos sin excepción. Todos somos pecadores y todos tenemos necesidad de su misericordia y debemos pedir perdón por nuestros pecados y enmendar nuestros errores. Dios escucha la oración de quien se reconoce pecador ante Él y pide perdón para sí y para el prójimo. 

“¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.”  Cuánta arrogancia hay en estas palabras y aunque nos escandalicemos, muchas veces somos los primeros que las decimos, comparando a los demás de manera injusta. Cuántas veces, miramos a los demás de arriba hacia abajo, lo vemos como “pobrecitos”, insignificantes y demás. De nuestros ojos sale desprecio, juicios negativos y muchas veces lo hacemos para exaltarnos, creyéndonos mejor que los demás. Nos colocamos ante los demás como quien tiene mejores cualidades, como si portarse bien es privilegio de pocos.

Se podría decir que juzgar a los demás es una falta de amor extrema, donde la soberbia supera la humildad y se dejan de lado las virtudes, muchas o pocas, que se puedan tener. Si la oración no inicia con humildad y ella no es realmente apegada al amor de Dios, se cae en la hipocresía y se olvida el propio pecado. Acudamos a Dios con humildad, sencillez y docilidad, esa es la actitud del verdadero cristiano.

CON MARÍA SANTÍSIMA, MADRE DEL AMOR

En el Magnificat, María Santísima nos enseña a proclamar la grandeza de Dios y de su amor. En ella se cumple la Palabra de Dios y a través de ella podemos hacer vida lo que su Hijo nos enseña. Ella, madre del amor, nos muestra el camino a seguir y cómo un verdadero cristiano debe ser testigo del amor de Dios en medio del mundo y de la vida cotidiana. Así sea.

José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com


sábado, 15 de octubre de 2016

XXIX° Domingo del Tiempo Ordinario, 16 de octubre de 2016

EL HOMBRE DE HOY CLAMA JUSTICIA
“¿Creen ustedes acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a Él día y noche, y que los hará esperar? Yo les digo que les hará justicia sin tardar.” 

Iº lectura: Ex 17, 8-13; Salmo: 120; IIº lectura: II Tim 3,14- 4,2; Evangelio: Lc 18, 1-8

Nos ha sucedido, que al menos una vez en la vida, al encontramos en un momento difícil, alguien nos ha aconsejado la oración para encontrar paz y sosiego a nuestra alma; y clamar insistentemente al cielo la justicia que necesitamos. La liturgia de este domingo, día del Señor, insiste en este tema.

LA ORACIÓN PERSEVERANTE

La oración piadosa, inundada de fe, hecha con absoluta confianza, con total desprendimiento de egoísmo, vanidad o avaricia y con la certeza que sin Él no se puede hacer nada; ésa, es la que nos da la “posibilidad” de obtener lo que pedimos. Y digo “posibilidad” porque nuestra oración no es una orden impuesta a Dios, ni Él está obligado a cumplir nuestra voluntad; es Dios en Su infinita sabiduría, quien considera lo que es justo e injusto, y finalmente hace Su voluntad, que siempre será lo mejor para sus hijos, así no lo entendamos.

El Evangelio de hoy, señala una de estas cosas malas: la injusticia de los hombres. En este caso la injusticia es cometida tanto por el adversario de la viuda como por el juez, quien se supone sea la persona encargada de administrar la “justicia”. Pero la justicia divina es superior a la terrenal. Dios juzgará y actuará como juez honesto y justo, sólo debemos ser pacientes y aguardar como aquella viuda, a que llegue el momento, porque Dios, al escuchar nuestra súplica, sin duda alguna responderá y nos ayudará.

La oración y la reflexión personal, junto con el conocimiento y la profundización en la Sagrada Escritura, hacen del cristiano, alguien pleno de la sabiduría, de una sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe; es decir, a alguien “perfecto y preparado para toda obra buena” (2Tim 3, 17). Veamos, pues, en todo esto, el valor fundamental de la oración, su influencia en el hombre y la receptividad con que Dios la acoge.

Venceremos el mal con la fuerza de la oración y con la práctica de la virtud; virtud entendida no como una simple idea humana o filosófica, sino entendida de una manera más sublime, que eleva lo humano y lo acerca a Dios, algo que solo la fuerza del amor de Dios puede donar.

MARÍA, GUÍA DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

Seguir a Jesús es caminar por la senda de la justicia, es garantía para sentir Su amor en nuestro corazón, es tener la certeza de que todo mejorará. Nuestra madre del Cielo, María del Táchira, nos sigue llevando de la mano para perseverar cada día y dar testimonio de la justicia de Dios en espíritu y verdad como discípulos y misioneros. Así sea.


José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

viernes, 7 de octubre de 2016

XXVIII° Domingo del Tiempo Ordinario, 9 de octubre de 2016

“LOS OTROS NUEVE, ¿DONDE ESTÁN?”

I° lectura: 2Re 5,14-17; Salmo: 97; II° lectura: 2Tim 2,8-13; Evangelio: Luc 17,11-19

Diez leprosos piden a Jesús les cure y, una vez curados, Él les manda donde los sacerdotes quienes eran los encargados de constatar la curación y ofrecer al Señor el sacrificio prescrito por la Ley. Jesús cumple los mandamientos, nunca ha violado ni una sola norma, siendo fiel a cada obligación y presentándose como modelo de obediencia.

La lepra era una plaga social más que física, en cuanto excluía a quien la padecía considerándolo impuro. Nueve de los diez leprosos curados se muestran desagradecidos, aun habiendo sido librados de la enfermedad física, recuperando la dignidad pública, la aceptación social, la consideración de sus paisanos. Se fueron tranquilos, resueltos, gozosos del beneficio obtenido. Solo uno de ellos, un samaritano, da gracias a Dios por el prodigio de curación obtenido. Él tuvo la fuerza en el corazón más que en la ley, y viéndose curado, sintió un gran gozo por haber recobrado la vida, regresando hasta Jesús y reconociendo en Él no un curandero, sino el enviado, el Mesías, cumpliendo un acto de adoración que se debe solo a Dios.

No es extraño ver en la vida cotidiana esta actitud: se obtienen buenos resultados, se superan obstáculos, peligros, situaciones difíciles, y no se considera a quienes han ayudado a que esto sea una realidad.  Pocas veces se piensa en demostrar reconocimiento y agradecer a quienes nos han dado la mano en un determinado objetivo o en alguna situación particular, obviamente con aquellas excepciones que dan un espacio a la esperanza.

Agradecer significa admitir haber recibido un beneficio del cual hemos sido participes. El leproso curado admite y reconoce la gratuidad del don de Dios, su inmerecida recompensa, su pequeñez ante su inmensidad, por lo que decir gracias es un acto de amor, sencillez y transparencia ante la misericordia de Dios.

La ingratitud es propia de quien, habiendo recibido un beneficio, piensa solamente gozar y vivir lo que recibió pero en sentido único, olvidando el hecho de agradecer. Ingratitud es alejarse del prójimo que nos ha apenas ayudado para concentrarse solo en sí mismo. Reconocer en cambio es el valor más alto de la estima, del agradecimiento y del amor a Dios.

Quien agradece a Dios es realmente un hombre de Fe y ese sentido de agradecimiento debe ser una constante experiencia de nuestra relación con Dios, considerando que cada gesto de agradecimiento es manifestación de Dios en el prójimo. Esto nos debe llevar a ver en el otro el rostro de Cristo y su presencia en medio de nosotros. Es por ello que nunca debemos cansarnos de dar gracias al autor de la vida en cada momento de nuestra existencia, siendo testigos del amor recibido como aquel leproso curado que regreso a decirle a Jesús: GRACIAS.

MARÍA SANTÍSIMA, MADRE DEL AGRADECIMIENTO

Con su SI, nuestra Madre del Cielo, nos enseña a que reconociendo la grandeza de Dios podemos decirle SI y hacer lo que El nos diga. Ella nos guía por el camino y nos acompaña en el itinerario de Fe al que todos estamos llamados a participar con sinceridad y convicción. Así sea.

José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com




XXVIII° Domingo del Tiempo Ordinario, 9 de octubre de 2016

“LOS OTROS NUEVE, ¿DONDE ESTÁN?”

I° lectura: 2Re 5,14-17; Salmo: 97; II° lectura: 2Tim 2,8-13; Evangelio: Luc 17,11-19

Diez leprosos piden a Jesús les cure y, una vez curados, Él les manda donde los sacerdotes quienes eran los encargados de constatar la curación y ofrecer al Señor el sacrificio prescrito por la Ley. Jesús cumple los mandamientos, nunca ha violado ni una sola norma, siendo fiel a cada obligación y presentándose como modelo de obediencia.

La lepra era una plaga social más que física, en cuanto excluía a quien la padecía considerándolo impuro. Nueve de los diez leprosos curados se muestran desagradecidos, aun habiendo sido librados de la enfermedad física, recuperando la dignidad pública, la aceptación social, la consideración de sus paisanos. Se fueron tranquilos, resueltos, gozosos del beneficio obtenido. Solo uno de ellos, un samaritano, da gracias a Dios por el prodigio de curación obtenido. Él tuvo la fuerza en el corazón más que en la ley, y viéndose curado, sintió un gran gozo por haber recobrado la vida, regresando hasta Jesús y reconociendo en Él no un curandero, sino el enviado, el Mesías, cumpliendo un acto de adoración que se debe solo a Dios.

No es extraño ver en la vida cotidiana esta actitud: se obtienen buenos resultados, se superan obstáculos, peligros, situaciones difíciles, y no se considera a quienes han ayudado a que esto sea una realidad.  Pocas veces se piensa en demostrar reconocimiento y agradecer a quienes nos han dado la mano en un determinado objetivo o en alguna situación particular, obviamente con aquellas excepciones que dan un espacio a la esperanza.

Agradecer significa admitir haber recibido un beneficio del cual hemos sido participes. El leproso curado admite y reconoce la gratuidad del don de Dios, su inmerecida recompensa, su pequeñez ante su inmensidad, por lo que decir gracias es un acto de amor, sencillez y transparencia ante la misericordia de Dios.

La ingratitud es propia de quien, habiendo recibido un beneficio, piensa solamente gozar y vivir lo que recibió pero en sentido único, olvidando el hecho de agradecer. Ingratitud es alejarse del prójimo que nos ha apenas ayudado para concentrarse solo en sí mismo. Reconocer en cambio es el valor más alto de la estima, del agradecimiento y del amor a Dios.

Quien agradece a Dios es realmente un hombre de Fe y ese sentido de agradecimiento debe ser una constante experiencia de nuestra relación con Dios, considerando que cada gesto de agradecimiento es manifestación de Dios en el prójimo. Esto nos debe llevar a ver en el otro el rostro de Cristo y su presencia en medio de nosotros. Es por ello que nunca debemos cansarnos de dar gracias al autor de la vida en cada momento de nuestra existencia, siendo testigos del amor recibido como aquel leproso curado que regreso a decirle a Jesús: GRACIAS.

MARÍA SANTÍSIMA, MADRE DEL AGRADECIMIENTO

Con su SI, nuestra Madre del Cielo, nos enseña a que reconociendo la grandeza de Dios podemos decirle SI y hacer lo que El nos diga. Ella nos guía por el camino y nos acompaña en el itinerario de Fe al que todos estamos llamados a participar con sinceridad y convicción. Así sea.

José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com




jueves, 29 de septiembre de 2016

XXVII° Domingo del Tiempo Ordinario, 2 de octubre de 2016

“AUMENTANOS LA FE”
“Reaviva el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio.”  (Tim 1, 6)

I° lectura: Hab 1,2-3;2,2-4; Salmo: 94; II° lectura: Tim 1,6-8.13-14; Evangelio: Luc 17,5-10

La fe es un don que viene de lo Alto, que está en continuo crecimiento y requiere la transformación de nuestro corazón, de la misma vida. Se reaviva y se conquista cotidianamente con nuestra fidelidad y nuestra relación con Dios. Una relación que Jesús define con la comprensión de ser “siervos inútiles” (Lc 17,10) y hace aumentar la percepción de ser hijos amados, apreciados, convocados como familia de Dios que somos, y que por consiguiente, corresponde a su llamada para así gustar y encontrar nuestra verdadera casa: la gloria. “Es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe, pues cuando su llama se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre.” SS. Francisco, Lumen Fidei, 4.

REAVIVAR EL DON DE DIOS

Jesús da a sus discípulos una regla sencilla la cual todos, sin excepción, podrán observar. Las cosas complejas y difíciles no pertenecen a Jesús, Él ama la sencillez. La cruz es su perfecta sencillez y entrega, pues ella es reflejo y testimonio de la obediencia pura.

Para Jesús la sencillez de la Fe y su pequeñez se llama obediencia y docilidad: obediencia a su palabra que transforma la vida con docilidad. “La mayor prueba de la fiabilidad del amor de Cristo se encuentra en su muerte por los hombres. Si dar la vida por los amigos es la demostración más grande de amor (cf. Jn 15,13), Jesús ha ofrecido la suya por todos, también por los que eran sus enemigos, para transformar los corazones.” SS. Francisco, Lumen Fidei, 16.

Jesús pide que la obediencia sea vivida en la humildad, sin pretensiones ante Dios. Obedecer es el fruto de la naturaleza humana. Un árbol que produce frutos según su naturaleza, obedece a lo que le es propio, sin necesidad de grandes espectáculos ni nada de extraordinario.  Así como la naturaleza del árbol obedece dando frutos, así la naturaleza del hombre obedece en la transformación de la palabra en vida, para sí mismo y para los demás.

Fructificar implica saber donarse, ayudar al prójimo, siendo testigos de lo que el mismo Señor nos pide expresar: "Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer." (Lc 17, 10). Esto nos lleva a entender la necesidad de sembrar cada día lo que realmente se hace menester en la vida del hombre: la paz, la fraternidad, la entrega, la caridad hacia los demás. “Al hombre que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que le acompaña, con una historia de bien que se une a toda historia de sufrimiento para abrir en ella un resquicio de luz. En Cristo, Dios mismo ha querido compartir con nosotros este camino y ofrecernos su mirada para darnos luz. Cristo es aquel que, habiendo soportado el dolor, « inició y completa nuestra fe » (Hb 12,2).” SS. Francisco, Lumen Fidei, 57.

MADRE DE LA FE
“Podemos decir que en la Bienaventurada Virgen María se realiza…que el creyente está totalmente implicado en su confesión de fe. María está íntimamente asociada, por su unión con Cristo, a lo que creemos.” SS. Francisco, Lumen Fidei, 59. Ella nos guie por caminos de Esperanza, Fe y Caridad. Así sea.

José Lucio León Duque

joselucio70@gmail.com

viernes, 23 de septiembre de 2016

XXVI° Domingo del Tiempo Ordinario, 25 de septiembre de 2016

ME ENCONTRÉ CON EL POBRE LÁZARO
“El Señor siempre es fiel a su palabra, y es quien hace justicia al oprimido; él proporciona pan a los hambrientos y libera al cautivo”

Iº lectura: Am 6, 1.4-7; Salmo: 145; IIº lectura: 1Tim 6,11-16; Evangelio: Lc 16, 19-31

Para alcanzar la vida eterna es necesario reafirmar cada vez más nuestra fe. Ella es la morada en la que todos y cada uno de nosotros vivimos en el tiempo y en la eternidad. Cada día es una oportunidad para luchar y vivir en la justicia y tras ella, es el momento para levantar nuestra mirada a Dios y con piedad sincera seamos testimonio de vida con caridad, paciencia y dulzura (segunda lectura). 

Todo ello nos ayudará a vivir la verdadera fe, no una confianza falsa en el culto y en la misma religión olvidando el sentido verdadero del amor a Dios (primera lectura), tampoco una veneración exagerada en pseudo-doctrinas que nada tienen que ver con la vida en Dios, en conclusión: la eternidad está asegurada para aquellos que viven una vida de fe, que actúa por medio de la caridad y no se deja llevar por la avaricia…

LÁZARO ESTÁ AHÍ…El tiempo es un tesoro, una riqueza. En la lectura del evangelio se hace evidente una situación social particular: la vida de opulencia de Epulón y la sencillez del pobre Lázaro. El primero se jacta de poseer, de ser quien tiene el poder, dedica tiempo a descansar y a pasarla bien. El segundo tiene una condición indigente, no posee nada material, se conforma con lo que cae de la mesa del rico, no se queja. 

En ambos casos se denota el problema de una condición social pero más allá de eso, se evidencia el juicio de Dios en el tiempo y en la eternidad sobre la actitud tomada ante la riqueza y la pobreza. Diariamente encontramos personas pidiendo ayuda económica, mendigando un pedazo de pan, durmiendo en la calle; gente sin esperanza, sin vivienda, sin nada… podemos entonces afirmar: me encontré con el pobre Lázaro.

Al respecto surge una pregunta entre las tantas que pudiésemos realizar: ¿nos sentimos seguros de lo que poseemos? ¿damos el primer lugar a las cosas materiales dejando de lado la actitud honesta y sincera ante Dios? Recordemos que Lázaro está en medio de nosotros, Lázaro vive en nuestro entorno, clama al cielo para que en la tierra, el corazón del hombre sea dócil y pueda ser testigo del amor de Dios.

MARÍA, EJEMPLO DE HUMILDAD…El camino de la fe es guiado por María, madre de la humildad. Ella nos lleva de la mano a Jesús y nos enseña que la verdadera riqueza está en aceptar la voluntad de Dios, en decir sí, en confiar plenamente en los planes que Él tiene para con nosotros y que nos lleva a la felicidad plena. Así sea.

José Lucio León Duque


IIIº Domingo de Cuaresma, 7 de marzo de 2021

LA CASA DE DIOS ES NUESTRA CASA “Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.”...