José Lucio León Duque

José Lucio León Duque
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viernes, 23 de julio de 2010

XVIIº domingo del tiempo ordinario


Servir y no ser servido…

“Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: "Creí, por eso hable", también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con ustedes.”


I° lectura: Hech 4, 35; 5, 12.27-33; 12,2; Salmo 66; II° lectura: IICor 4, 7-15; Evangelio: Mt 20, 20- 28


La Iglesia católica, una y santa, Iglesia fundada por Jesucristo, nuestro maestro y Señor, nos da la posibilidad de encontrar en ella la fuente de paz, de amor, de esperanza que todos necesitamos. La alabanza que cada cristiano debe expresar y experimentar para con Dios, es una manifestación clara y precisa del amor, la obediencia, el conocimiento y la vida en Él, de su presencia verdadera y real en el corazón del hombre y en medio de su pueblo…


Servir de corazón…

La liturgia de hoy nos llama a vivir el Evangelio con el corazón, como miembros de la Iglesia que busca la justicia, la verdad, la esperanza. Jesús enseña a los apóstoles el modo de vivir de quien sigue sus pasos: “el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor.” La identidad del cristiano se debe manifestar en una vida austera y santa, en dedicación incondicionada para con los demás. El Evangelio de este domingo nos refiere una pregunta que es muy actual: ¿somos capaces de seguir a Jesús? Se nos dan unas indicaciones precisas que mueven el corazón y la vida del hombre a sentir esa llamada como símbolo del amor y la confianza que tiene para con todos. La Palabra de Dios tiene connotación universal, es para todos y en todos debe ser manifestación de salvación, de servicio, de liberación, de superación de obstáculos, de purificación de nuestros corazones, de destrucción del maligno que muchas veces se encarga de dañar la vida de quienes deseamos caminar en el amor de Jesús.


En nombre de Jesús y de María

La madre de Jesús, nuestra madre, nos da la mano, nos guía y nos conduce a la vida en Dios. Ella, madre del maestro del amor y del servicio, nos muestra en Jesús el remedio de nuestra debilidad, nos muestra en Él la renovación de nuestra vida, ya que nos ayuda a abrir los ojos ante la gama de problemas que existen y que se resuelven o se alivian con fe, esperanza y caridad. Así sea.


"No podemos anunciar a Jesucristo, si no nos ponemos a su servicio".

(Beato Juan XXIII)


P. José Lucio León Duque

joselucio70@gmail.com

miércoles, 14 de julio de 2010

XVIº Domingo del Tiempo Ordinario


Elegir la mejor parte…
“Me alegro de sufrir por ustedes: así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia”

Iº lectura: Gen 18, 1-10; Salmo: 14; IIº lectura: Col 1, 24-28; Evangelio: Lc 10, 38-42

La liturgia dominical llena la vida del hombre en su totalidad, ya que Dios habita de manera permanente y total en nosotros, haciéndonos parte de su vida divina. El Señor nunca pasa de largo, está cerca de nosotros. La petición que se hace en la primera lectura es lógica y conmovedora, uniéndose a lo que el Salmo 14 nos recuerda: el que obra bien, quien obra en la justicia, “dice la verdad de corazón y no calumnia con su lengua”, quien no daña a nadie, al prójimo; quien actúa así, vivirá bien…

Anunciar a Cristo…
San Pablo nos transmite algo muy significativo y real: se alegra por los padecimientos que soporta por los demás y cómo completa en su carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo. Esto lo hace en favor de la Iglesia, de aquellos que necesitan ser escuchados, liberados de enfermedades, de problemas, de situaciones difíciles. Es en Cristo que somos libres, es en Él en que nosotros sentimos y vivimos la renovación de nuestro ser. San Lucas nos enseña cómo la Palabra de Dios es fundamental en el crecimiento de la vida espiritual. ¿Cuántas veces agradecemos a Dios por lo que nos da?, y ¿cuántas veces nos quejamos de las actividades que hacemos? En Dios encontramos la mejor parte, en Él tenemos nuestra esperanza y nuestro presente, en Él estamos tranquilos y tenemos la seguridad que caminaremos bien. ¿Hemos elegido la mejor parte?, ¿estamos seguros que la parte elegida es la que está de la parte de Dios? Esta es una reflexión de hoy y para hoy, que resuena a cada momento y nos muestra el camino a seguir: paz, tranquilidad, sinceridad, verdad, equilibrio, comprensión, amor. No dejemos a Dios como un espectador ante la situación que se vive actualmente. Como cristianos tenemos el deber de escuchar a Dios, hablar con Él y hablar de Él; nuestra predicación es el amor de Dios y la expansión de su palabra. Llevemos a todos el mensaje del evangelio, viendo el clamor de aquellos que nos piden más testimonio de vida cristiana y de formación humana: dejemos las discusiones, las inseguridades infundadas, la autosuficiencia sin sentido, las creencias sin bases de fe. Seamos fieles a Dios, seamos seguidores y servidores de su palabra. Cumplamos con nuestro deber y dediquemos nuestra vida a la acción amorosa de Dios quien pide renovarnos siempre más…

María Santísima nos acompaña
Nuestra madre de cielo nunca nos deja solos. Pidamos con convicción la paz, el amor y la concordia para nuestra patria. Que cada hombre y mujer de Venezuela sintamos la presencia real de Dios en nuestros corazones, siendo discípulos y misioneros en compañía de María, Madre de todos sin excepción. Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

jueves, 8 de julio de 2010

XVº Domingo del Tiempo Ordinario


“Anda, haz tú lo mismo…”

“Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.”


Iº lectura: Dt 30, 10-14; Salmo: 68; IIº lectura: Col 1, 15-20; Evangelio: Lc 10, 25-37


Ser cristianos no es que sea difícil, lo difícil es darnos cuenta que debemos practicar la justicia y la misericordia como elementos fundamentales para vivir como sinceros y verdaderos discípulos de Jesús. Actualmente son muchos los caminos equivocados que se presentan y la actitud inerte de muchos ante las necesidades del prójimo, debe hacernos reflexionar cada vez más…


El camino de la caridad…

Jesús no da rodeos ante la pregunta del legista. Jesús da una enseñanza precisa y las pautas a seguir. La dignidad humana vale más que los títulos, que las culturas o las razas. El hombre, imagen y semejanza de Dios, es el espejo donde cada uno debe mirarse para darse cuenta el camino que se debe seguir. ¿Qué debemos hacer? La respuesta la encontramos en lo que hizo el samaritano: mirar más allá de cualquier uso social u otras situaciones o condiciones. Por encima de todo está el deber de ayudar, colaborar, usar misericordia para quien la necesita, ser verdaderos discípulos de Jesús. Hoy día hay muchos heridos en las calles de la vida; hay muchas personas (podemos ser nosotros mismos), golpeadas y dejadas en peligro de la muerte inminente causada por los golpes mortales de una sociedad carente de respeto hacia la dignidad del ser humano. No seamos partícipes de las injusticias que puedan formar parte de la sociedad, seamos portavoces de tranquilidad, de equidad, de armonía, de paz. La justicia y la misericordia se viven en la medida que estemos convencidos que Jesús es maestro de amor, no dejemos perder ni pasar esta oportunidad en el camino de la vida en la que estamos inmersos.


María, la madre de todos…

María Santísima nos enseña a caminar de la mano con Jesús y a transmitir el evangelio a todos. Seamos discípulos y misioneros, no teniendo miedo a los que, burlándose del mismo Dios, dañan la dignidad de los hombres, olvidando que todos somos imagen y semejanza de Dios. Así sea.


“La paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia, es indudable que no puede establecerse ni consolidarse si no se respeta fielmente el orden establecido por Dios.” Beato Juan XXIII

P. José Lucio León Duque

joselucio70@gmail.com

viernes, 25 de junio de 2010

XIIIº Domingo del Tiempo Ordinario, 27 de junio de 2010


Amar para liberar…

“Hermanos: Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado. Por tanto, manténgase firmes, y no se sometan de nuevo al yugo de la esclavitud. Hermanos, su vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche la carne; al contrario, sean esclavos unos de otros por amor.”


Iº lectura: I Re 19, 16b. 19-21; Salmo: 15; IIº lectura: Gal 5, 1. 13-18; Evangelio: Lc 9, 51-62


La Sagrada Escritura continúa cultivando el amor incondicional con el cual debemos seguir las huellas que Dios deja en nuestras vidas. Es un camino en el cual la llamada que Dios realiza se presenta en varios aspectos que serán tema de reflexión en este domingo. La vocación que hoy se nos muestra, se puede mirar desde algunos puntos de vista que, desde la creación del mundo, se revela en la acción de Dios: su palabra hace resplandecer el amor y la esperanza en medio de la oscuridad que muchas veces se nos presentan.


La vocación: camino de libertad

Una primera escena la encontramos en la vocación de Eliseo, heredero y discípulo de Elías, quien es revestido de una insignia profética y que, en adelante, tendrá abierto un nuevo horizonte, lleno de luz y a la vez atormentado. Una segunda escena la presenta San Lucas, quien presenta las palabras de Jesús como una propuesta radical y a la cual, cada uno de nosotros debe responder. Una tercera escena se muestra en la condición del Hijo de Dios: El no se apega a las cosas materiales y enseña a quien desea seguirlo, la pobreza que se debe vivir. Una cuarta escena se propone en el modo cómo se viven los afectos, que aún pareciendo paradójico, enseña a tener y practicar la prioridad al momento de manifestar nuestro amor a Dios. Todo esto se centra en la misma llamada de Jesús, quien en el Evangelio, muestra una vocación precisa: la cruz en Jerusalén. Hacia ella se dirige, con amor total e incondicional, con una exigencia que nos pide también a nosotros. Nuestra vocación por tanto, debe ser impregnada y vivida en el amor, en la misericordia, en la esperanza y en la libertad, solo así obtendremos la salvación que nos hará libres en medio de un mundo lleno de vicisitudes. Ella se presenta como una llamada, no como “dejar algo” o “alguien” para perder, sino “perder” para encontrar la vía que nos lleva al amor que Dios nos regala.


María Santísima: libre y humilde

Nuestra Madre del cielo nos enseña con su vida, como debemos ser: libres y humildes. Ella, madre de Jesús y madre nuestra, nos muestra un camino de salvación, el cual se hará vida cada vez que como ella digamos con fe y esperanza: “hágase en mi según tu palabra”; es la libertad y el compromiso que se traducen en la vida cotidiana, ayudando a todos sin excepción. Así sea.


p. José Lucio León Duque

joselucio70@gmail.com

viernes, 18 de junio de 2010

Domingo XII del Tiempo Ordinario

Con la cruz de cada día

“Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ese la encontrará”


Iº lectura: Za 12, 10-11; 13, 1; Salmo: 62; IIº lectura: Gal 3, 26-29; Evangelio: Lc 9, 18-24


Se nos presenta en la liturgia de este domingo un doble retrato: el de Jesús y el del discípulo. El rostro de Jesús se compone a través de una serie de pruebas que comprenden lineamientos siempre más precisos. Uno de los esos aspectos los da quien dice que Jesús es Juan Bautista, ya que ambos tienen en común elementos que deja entrever, entre otros, la conversión como un elemento fundamental en la vida de quien desea vivir en Dios. La conversión y el anuncio del Reino de Dios, serán fundamentales en la predicación de Jesucristo, aún así, Él va más allá tanto en la palabra como en las acciones. En la perspectiva del discípulo, es necesario tener disponibilidad y entrega diaria, así se podrá conocer y vivir más profundamente el mensaje que Jesús ofrece a quienes siguen sus pasos.


La cruz, medio de salvación…

Para la “gente” del momento, Jesús no es una novedad absoluta, ya que entra en las filas de los hombres excepcionales, que han llevado al mundo una palabra divina capaz de mover los corazones y las conciencias, como es el caso de San Juan Bautista, Elías y los profetas. Por nosotros responde Pedro, quien indica a Jesús como “El Mesías de Dios”, es decir, el consagrado en el Espíritu divino que ofrece a la humanidad la palabra y la presencia perfecta y definitiva de Dios en nuestra historia. Él es el Salvador, la potencia liberadora de Dios que penetra como levadura en la fría masa de nuestra humanidad. Se nos invita a tomar la cruz, teniendo en cuenta el detalle que nos debe hacer reflexionar: tomarla y llevarla cada día. Adherirnos a la cruz significa esforzarnos en cultivar los pequeños detalles que nos mueven a cumplir la voluntad de Dios a través de obras sencillas, de la piedad que debemos expresar en nuestra relación con Dios, de la fidelidad continua y permanente hacia Él. El sufrimiento de Cristo y el trabajo cotidiano del cristiano no es un tipo de masoquismo, es una invitación precisa: resucitar y salvarse. El horizonte que el dolor y la fidelidad cristiana nos ofrecen, se abre a la liberación y a la salvación a la que todos debemos aspirar sin excepción. Por ello, la cruz, nuestra cruz, debe ser llevada siempre con amor, con fidelidad, con constancia, cada día y “no a ratos”.


María y su amor por la cruz

Encomendemos nuestra vida a la Santísima Virgen María, nuestra Madre. Ella con humildad, sencillez y fidelidad, nos enseña a amar con todo nuestro ser la cruz que su Hijo nos da. Como discípulos y misioneros en la Nueva Evangelización, seamos testigos del Evangelio de la verdad, llevando la cruz con amor, ofreciendo como propósito el deseo constante de ser fieles a la invitación de Jesús. Así sea.


P. José Lucio León Duque

joselucio70@gmail.com

viernes, 28 de mayo de 2010

La Santisima Trinidad


Fuente de paz y de amor…

“…nos gloriamos hasta de los sufrimientos, pues sabemos que el sufrimiento engendra la paciencia, la paciencia engendra virtud sólida, la virtud sólida engendra la esperanza y la esperanza no defrauda…”


I°lectura: Pro 8, 22-31; Salmo: 8; II°lectura: Rom 5,1-5; Evangelio: Jn 16, 12-15


El gozo del amor de Dios nos regala una gran fiesta. La Pascua no termina, Emaús continua haciéndose vida cada día; la presencia de Jesús en el cenáculo del corazón del hombre es símbolo constante en la espiritualidad de todos los cristianos. Cada celebración inicia invocando la Trinidad: en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Es así que, nombrando con el corazón y los labios a Dios, somos testigos de su vida en nosotros. En este domingo se nos invita a alabar a Dios y admirarlo en sus obras y acciones; pidiendo constantemente su amor y su misericordia para que, creyendo en Él, seamos partícipes de la salvación.


La comunión con la Trinidad es vida…

La liturgia de la palabra, nos propone tener paz y vivir en ella. Ella es parte fundamental del comportamiento del cristiano, que desea cumplir la voluntad de Dios. A través de los siglos, se ha dado importancia suma a la presencia de la Trinidad en la vida del hombre y ello conlleva a meditar sobre las tres personas divinas. El padre, creador y rico en misericordia, nos muestra la grandeza de cada ser creado, de cada cosa que existe, de todo aquello que nos hace alabar su nombre y glorificarlo por siempre. El Hijo, salvador y hermano nuestro, por quien todo existe y en quien debemos confiar, escuchar su palabra y seguirlo como fieles discípulos. El Espíritu Santo, el santificador, que nos consuela, nos anima y dirige nuestros corazones a estar convencidos de su presencia en medio de todos. Dios, uno y trino, se hace vida en cada hombre y en cada mujer; se hace vida en lo cotidiano, se hace justicia cuando se presenta lo contrario; se hace amor cuando existe rencor; se hace realidad y verdad cuando la mentira y la desesperanza inundan el ambiente. Con motivo de la fiesta de la Santísima Trinidad, meditemos esta frase: “Oh misterio incomprensible, del cual todos se maravillan y en el cual se asombran sin cesar todas las gentes”. No se trata aquí de pensar en el misterio como algo que no se entiende, es maravillarse de aquello que, aún mostrándose como incomprensible, es real, verdadero y se presenta como el modelo que debemos seguir…


La Virgen María en la Trinidad

Cada día que pasa, tiene momentos concretos en los cuales la mirada al cielo debe ir acompañada de una jaculatoria u oración a la Santísima Trinidad. Ella está en nuestras vidas y junto a ella, contamos con la presencia maternal de María Santísima. Nuestra madre del cielo nos guía hacia la convicción de la presencia constante de Dios quien nos hace discípulos de su Hijo y, con la protección del Espíritu Santo, nos da la fuerza para unirnos a la Misión Evangelizadora, a la que todos estamos llamados como mensajeros de la paz, discípulos y misioneros.


P. José Lucio León Duque

joselucio70@gmail.com

viernes, 21 de mayo de 2010

El Espíritu Santo está entre nosotros, 23 de mayo de 2010

Pentecostés
Testigos del Espíritu…
“Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo”

I°lectura: Hch 2,1-11; Salmo: 103; II°lectura: 1Co 12, 3b-7. 12-13; Evangelio: Jn 20,19-23

En este domingo se nos da la oportunidad de celebrar y vivir la Solemnidad de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo. Son diversos los aspectos que podemos meditar: la espera de los apóstoles, las lenguas de fuego, el estruendo, el cenáculo y cómo no reflexionar sobre el rol de María en la vida de la Iglesia a la luz de Pentecostés. Todo esto forma parte de la solemnidad que tiene como punto central la presencia del Espíritu Santo en el corazón del hombre, en la vida de la Iglesia. La narración en la que la primera lectura nos cuenta lo que sucedió ese día, está llena de símbolos y signos propios de la vida del hombre. Entre ellos tenemos la presencia del Espíritu que penetra en la vida de los apóstoles, María Santísima y en nosotros, y las consecuencias del sentirla en la propia vida. El espíritu que desciende y se posa en los apóstoles es quien nos hace proclamar la grandeza de la vida en nombre de Jesús, quien fundando la Iglesia, nos deja el Paráclito para que seamos testigos del Evangelio. ¿Estamos preparados para recibirlo?

La luz del Espíritu
El esplendor de la liturgia cristiana acompaña esta gran Solemnidad donde la alegría de Dios, como se canta en el Salmo Responsorial, se refleja en la renovación que en la tierra y en cada uno de nosotros, realiza el Espíritu. El canto del Espíritu Santo es entonado por tres voces: la primera voz es la de Jesús con la promesa del Espíritu Santo que se hace realidad en los discípulos que lo reciben para colaborar en el anuncio del Evangelio. Jesús presenta el Espíritu Santo como el Consolador, el Paráclito, es el defensor de la Iglesia y de aquellos que se encuentran inmersos en las dificultades que la actualidad presenta. Una segunda voz la encontramos en San Pablo, quien exalta la acción del Espíritu Santo en la vida del fiel que vive en plenitud el amor de Dios. El Espíritu hace salir al hombre del pecado en el cual ha encontrado muerte, transformando con la resurrección su existencia interior. El Espíritu hace del hombre un ser capaz de llamar y decirle a Dios, con convicción y total amor, “Abbà” (papá). Pentecostés hace de esto un canto sublime en la tercera voz, que transforma radicalmente la vida de quien vive en el Espíritu. Las lenguas de fuego que descienden, el hablar en diversos idiomas, en fin, toda la simbología de Pentecostés, borra la Babel de las lenguas, del pecado, de la confusión y abre las puertas a la nueva Jerusalén de la comunión. El don del Espíritu Santo, hace que cada uno de nosotros tenga la oportunidad de vivir en unidad, armonía y paz…si alguien no ha vivido aún esta dimensión del Espíritu, es hora de unirse a Dios y a su amor, dejándose guiar por su acción, que es vida en medio del corazón del pueblo.

Como discípulos y misioneros…
En este mes, dedicado de manera especial a la Virgen María, nos encontramos como testigos de la presencia del Espíritu Santo y ello nos debe hacer meditar sobre nuestro rol de discípulos quienes, caminando juntos con Cristo, nos dejamos guiar por su luz, su fuego, su presencia en medio de todos, ya que somos hijos de Dios y anunciadores, en medio del pueblo, del evangelio de la verdad. Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

miércoles, 31 de marzo de 2010

“En conmemoración mía”
“Les he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con ustedes, ustedes también lo hagan.”

I° lectura: Ex 12,1-8.11-14, Salmo: 115, II° lectura: 1 Co 11,23-26, Evangelio: Jn 13,1-15

El Jueves Santo es un día especial, porque junto a la institución de la Eucaristía y el Sacerdocio, se presenta el hecho mismo que nos lleva a todos a agradecer a Dios ser testigos del evangelio y propagadores, de la unión a Dios y la paz para todos. La mesa que Jesús junto a sus discípulos prepara en este día, es para todos, en la cual participamos, desde siempre, en la celebración de la Pascua (I° lectura). En este día se nos invita a participar del amor de Dios en modo excepcional: tenemos el deber de agradecer al Señor todo lo que ha hecho por nosotros y de estar junto a él (Salmo), viviendo el memorial de su pasión, por siempre y para siempre (II° lectura).

“¿Comprenden lo que he hecho con ustedes?”

No es de extrañar la actitud de Jesús con los discípulos. Es un gesto que muestra la entrega y el amor por cada uno de sus hermanos, de sus amigos; es lo que ha hecho en su vida pública y privada. Los discípulos no son siervos, son amigos del maestro y Él, fiel a su misión, da ejemplo sublime de fidelidad y amistad para con los suyos. El jueves santo nos enseña que estamos llamados a seguir el ejemplo de Jesús, maestro del amor, quien nos demuestra con el lavatorio del los pies y la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio, el camino que cada cristiano tiene preparado para su vida. Fijémonos en el detalle extraordinario del milagro eucarístico con especies tan sencillas y pequeñas respecto a la grandeza de Dios. El pan ázimo y el vino se presentan como elementos fundamentales en una cena entre amigos, un encuentro que recuerda la pascua y con el cual se conmemorará la presencia real de Jesús en medio de su pueblo. Cada vez que celebramos la eucaristía, vivimos cada momento de ese encuentro de Jesús con sus discípulos en aquella noche de la última cena. Hoy también estamos invitados a compartir el pan y el vino de la caridad con los demás, es decir, cada acto de amor que tengamos hacia los demás, se convierte en caridad y en misericordia. Miremos a nuestro alrededor y seamos prójimo con el prójimo, seamos conscientes de las necesidades que nos rodean y de las situaciones que se presentan cada día y a cada instante. Compartamos, no solo en este día sino siempre, la cena que nos invita a comprender que Jesús lo que hace, lo hace por amor total, entrega plena y conciencia de su misión con nosotros y junto a nosotros.

María, guía del amor

En estos días la presencia de María es fundamental, ya que nos lleva a Jesús y nos acompaña en su pasión, muerte y resurrección. Ella nos lleva de la mano y nos enseña cómo se vive el dolor que lleva al gozo; nos acompaña para no sentirnos solos y poder experimentar que el gesto de amor del maestro es el camino que debemos seguir.

Estar junto a Jesús en estos días nos ayudará a comprender que su amor está por encima de otras cosas y, es por ello que, les invito a participar activamente en las ceremonias que se realizarán en todas las comunidades parroquiales. Jesús nos espera, unámonos a Él como discípulos y misioneros en esta Nueva Evangelización...

P. José Lucio León Duque

joselucio70@gmail.com

jueves, 4 de marzo de 2010

IIIº Domingo de Cuaresma

Dios nos habla, ¡Él es…!
“Esto dirás a los israelitas: Yahvé, Dios de sus padres, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a ustedes: Este es mi nombre para siempre; así me llamarán de generación en generación”.

Iº lectura: Ex 3,1-8ª.13-15; Salmo: 102; IIº lectura: 1Cor 10,1-6.10-12; Evangelio: Lc 13,1-9

El itinerario cuaresmal nos invita a discernir cada instante de nuestra vida como un encuentro particular y especial con Jesús, el cual nos motiva nuevamente a ir más allá de nuestro pensamiento y encontrar en Él la vía que, como discípulos y misioneros, nos anima a seguir adelante. Las lecturas en este domingo nos hacen reflexionar sobre la presencia de Dios en nuestro camino. Así como Moisés, también nosotros estamos llamados a confiar en la palabra del Señor, quien nos guía siempre y nos habla, como a Él. Bendecir a Dios y no olvidar sus beneficios, es un deber de todos y cada uno de nosotros; por ello podemos entender mejor que la seguridad la tenemos solo en Dios: “el que se cree seguro, ¡cuidado, no caiga!”.

Dios es misericordia…

La palabra que se nos presenta en este día es la clara demostración de la paciencia de Dios para con nosotros. La parábola de la higuera, nos recuerda en cierto sentido, la parábola del hijo pródigo. Nos enseña algunos puntos fundamentales de reflexión. En primer lugar, hablar de paciencia es hablar de misericordia y bondad. Es un tema de reflexión que cae muy bien en este tiempo de Cuaresma y que nos sumerge en el misterio de la actitud de Dios para con el hombre. En segundo lugar, podemos ver que el amor de Dios es eterno, desde siempre y para siempre, el amor de Dios se conserva en nuestras vidas y se manifiesta en cada uno de nosotros. En tercer lugar se nos invita a reconocer la confianza de Dios para con sus hijos. Estamos seguros si fijamos nuestra mirada en Dios; estamos seguros, si oramos y nos unimos a Él. Esto nos da confianza y nos ayudará en la Misión a la que todos estamos llamados a extender, pues con paciencia y constancia, tendremos la oportunidad de ver los frutos de lo que la predicación del Evangelio y es testimonio de él, podemos dar… ¡Qué grandeza y misericordia la de nuestro buen Dios! Es algo que nos enseña, que nos transmite, que nos dona: su presencia es fundamental en nuestros corazones, en nuestras almas, en todo nuestro ser.

María, madre de quien nos habla siempre
Nuestra Madre del cielo, María Santísima, nos da ejemplo de cómo seguir los pasos de Jesús: hagamos lo que Él nos diga. La Misión Diocesana, a la que todos estamos llamados a participar, nos encamina a vivir como discípulos y misioneros y el deseo de llevar el mensaje de Jesús a todos.

P. José Lucio León Duque

viernes, 26 de febrero de 2010

II Domingo de Cuaresma, 28 de febrero de 2010

“¡Qué bien se está aquí!”
“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?”

Iº lectura: Gen 15,5-12.17-18; Salmo: 26; IIº lectura: Fil 3,17-4,1; Evangelio: Lc 9, 28-36

El segundo domingo de cuaresma se llena de luz y se refleja en el corazón del hombre cuando resplandece la esperanza en aquellos que se sienten abatidos por el pecado y la falta de amor hacia el prójimo. Es necesario bendecir, donar los sentimientos buenos que el Señor gratuitamente nos da, seguir el ejemplo de Dios que en la persona del padre de la fe, Abrahán, demuestra el amor tan grande que nos tiene. Su palabra es sincera, leal, justa y recta, eso es un llamado al cual todos debemos dirigir nuestra mirada. La Misión Diocesana se refleja en las palabras de Pablo quien nos invita a tomar parte en el trabajo del evangelio, pues manteniéndonos en el Señor obtendremos la gracia de su salvación.

Con Jesús estamos bien…
Una de las páginas más hermosas del evangelio es esta: la Transfiguración de Jesús en presencia de Pedro, Santiago y Juan. Sin duda, muchas veces hemos sido testigos de la Palabra de Dios en cuanto somos parte de la Iglesia, pero aún así no ha sido suficiente para poder decir con Pedro: “qué bien se está aquí” (Lc 9,33). La expresión del apóstol es la de quien, viendo a Jesús y la plenitud de su compañía, no tiene necesidad de más nada. Los discípulos que ven a Jesús transfigurado se dan cuenta que esa luz que irradia el maestro está por encima de todos los problemas y vicisitudes de la vida, ellos no lo piensan dos veces, saben perfectamente que en Dios y con Él se está bien. Después de esa manifestación vuelve la vida cotidiana, lo que debemos experimentar y peregrinar para lograr estar en Dios y saber que, en medio de las dificultades, podemos estar con Él y cumplir su voluntad para ayudar a quien lo necesite, incluidos nosotros mismos. Estar bien con Jesús nos hace reflexionar de manera concreta sobre la capacidad que tenemos de apreciar y maravillarnos de su presencia. No es algo mágico, no confundamos las expresiones. Es algo completamente real y concreto, verdadero y preciso, un toque de fe en nuestra vida para hacerla crecer en medio del ambiente donde nos desenvolvamos. La vida en Cristo implica también reconocerlo como parte fundamental de ella en nuestros corazones; si la vivimos, podremos repetir sin cansarnos: estamos bien con Jesús, no nos falta nada, no nos importa tanta superficialidad ni ambigüedades pues Jesús nos da la fuerza necesaria para caminar en su nombre y llevar la esperanza a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

María, testigo de la luz y del amor de Dios
El hombre y la mujer de hoy necesitan poder decir que Jesús es la felicidad que da vida, esperanza y paz. Esa es parte fundamental de la evangelización: vivir en Dios y de allí llevar el evangelio a todas las personas que lo necesitan. María Santísima nuestra madre, nos enseña a caminar en Dios, confiar en Él y donarnos totalmente para descubrir a cada momento la transfiguración que realiza todos los días en nuestros corazones. Seamos testigos, portadores de paz y, como discípulos y misioneros, dispongámonos a servir al Señor llevando su mensaje de amor y esperanza, con obras concretas, en este tiempo de cuaresma.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

viernes, 19 de febrero de 2010

I Domingo de Cuaresma

¿En quién confiamos?
“En efecto, hay que creer con el corazón para alcanzar la santidad y declarar con la boca para alcanzar la salvación”

Iº lectura: Dt 26,4-10: Salmo: 90; IIº lectura: Rom 10,8-13; Evangelio: Lc 4,1-13


Los dos primeros domingos de Cuaresma nos proponen en el Evangelio las tentaciones de Jesús y su Transfiguración, que se presentan en los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) y se colocan como tema de reflexión para una meditación que nos ayude a vivir de la mejor manera el tiempo favorable de la Cuaresma. La tentación que se presenta a Jesús, es motivo para sentirnos confortados, no satisfechos, y saber que Él viene en ayuda de quienes son tentados y sufren por ello, es decir, prácticamente todos...

En las manos de Dios…
Nos indica el Evangelio que, después de estar lleno del Espíritu Santo, Jesús fue transportado en el desierto y allí fue tentado por el demonio. El episodio, contado en este año por el evangelista Lucas, entre otras cosas da importancia al tema de la tentación misma. Se muestra a Jesús verdadero hombre, en toda su humanidad y, por ende, en total conexión con nuestra condición humana. En realidad, la posibilidad de ser tentados es indicio importante de la dignidad del hombre, creado por Dios libre, y por ello capaz de buscar su camino, su vocación, su dignidad, aún en medio de las dificultades. Tenemos, en el plano espiritual, nuestra existencia siempre en riesgo y ahí está el desafío que, como seguidores de Jesús, debemos afrontar con todas nuestra fuerzas. Cada día debemos encomendarnos a Dios, revisar cómo estamos cumpliendo su voluntad, invocarlo en cada momento y colocar en Él, nuestra vida, nuestro ser, nuestra existencia en plenitud. Todos y cada uno de nosotros, quienes nos manifestamos cristianos, tenemos el deber de profundizar en la propia vocación y, por tanto, en la responsabilidad de hacer crecer en nosotros la luz que nos ayudará siempre a discernir mejor nuestra actitud ante las situaciones en que nos encontremos. En este tiempo de Cuaresma hagamos propósitos reales, verdaderos y factibles. Que nuestra vida sea de Cristo y en Él, podamos confiar totalmente, ayudando a los demás con justicia, siendo discípulos y misioneros según el corazón misericordioso de Dios.

María nos acompaña en la Cuaresma
Coloquemos nuestra vida en manos de María, nuestra Madre, a fin de que ella sea quien interceda ante Dios por todos y cada uno de sus hijos, para poder seguir ejercitándonos espiritualmente y así ganar la batalla contra el mal, siendo portadores del mensaje de paz que, como discípulos y misioneros, todos estamos llamados a extender.

“Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que se le puede conceder solo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza puede comunicarle.”
(Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Cuaresma 2010)

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

sábado, 16 de enero de 2010


“Hagan lo que él les diga”

“Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diferentes servicios, pero el Señor es el mismo. Hay diferentes actividades, pero Dios, que hace en todo en todos, es el mismo. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”.


Iº lectura: Is 62, 1-5; Salmo: 95; IIº lectura: Icor 12, 4-11; Evangelio: Jn 2, 1-11


La evangelización en nuestra diócesis y en Venezuela, ha marcado una pauta importante y fundamental para todos y cada uno de los cristianos. Hacer lo que nos dice Jesús, extendiendo el mensaje de Dios; arrepentirnos y convertirnos, siguiendo el camino que el Señor nos indica, son signos de que “en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común” y por tanto, es nuestro deber seguir caminando en nombre de Dios, aquí y ahora, en cada instante y en cada lugar.


Somos uno en el Espíritu de Dios…

La vida cristiana está radicada en el amor a Dios y la fe que tenemos en Él. La situación actual que vivimos en Venezuela y en el mundo, nos ofrece la oportunidad de ser discípulos del Maestro del amor y por ende, de predicar en voz alta lo que desea el Señor de todos nosotros. ¿Será posible seguir los pasos de Cristo en medio de la necedad y la indiferencia que tantas veces se presenta? La conversión del agua en vino, es signo de nuestra conversión, para no perder nunca de vista el significado del mejor vino en nuestra vida. El mensaje de Cristo implica, ante todo, una respuesta, ya que se nos invita a convertirnos, a desear mejorar en todo y a ser verdaderos seguidores del maestro del amor. En segundo lugar, la conversión que nos hace cambiar de vida, nos lleva a creer más en el Evangelio y a entender, en tercer lugar que somos los responsables de transmitir esa palabra. Es una buena noticia que tenemos en nuestras manos para extenderla con convicción, con fe y esperanza. Ser testigos de los dones del Espíritu, de los carismas que cada uno tiene y de la importancia del buen vino en medio de las dificultades. Es posible seguir a Jesucristo, haciendo lo que Él nos dice, siguiendo sus enseñanzas y sobre todo, confiando en la intercesión de María Santísima nuestra madre, quien está siempre atenta a las necesidades que todos tenemos…


María nos llama a seguir a su hijo…

Acerquémonos a Jesús a través de María nuestra madre del cielo. Ella nos guía por sendas de paz y de bondad y nos llama a seguir a su hijo: “hagan lo que Él les diga”. Dispongámonos a seguir a Jesús, seamos sinceros con Dios y con nosotros mismos, dejemos el miedo y esforcémonos cada día por seguir el camino que nos lleva a la paz. Aunque muchos digan luchar por la paz y busquen otros fines, continuemos con nuestro ideal: en el nombre de Dios, como sus discípulos y sus testigos, nos unimos a Él, en espíritu y verdad, con adhesión total y sin exclusión alguna…


P. José Lucio León Duque

joselucio70@gmail.com

IIIº Domingo de Cuaresma, 7 de marzo de 2021

LA CASA DE DIOS ES NUESTRA CASA “Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos.”...